Lun 8 feb 2010
“Sangre y cenizas”, por David Carretero
Creado por Equipo editorial en Relatos
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Sangre y cenizas
Escrito por David Carretero
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Parecía tan jugosa como una manzana. No es que recuerde muy bien su sabor, pero era algo así como darle un mordisco al verano.
Su rubor era la promesa de la vida que latía bajo su piel. Exquisita y lista para ser saboreada. Esperando la mano del afortunado que la arrancara del árbol para hundir los colmillos en su cuello de alabastro. Yo era el afortunado.
Lo era porque pertenezco a esa raza que desde siempre se ha forjado su propia suerte. Mi nombre no importa. He tenido demasiados.
Ella se llamaba Evelyn y no habría significado para mí más que el filete que yacía frío en mi plato si no hubiera sido por su belleza.
No puedo ingerir comida solida, pero gracias al glamour y a mis dotes teatrales (en otra vida fui actor) tanto Evelyn como su marido se regocijaban de mi voraz apetito. Mi anfitrión no dejaba de beber vino y de pedir todavía más, provocando miradas confusas en los esclavos que servían la mesa y que jamás le habían visto beber así. Evelyn no lo advirtió, absorta en los susurros que percibía aunque no pudiera escuchar. Susurros de invitación.
Esa noche ambos nos regocijaríamos de mi voraz apetito.
Más tarde yo la esperaba desnudo bajo unas sábanas casi tan frías como mi propia piel. La única música que sonaba en la plantación de su esposo era la de los grillos y el eco lejano de una tormenta de agosto.
Cerré la ventana con un gesto y me dediqué a jugar con los granos de arena del reloj de la cómoda, haciéndola caer más despacio. Dilatar el tiempo es una habilidad muy útil cuando el amanecer es una guadaña sedienta de sangre. Ahora la única guadaña era yo.
Y decidiría sobre aquel brote de vida según me complaciera.
Cuando abrió la puerta pude olerla con tantos matices como el aroma de la lluvia que se acercaba a través del cristal cerrado. Evelyn era consciente de todo lo que sucedía, ya que el glamour había desaparecido. El perfume que inundaba mi dormitorio era fruto de los sueños que yo había sembrado durante la cena y de la pura excitación animal.
Eso la haría temblar aún con más violencia que si hubiera estado dormida. Adoro la emoción de la caza.
Se deslizó a gatas sobre la cama jugando a ser ella el depredador. Tendría unos treinta años y unos ojos violeta extraordinarios. Acaricié su melena cobriza y solté mi cabello rubio para que se mezclaran mientras mi boca se abría sobre la suya. La besé desgarrando su camisón como si fuera papel, pero con mucha suavidad. Ella forcejeaba con la sábana que aún me cubría y soltó un grito ahogado al sentirme en sus manos cálidas.
Un trozo de hielo que ella tendría que fundir.
Comenzó a hacerlo, divertida por la novedad y un poco asustada. Mis colmillos ya acariciaban su lengua pero todavía no imaginaba lo que era yo. En su mente yo estaba confinado en el territorio de los cuentos.
Entonces me separé de su beso y sonreí a la luz de la luna.
Aquel chillido que nadie podía escuchar tras la puerta era dulce como una melodía, pero no tan dulce como el sabor de su sangre cuando por fin la mordí.
Noté las emociones que la hacían brotar y las paladeé despacio.
Primero miedo. Después placer.
Su cuerpo se abrió bajo mis dedos. Sus piernas me abrazaron y entré en ella sin dejar de morderla. Levantó la pelvis y sus uñas se hundieron bajo mi cintura incitándome a penetrar aun más profundamente. Sus caderas acudían al encuentro de las mías con la misma furia. El deseo me quemaba.
Entonces hice algo que no había hecho en más de un siglo.
Aparté mi boca de su cuello de nieve y desgarré mi muñeca. Al principio se negaba a beber, pero el romper de olas de mi pelvis contra la suya le obligaba a abrir la boca sobre la herida y al final la besó. El sonido de sus gemidos se transformó en un murmullo tan bello como lascivo. Cada uno ronroneaba y rugía sobre la herida del otro sin dejar de beber. Aceleramos nuestros movimientos al compás de sus latidos. Sentí los gritos de éxtasis en mis venas y estallé dentro de ella, inundando de granizo la calidez de su vientre.
Se durmió al instante, satisfechas todas las formas de sed. Contemplé sus labios rojos y deseé que el instante no terminara nunca.
Hice un gesto y la arena del reloj comenzó a caer de nuevo.
La miré por última vez. Era demasiado bella. Despertaría con sed y el sol no podría tocarla, así que antes de vestirme y salir por la ventana abrí las gruesas cortinas de terciopelo.
A la noche siguiente yo buscaría otra presa. Y nunca más volvería a pensar en lo que para entonces solo sería un puñado de cenizas.
Nunca más.
Entradas relaccionadas:
- “550 Spyder”, por David Carretero
- “Cenizas”, por Inés Arias de Reyna
- “Mares de sangre bajo cielos rojos” (Los caballeros bastardos, vol.II), de Scott Lynch
- “Traducción de una nota…”, por Vicente Agut
- “Una noche sin estrellas”, por Elena Álvarez
6 comentarios:
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¡Esto si es un vampiro y no esos que brillan!
No creo que pueda añadir más de lo que te dije la primera vez que lo leí.
El deseo por el deseo, sin más sentimientos que los de la carne. Sensual y frío a la vez.
Vamos, que lo has clavado (sin dobles interpretaciones, por favor).
Me ha parecido de lo más seductor y embriagador. Dan ganas de que el personaje te muerda… o lo que sea.
Yep, como te dije en la primera lectura. Da gusto leer sobre vampiros de verdad
Es rotundo y a la vez deja abierta la puerta a un posible reencuentro con venganza incluída XD
El final me encanta.
Bordado.Tiene mucha potencia sensual y sexual. Es una historia de frío y calor simultáneo. Gran final. Enhorabuena.Se quedaron violetas ¿eh?
Muchas gracias. Me alegro de que os guste