La belleza de los viajes oníricos, por Laudine.

¿Por qué es una lectura imprescindible?

Siento una profunda tristeza cuando algunos menosprecian el género fantástico, bien sea por considerarlo que no está a la altura de su intelecto, bien porque tienden a creer que fantasía son sólo sagas épicas para adolescentes o fenómenos como Harry Potter. O esas obritas de naves espaciales que nos invaden. Todos estos ejemplos, por cierto, tan dignos de lectura como cualquier otro género literario.

Estos lectores que no ven por qué habrían de sacar tiempo para conocer algo más del fantástico, se pierden la lectura, imprescindible para cualquier amante de la literatura, de un autor como Lord Dunsany.

Este dramaturgo, cuentista y novelista anglo-irlandés (Edward John Moreton Drax Plunkett, XVIII Barón de Dunsany, 24 de julio 1878 a 25 de octubre 1957) habría de influenciar a toda una generación de escritores con sus cuentos maravillosos (autores a quienes debemos, por cierto, que nos hayan dado a conocer al Lord de la fantasía). Además, sentó, sin saberlo, las bases de diferentes géneros literarios, entre ellos el tan aplaudido con posterioridad teatro del absurdo.

Pese a que su mayor éxito se lo debe al teatro, serían sus historias de espada y brujería, recogidas en volúmenes como La espada de Welleran (1908) o Cuentos de un soñador (1922), las que le convertirían en pionero decisivo del género de la fantasía heroica que tanto marcó los primeros relatos de Lovecraft, confeso admirador del Lord irlandés. Otros paisanos, como J.R.R. Tolkien, se inspirarían en obras de Lord Dunsany (La hija del rey del país de los elfos, 1924) para abordar el tema de la mujer inmortal, prefigurando así a la Arwen de El Señor de los Anillos.

 

¿Pero es su posterior influencia lo especial de este genial autor?

Sentarme frente a Cuentos de un soñador fue algo similar a una experiencia mística, de esas en las que un hongo te hace adentrarte en tu subconsciente para emprender un viaje a lo onírico cual chamán. Hace un incomparable uso de un lenguaje rico, plagado de imágenes que, más que hacerme ver, me hicieron sentir olores, sabores y texturas. Viajé a lugares lejanos, donde el tiempo parecía haberse detenido, y me mostró mundos de desbordante fantasía. Sin embargo, no se trató de un viaje alucinógeno al uso. El misticismo que envuelve a cada uno de los cuentos me hicieron preguntarme también el porqué de determinadas conductas del ser humano: ¿qué sentido tiene el tiempo y de qué manera nos marca su paso?; o ¿cuál es la verdadera función de los dioses?

No entraré a tratar la simbología en su obra, pues ya se hará más adelante en esta misma sección, pero sí diré que su riqueza temática, la belleza técnica, los nombres de su creación, son rasgos de una originalidad aplastante, y que sin duda juegan una función concreta no sólo dentro de cada relato, sino en la propia obra del autor.

Casi todas las historias recogidas en Cuentos de un soñador beben de las tradiciones populares, impregnadas de esa maravillosa épica celta tan irlandesa. Muchas están marcadas por la atracción hacia el exotismo oriental propio de la época. Los elementos oníricos se expanden en cada cuento y se funden para configurar un mundo intemporal plagado de un imaginario espacial inventado, sorprendente y embaucador.

Es habitual que en muchos de los relatos de Cuentos de un soñador, un narrador en primera persona (¿el propio autor?), inicie el cuento con el aviso de que lo que va a narrar es un sueño o que se encuentra en el país de la fantasía (¿o es que el mundo de los sueños es tierra fantástica?). Es el caso del extraordinario cuento “Días de ocio en el país del Yan”, un auténtico canto a la fantasía que me hizo pensar no sólo en Lovecraft, sino también en Michael Ende y su Historia interminable.

En el cuento “Donde suben y bajan las mareas”, mi favorito de la colección, el inicio es, cuanto menos, inquietante, pese a que se trate de un sueño: Soñé que había hecho una cosa horrible, tan horrible que se me negó sepultura en tierra y mar y ni siquiera había infierno para mí. En esta ocasión me acordé de Poe.

“Poltarnes, la que mira al mar”, un cuento bellísimo cargado de simbología, o “Blagdaross”, que rezuma el humor con el que a veces nos deleita Lord Dunsany, son dos cuentos que retratan de forma magistral los anhelos. Este humor del que acabo de hacer mención está presente en “Día de elecciones”, donde, a través de la ironía, el autor nos hace reflexionar sobre las cosas que de verdad importan. “La locura de Aldelsprutz” es un cuento maravilloso otra vez por su simbología, donde la imposible muerte de una ciudad hace de lo inexplicable una advertencia del autor. El protagonista, busca desesperado el motivo del suceso:

-¿Por qué está casi muerta la ciudad de Andelsprutz y se le ha escapado el alma?

-Las ciudades no tienen alma, y en los ladrillos, no hay vida nunca.

El impredecible “La espada y el ídolo” nos sugiere cómo las creencias religiosas se hacen con el poder social. “El hombre del hachís”, que enlaza de manera muy curiosa con “Bethmoora”, es acaso un tratado sobre el mundo onírico del loco. “Carcasona”, un clásico del género fantástico, es un hermoso canto a la búsqueda de lo imposible y “El campo” me impactó por ese final tan demoledor para el ánimo de cualquier pacifista.

Quizá una de las cosas que más me ha marcado tras leer Cuentos de un soñador es la extraña sensación que me quedó al acabar cada uno de los relatos. Pocas veces puedo decir que una historia me ha calado tan hondo que necesito un tiempo para abordar una segunda. La belleza en la redacción, con un uso extraordinario de la técnica narrativa y lo sublime de los panteones que crea y de sus mundos verosímiles (pese a saberse completamente irreales), me provocaron un fuerte impacto.

La importancia que tuvo para el autor lo onírico lo llevaría a afirmar: “No escribo nunca sobre las cosas que he visto; escribo sobre las que he soñado”. Y eso es justo lo que sentí al acabar el libro, que todo había sido un sueño.

Cuentos de un soñador
Lord Dunsany

Para comprarlo,   Casa del Libro

Interminable diálogo entre dos agentes de policía tras el hallazgo de una brecha interdimensional

Escrito por Vicente Agut

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–Qué, ¿qué ocurre?

–No lo sé. Creo que he tenido un déjà vu, como si hubiera estado en este mismo sitio antes.

–Tiene gracia. A mi me acaba de ocurrir lo mismo hace un momento.

–Pues vaya leche. Como si esta casa no diera escalofríos por sí sola.

–En realidad hay una explicación para eso, ¿sabes?

–No me digas.

–Es un truco del cerebro. Se supone que ahora estamos percibiendo algo que se ha repetido en una situación anterior y que solo recordamos en el subconsciente.

–¿Por ejemplo?

–No sé… esta moqueta o ese cuadro del pasillo. Puede que sea igual que otro que ya hayamos visto antes. Ese recuerdo sale ahora del subconsciente y emerge como un todo. Por eso parece que la situación entera ya la hayas vivido.

–Demasiado abstracto. Seguro que hay otra explicación. Por cierto, ¿dónde está la otra unidad?, ¿no se supone que estamos dando apoyo a alguien?

–Central no ha podido contactar con ellos antes de que nos pusiéramos en marcha. Pero deberían estar aquí.

–Un momento, dame la linterna… ¿Qué demonios es eso?

–¿El qué?

–Acércate. Mira esta habitación. Insólito de cojones, ¿no? La puerta está abierta pero es como si…

–¿Qué? No se ve nada. Enfoca dentro.

–¿Y qué crees que estoy haciendo? La oscuridad se traga la luz, ¿no lo ves? Es como… como una niebla negra, fíjate.

–¿Cómo que…? Joder, es verdad. Déjame ver. No sé, puede que sea un efecto óptico. Espera, voy a meter el brazo. Trataré de localizar la clavija de la luz.

–Eh, eh, eh. ¿Qué crees que haces?

–Tranquilo. No pasa nada, ¿lo ves? Estoy tocando la pared. La clavija debería de estar por aquí…Ya la tengo. Vaya, qué previsible. No funciona.

–Pues aléjate de ahí. Lo mejor será avisar a Central. Están pasando cosas muy raras aquí.

–Lo que tú digas.

–¿Central? Dos-diecisiete. Tenemos un problema en Gran Vía 24.

Diez-nueve, agente, hay mala señal. Repita por favor.

–Diles que no localizamos a la primera unidad.

–Sí, central, dos-diecisiete. No encontramos a la primera unidad en Gran Via 24.

Agente, no le copio. Hay muchas interferencias. Por favor, utilice su teléfono.

–¿El teléfono, dice? Aquí no hay cobertura. Prueba con otro canal.

–Central, dos-diecisiete, ¿me recibís? Central, dos-diecisiete… Joder, no hay forma.

–Esto no me gusta. Es lo mismo que les había pasado a los otros dos. ¿Qué hacemos ahora?

–Esperar.

Agente, necesito confirmar dirección en Gran Vía 24. ¿Me recibe?

–Si, central. Es correcto. Repito, es correcto.

De acuerdo, enviamos ayuda dos-diecisiete va para allá.

–¿Qué ha dicho?

–Que vienen para acá.

–No, no, no, no. “Dos-diecisiete va para allá”. Eso es lo que ha dicho. Dos diecisiete somos nosotros.

–Ha dicho: “Enviamos ayuda, dos-diecisiete. Va para allá”. Y además, ¿eso qué importa? Lo que no entiendo es porqué tienen que traer a otra unidad.

–Claro. A no ser…

–A no ser, ¿qué?

–No sé, tengo un presentimiento.

–Pues mejor que no. Tus presentimientos nunca traen nada bueno.

–Voy a entrar.

–Ni en sueños.

–Eh, escucha. Acabo de meter el brazo ahí dentro y no ha pasado nada, ¿verdad?

–Sí, pero no es lo mismo meter un brazo que entrar ahí y respirar esa mierda.

–¿Respirar qué? Si fuera un gas o algo así habría salido aquí afuera también, ¿no crees? Ya te he dicho que debe de tratarse de un efecto óptico.

–Aun así, mientras no estemos seguros no debemos entrar.

–Ya lo sé. Por eso daré un solo paso ahí dentro, muy despacio, y si algo va mal tú me sacas.

–No es una buena idea.

–Vamos, hombre. Sé que te mueres de ganas de saber lo que pasa ahí dentro. Igual que yo.

–¿Y si los otros dos han entrado ahí?, ¿y si les ha pasado algo?

–Sí, eso es parte de mi presentimiento. Pero hay otra cosa. Venga, confía en mí.

–Bueno, está bien. Entrar y salir, ¿de acuerdo? Y mi mano a tu espalda en todo momento.

–No esperaba menos de ti.

–Estás chiflado, ¿lo sabías? A veces me pregunto cómo es que no nos pasan más cosas.

–Pues imagina lo aburrido que sería este trabajo sin mí. Vale, dame la linterna.

–Muy bien, estoy listo. Empieza a caminar. Despacito y bien.

–Entrando. De momento no se ve n…

–Eh, eh, eh, espera. Te he perdido, y no te oigo. ¡Háblame! Mierda, ¿me oyes? No te encuentro. Espera, ya está. Te tengo. ¿Eres tú? ¿Qué haces? No, no, no, esp..

–…era! ¡Eh!, ¿qué pasa aquí dentro? Hay luz.

–Qué. Pues claro, ¿de qué hablas? Venga, sigamos.

–Espera, ¿qué…? Vaya, no sé qué iba a decir. Para un segundo.

–Qué, ¿qué ocurre?

–No lo sé. Creo que he tenido un déjà vu, como si hubiera estado en este mismo sitio antes.

–Tiene gracia. A mi me acaba de ocurrir lo mismo hace un momento.

–Pues vaya leche. Como si esta casa no diera escalofríos por sí sola.

–En realidad hay una explicación para eso, ¿sabes?

Un antihéroe es un personaje que se guía por sus propias normas y crea sus propios valores, que serán opuestos a los establecidos y aceptados por la sociedad en la que vive. Se trata de personajes que viven en la zona intermedia, entre los tonos grises, lo que los hace más reales de los que se encuentran en los extremos (Bien vs Mal).

Veamos esto en dos ejemplos en principio muy distintos: Gilgamesh de Uruk y Elric de Melniboné.

“Gilgamesh” es el relato más antiguo de la historia, mucho más que “La Odisea” o “La Biblia” (de hecho adelanta temas y tramas como es el propio Diluvio universal). Habla este poema de un rey sumerio que reinó en la ciudad de Uruk sobre el año 2750 a.C.  

“Elric de Melniboné” es, por contra, una saga moderna (el primer tomo es de 1961), creada por Michael Moorcock. En este caso habla del monarca Elric VIII, 428º Emperador de Melniboné.  

Pero empecemos por Gilgamesh. Este rey, protagonista del poema, es un tirano, un déspota. Así lo dice la misma sacerdotisa de Ishtar, Shamhat: Gilgamesh, quien en su arrogancia oprime al pueblo, atropellándolo como un toro salvaje (Página 102). De eso extraemos ya que no es precisamente un protagonista noble y amado, sino la causa del sufrimiento de la propia ciudad sobre la que reina.

Pero, aún así,  la sacerdotisa cumple con las órdenes y va en busca de Enkidu, aquél que  los mismos dioses han creado, no para castigar a Gilgamesh, pero sí como respuesta a las plegarias del pueblo que vive asfixiado por el comportamiento de su rey. Hasta ese momento del relato, Gilgamesh parece más el antagonista que el protagonista.  Entonces crea Aruru, la diosa madre por así llamarla, a otro héroe. Así dice el texto: Que se contrarresten de forma perfecta, para que Uruk tenga paz (Página 97).

La divinidad de Gilgamesh (en dos partes divino) se contrarresta con la bestialidad de Enkidu, que vive entre los animales como uno más de ellos. Representa por tanto Enkidu al hombre primitivo, contrario al urbanita de grandes ciudades como Uruk, los reductos de bestialidad en el inicio de la civilización.

Tras la domesticación de Enkidu mediante las artes de la sacerdotisa Shamhat y el enfrentamiento del primero contra Gilgamesh, se hacen amigos y llegan los buenos tiempos a la bella ciudad de Uruk. Gilgamesh y Enkidu son inseparables y todo parece ir bien.

Pero de nuevo intervienen los dioses. En este caso, en teoría, poniendo en la mente de Gilgamesh la determinación de matar al monstruo Humbaba (aunque pronto veremos que la decisión es del propio héroe y que el motivo es bastante egoísta).

Debemos matarlo y extirpar el mal del mundo (Página 112), dice Gilgamesh a Enkidu. Pero el lector no ve  mal en Humbaba. Es un ser espantoso, sí, pero los dioses lo crearon así justamente porque su misión es aterrar a los humanos y que no entren en el bosque de los Cedros. 

Y es que la motivación real de Gilgamesh es la fama. Se sabe mortal y quiere que su nombre sea recordado. Por eso desea matar a Humbaba.

Así le dice a Enkidu: Sólo los dioses viven para siempre. Nuestros días son pocos en número, y cualquier cosa que hagamos es un soplo de viento (Página 114). Mataré a Humbaba, haré perdurable mi nombre, para siempre grabaré mi fama en la memoria de los hombres (Página 115).

Y por eso desoye los ruegos por su vida que lanza el monstruo en una escena que parece cómica por su absurdo y a la vez terrible por su crueldad y falta absoluta de empatía. Gilgamesh lo mata sin remordimiento alguno para luego acometer el crimen de talar los árboles sagrados.

Luego, henchido de orgullo, cegado por su parte divina, Gilgamesh se atreverá también a rechazar e insultar a la propia diosa Ishtar; a lo que ella responderá con una amenaza muy llamativa: derribaré las puertas del inframundo y un millón de espíritus hambrientos subirán a devorar a los vivos (Página 152). Aquí vemos que los miedos no han cambiado mucho y ya en aquellas edades se temía a los muertos y a lo que estos podrán hacer a los vivos.

Se suceden luego aún más aventuras, como son la propia búsqueda de la inmortalidad (de nuevo un deseo egoísta y conectado a la búsqueda de fama anterior).

Vayamos ahora a Elric. En su caso él es la excepción dentro de su raza. Su pueblo, al contrario que el de Uruk, no lo critica por su tiranía, sino por lo contrario: Para sus súbditos es un enigma, y para algunos una amenaza, pues el albino no piensa ni actúa de acuerdo a sus cánones (Página 19).

Es, por tanto, un antihéroe atípico al encontrarse en la situación contraria a la habitual (la que ya hemos visto en Gilgamesh). Los habitantes de Melniboné esperan que su rey sea un déspota que utilice el poder a su antojo: El emperador no tiene ninguna obligación para con sus súbditos, salvo gobernarles. Los deberes son de ellos para con él. Tal es la tradición de Melniboné (Página 26).

Su pueblo lo considera, pues, demasiado blando.  Y es que en Elric reside el deseo de entender la justicia y de aplicarla para el bien de los suyos: Si lo deseara (…) podría regir (…) como un tirano invulnerable (Página 19) piensa, pero aunque sería lo más fácil, ya que es lo que se espera de un monarca melnibonés, no lo desea. Y ése es el detonante de sus problemas.

Pero también es un antihéroe a nuestros ojos, visto desde nuestros valores, pues hay partes de él que siguen siendo melnibonesas y hasta bosteza delante de unos prisioneros que son torturados de manera atroz. Lleva viendo esos espectáculos desde la infancia y no siente empatía alguna hacia esos espías: Con un bostezo mal disimulado se reclinó hacia atrás  y observó mientras  el Doctor Burlón aplicaba escalpelo, pinchos y tenazas (Página 46).

Gilgamesh, por contra, no se plantea nada en relación a la justicia. Es su reino y hace en él lo que le place, enfrentándose incluso a los deseos de los dioses (caso de Humbaba y de Ishtar). Tan sólo la muerte de su amigo le llevará a repensar su existencia, pero no es el sentido de bien y mal, sino simplemente el mero hecho de su mortalidad que le hará vagar en busca de la única pareja inmortal que habita en el mundo, de los que quiere obtener el secreto para sí mismo.

Elric por su parte, abandona a su amada prometida Cymoril para perseguir su deseo de entender la justicia y aplicarlo luego en su ciudad: Quiero ver cómo llevan sus asuntos otras naciones (…) nuestra isla podría convertirse en una gran fuerza del bien en el mundo (Página 210).

Así, el deseo de Gilgamesh es la inmortalidad (un deseo egoísta), mientras que Elric busca la justicia para aplicarla en su Imperio (aunque es en cierta forma también un deseo egoísta, pues sus conciudadanos están bien como están y no desean la imposición de ningún otro sistema, por mejor que sea de manera objetiva).

En ambas obras los dioses toman parte. En el caso de Gilgamesh, él mismo es un semidiós (aunque mortal). Su madre es la diosa Ninsun, a la que reza para que interceda para que pueda vencer a Humbaba: Madre querida, gran diosa, asísteme en  esta empresa (Página 119). Otros muchos dioses tomarán parte en la obra, como la propia Ishtar,  Aruru y Anu.

En “Elric” están las fuerzas de la Ley y los del Caos que son una suerte de divinidades. Al único que conocemos (al menos en los tomos de “Elric de Melniboné” y “La Fortaleza de la Perla”) es a Arioch, Señor del Caos. Con él cerrará Elric un pacto gracias al que obtendrá su espada devoradora de almas: ¡Oh , Arioch! ¡Ven a mí!  ¡Ven a mí ayúdame y yo te serviré! (Página 108).

Y sí, Elric desea la justicia, pero está atado a la oscuridad por su pacto con las fuerzas del Caos (Arioch) y por su propia condición de melnibonés (como vimos en el ejemplo de la tortura). Así pues, Elric es un antihéroe por su propia forma de ser. Es su naturaleza, como criatura del Caos.

Gilgamesh, por el contrario, es un antihéroe por propio deseo. En el poema actúa siempre por propia decisión, aunque su madre crea que en el caso de Humbaba se deba a un deseo que el dios Shamash implantó en él, pero el propio Gilgamesh deja bien claro que lo hace por sus deseos de fama inmortal, como ya vimos arriba.

Así pues, tenemos a dos monarcas guiados por deseos distintos (uno más egoísta; el otro movido por buenos deseos hacia su pueblo), pero ambos con destinos unidos a la intervención de los dioses que toman parte activa en el devenir de sus historias.

Gilgamesh (versión de Stephen Mitchell)
Stephen Mitchell

  • Editorial: Alianza
  • Año de publicación: 2010
  • Páginas: 328
  • Formato: Bolsillo
  • ISBN: 9788420664293

Para comprarlo,   Casa del Libro

Elric de Melniboné
Michael Moorcock

  • Editorial: Edhasa
  • Año de publicación: 2006
  • Formato: Tapa dura
  • ISBN: 9788435021142

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Willy

Escrito por Carlos piélago Rojo

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Ese día, el circo llegó al barrio. Un montón de carteles con la cara de un payaso anunciaban su llegada. Actuarían durante una semana. Estaban asentados en un descampado al lado del polideportivo. Habían colocado una carpa grande con bandas azules y blancas. Tenían camiones con remolques donde descansaban los tigres entre las rejas. En un corralillo improvisado se podía ver a un elefante hembra y su cría.

Ese día, Sara, la madre de Sigfrido, le peinaba con cuidado para dejarle bien la raya al lado izquierdo. Él estaba subido a un taburete comiendo una piruleta, que miraba bizco con sus ojos grandes y cristalinos de color castaño. Por esas fechas, la línea que dibujaron en la pared de la cocina rebasaba por poco los ciento diez centímetros. Luego, su madre le vistió: camiseta blanca, chaquetilla de punto azul oscura, pantalones cortos por las rodillas y zapatos oscuros, todo impoluto.

—Ahora —dijo Sara con su gesto favorito, el dedo índice y el pulgar formando una “o”—, como te manches o te hagas sangre en las rodillas no te llevo a ver a los elefantes nunca más— . A lo que Sigfrido respondió con una mirada al suelo y asintiendo.

Hacía mucho tiempo que no iban al circo, la última vez fueron con su padre, antes de que se marchara. Madre e hijo caminaron juntos y cogidos de la mano. Cruzaron la carretera. Muchas parejas hacían el mismo recorrido, padres con hijos, sonrientes.

Llegaron a la taquilla de madera. Sigfrido se fijó en dos nombres escritos en una tabla, con letras adornadas: “Orión, el hijo de Houdini” y “Willy, el autómata”. Una vez que cogieron las entradas anaranjadas y se las dieron a un hombre que iba vestido de frac pudieron pasar dentro. La carpa era grande y los asientos se agolpaban, como en un anfiteatro, en forma semicircular. Como escenario habían puesto una moqueta granate en el suelo.

Tomaron asiento, las sillas eran acolchadas y cómodas. Escucharon un aleteo sobre sus cabezas. De repente, un loro de colores vivos se posó en el hombro de Sigfrido, que le miró alucinado con la boca entreabierta. Al segundo, sonó un silbido. El loro voló a la otra punta, donde un hombre con una mano en alto hacía gestos de disculpa.

—¿Te has asustado, cariño? —preguntó su madre.

Él negó con la cabeza. No paró ni un segundo de mirar a todos los rincones. De vez en cuando asomaba algún rostro entre las cortinas de terciopelo rojo del fondo.

Las luces se apagaron de golpe. Un foco iluminó a un hombre que ya estaba en el medio de la pista. Era el señor que les había recogido el ticket. Anunció a bombo y platillo el espectáculo y enumeró a los diferentes artistas. Finalizó con estas palabras:

—¡Mientras tanto, nuestro querido Willy nos deleitará con una de sus melodías!, ¿a que sí, Willy? —Y se acercó con una manivela pequeña a una parte del escenario. Entonces, otro foco iluminó a lo que parecía un hombre pequeño sentado en un piano, de reducidas dimensiones.

Se acercó al tal Willy, colocó la manivela en la espalda y, después de oírse un clic metálico, empezó a girarla como si diera cuerda a un reloj. Luego se apartó.

Como por un resorte a cámara lenta, la cabeza blanquecina de Willy se alzó y sus ojos grandes azules se abrieron mirando al público. Vestía como los pianistas de una película del oeste, tenía un bigotillo puntiagudo y una débil sonrisa petrificada. Con sus dedos mecánicos empezó a golpear las teclas del piano. Una musiquilla alegre comenzó a sonar, parecida a la que podría haber en un saloon del viejo oeste. Mientras, con gestos muy pausados, movía los brazos de un lado a otro, y sus ojos acompañaban ese movimiento. Pasados unos minutos la música cesó, él alzó la cabeza y siguió mirando, con serenidad, a ambos lados. El público aplaudió, Sigfrido y su madre también.

—¡Es genial este Willy, ¿verdad?! —exclamó el hombre del frac. Willy, mientras, se despedía con un gesto automático de la mano.

Después fueron pasando todos los artistas y animales: el loro que montaba en bicicleta, los elefantes, los tigres enjaulados, los payasos, el hombre forzudo, los trapecistas y el mago Orión, que se escapó, atado con una chaqueta de fuerza, de un cubículo lleno de agua, aparte de hacer trucos de magia con bolas de colores y cartas. Entre actos, Willy tocaba alguna canción.

Sigfrido miraba a su madre y al espectáculo. Con los ojos bien abiertos no paraba de reír y aplaudir. Al final de la actuación le regalaron unos caramelos y confeti. Vio como, entre el mago y otra persona, se llevaban al pianista autómata y desaparecían por detrás de la cortina.

Al salir a la calle, Sara se detuvo a hablar con un hombre, vecino del barrio. Iba con su hija, una pecosa que siempre daba puntapiés a la espinilla de Sigfrido, él la odiaba. La niña le sacó la lengua. Sigfrido le enseñó el dedo. Gesto que su madre reprendió con un buen manotazo. La niña se escondió detrás de su padre, riéndose. Sigfrido fue a sentarse a una piedra, su madre no paraba de hablar. Además, el vecino la miraba con otros ojos, como su padre. Él lo sabía.

Pasó el rato y cada vez se aburría más, así que, en un descuido, se escabulló. Anduvo por detrás de la carpa, fisgoneó por debajo de las lonas, por las caravanas. En uno de estos vehículos, protegido de la luz del sol por un toldo, vio al pequeño pianista, sentado frente a las ruedas. Sigfrido escrutó los alrededores, no había nadie. Se acercó con disimulo. Willy tenía la cabeza gacha y parecía dormido. Llegó hasta su espalda, tocó su ropa, hecha de tela. Dio dos golpecitos, que sonaron a latón hueco. Manoseó el pelo, parecía tan real. Palpó la piel de hojalata, fría y suave. Cuando tocó una parte del cuello, la cabeza de Willy se descolgó y se quedó, con los ojos cerrados, encarado a Sigfrido. Éste dio un respingo, asustado.

—¡Eh chaval, ¿qué haces aquí?! —La voz rasposa de un hombre gritó a las espaldas de Sigfrido, que se dio la vuelta de un salto, paralizado.

El que hablaba era el mago que había actuado antes. Ahora vestía una camiseta blanca de hombreras, con alguna mancha, unos pantalones de tela negra y un sombrero fedora negro con banda gris. Traía una botella de whisky y un vaso. Se sentó en una mesa de jardín.

—¿Qué pasa, no tienes lengua? —dijo, y se llenó el vaso, luego, se lo bebió de un trago.

Sigfrido se metió las manos en los bolsillos, hizo una mueca con los labios y miró al suelo, de vez en cuando miraba al hombre. Este se bebió otro vaso y se limpió la boca con la mano. Sigfrido evitaba mirar a sus ojos vidriosos.

—¿Qué hacías tocando a Willy? —Encendió un cigarro, tiró el mechero en la mesa y llenó otra vez el vaso.

El pecho de Sigfrido se hinchó. Y, como si las palabras tuvieran vida propia, las soltó:

—¿Está dormido?

—Oh, sí y no. ¿A que parece que tiene vida propia? —Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su cara—. A veces, podría jurarlo.

—¿Hay alguien dentro de Willy? —ahora habló mirando a la cara del mago.  Aguantó su mirada vidriosa de ojos grises, vio sus tatuajes en los brazos, un ancla y una flecha.

El hombre soltó una carcajada sonora, se rió de tal modo que casi se atragantó con el humo y empezó a toser.

—Tienes imaginación, eh, chico. —Tendió la mano para que Sigfrido la chocara. Cosa que hizo, no sin recelo—. Willy es como un hijo para mí, yo le rescaté de un anticuario sin escrúpulos, por dentro es tan sofisticado como nosotros.

Llenó el vaso, pero bebió sólo un sorbo.

—Entonces, ¿tiene corazón?

—Sí, pero no es un corazón como puedas tener tú, es diferente.

—Y… ¿quién lo creó?, ¿ fue Dios?

Otra carcajada, aún más fuerte. Lo que quedaba en el vaso se lo bebió de un trago.

—¿Tú crees que Dios lo creó? —Posó su mano en el pelo moreno de Sigfrido— .Dios no existe, pequeño, es un truco de magia, un truco de la Iglesia. —Sigfrido miraba con los ojos muy abiertos.

— Y… y…, ¿qué…?, ¿qué magia?

El hombre señaló a la parte izquierda del pecho de Sigfrido y acercó la cara, estaba tan cerca que se podía oler su aliento intenso.

—La magia, chavalín, la verdadera magia, está aquí, en el corazón de los hombres. —Dio dos leves toques.

—Aaah. —Sigfrido miró con la boca entreabierta donde señalaba el dedo.

—Mira, te voy a enseñar cómo funciona Willy. —Desabrochó la chaquetilla y dejó ver una portezuela, que abrió. Dentro, estaba lleno de tuercas, ruedas, engranajes, tubos de cobre, de hierro—. Le cuido todos los días, ya te digo, como si fuera mi hijo.

—¿Y cuantos años tiene Willy?

—Más de cien, es muy viejo.

Los ojos de Sigfrido se abrieron aún más. El mago cerró la portezuela y sacó la manivela, la introdujo en un agujero y dio vueltas. Una mujer, con dos bolsas de plástico llenas, se aproximó a la caravana. El mago, al verla, se dirigió a ella.

—¡Maldita sea!, ¡¿Dónde te has metido, Marcela?!

—Oye, a mí no me chilles —respondió la mujer.

Empezaron a discutir. Willy había abierto sus ojos azules, con su sonrisa petrificada. Movió con lentitud la cabeza, pálida y de rasgos suaves, y miró a Sigfrido, que respiraba profundamente. El ojo izquierdo se cerró, y su mirada se clavó en la de Sigfrido. Este salió corriendo. Por el camino se cruzó con su madre, que le abrazó con fuerza. Los dos se fueron juntos a casa. De camino, Sigfrido, no paró de mirar atrás.

Y aunque se asustó, quiso volver algún día, pero su madre no le llevó más. El circo, más adelante, regresó, pero ya no estaban ni Willy ni el mago.

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