Jue 4 mar 2010
“Gilgamesh y Elric: reyes en el camino oscuro”, de Gloria Torres Daudén
Creado por XayideYaxide en Crítica literaria
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Un antihéroe es un personaje que se guía por sus propias normas y crea sus propios valores, que serán opuestos a los establecidos y aceptados por la sociedad en la que vive. Se trata de personajes que viven en la zona intermedia, entre los tonos grises, lo que los hace más reales de los que se encuentran en los extremos (Bien vs Mal).
Veamos esto en dos ejemplos en principio muy distintos: Gilgamesh de Uruk y Elric de Melniboné.
“Gilgamesh” es el relato más antiguo de la historia, mucho más que “La Odisea” o “La Biblia” (de hecho adelanta temas y tramas como es el propio Diluvio universal). Habla este poema de un rey sumerio que reinó en la ciudad de Uruk sobre el año 2750 a.C.
“Elric de Melniboné” es, por contra, una saga moderna (el primer tomo es de 1961), creada por Michael Moorcock. En este caso habla del monarca Elric VIII, 428º Emperador de Melniboné.
Pero empecemos por Gilgamesh. Este rey, protagonista del poema, es un tirano, un déspota. Así lo dice la misma sacerdotisa de Ishtar, Shamhat: Gilgamesh, quien en su arrogancia oprime al pueblo, atropellándolo como un toro salvaje (Página 102). De eso extraemos ya que no es precisamente un protagonista noble y amado, sino la causa del sufrimiento de la propia ciudad sobre la que reina.
Pero, aún así, la sacerdotisa cumple con las órdenes y va en busca de Enkidu, aquél que los mismos dioses han creado, no para castigar a Gilgamesh, pero sí como respuesta a las plegarias del pueblo que vive asfixiado por el comportamiento de su rey. Hasta ese momento del relato, Gilgamesh parece más el antagonista que el protagonista. Entonces crea Aruru, la diosa madre por así llamarla, a otro héroe. Así dice el texto: Que se contrarresten de forma perfecta, para que Uruk tenga paz (Página 97).
La divinidad de Gilgamesh (en dos partes divino) se contrarresta con la bestialidad de Enkidu, que vive entre los animales como uno más de ellos. Representa por tanto Enkidu al hombre primitivo, contrario al urbanita de grandes ciudades como Uruk, los reductos de bestialidad en el inicio de la civilización.
Tras la domesticación de Enkidu mediante las artes de la sacerdotisa Shamhat y el enfrentamiento del primero contra Gilgamesh, se hacen amigos y llegan los buenos tiempos a la bella ciudad de Uruk. Gilgamesh y Enkidu son inseparables y todo parece ir bien.
Pero de nuevo intervienen los dioses. En este caso, en teoría, poniendo en la mente de Gilgamesh la determinación de matar al monstruo Humbaba (aunque pronto veremos que la decisión es del propio héroe y que el motivo es bastante egoísta).
Debemos matarlo y extirpar el mal del mundo (Página 112), dice Gilgamesh a Enkidu. Pero el lector no ve mal en Humbaba. Es un ser espantoso, sí, pero los dioses lo crearon así justamente porque su misión es aterrar a los humanos y que no entren en el bosque de los Cedros.
Y es que la motivación real de Gilgamesh es la fama. Se sabe mortal y quiere que su nombre sea recordado. Por eso desea matar a Humbaba.
Así le dice a Enkidu: Sólo los dioses viven para siempre. Nuestros días son pocos en número, y cualquier cosa que hagamos es un soplo de viento (Página 114). Mataré a Humbaba, haré perdurable mi nombre, para siempre grabaré mi fama en la memoria de los hombres (Página 115).
Y por eso desoye los ruegos por su vida que lanza el monstruo en una escena que parece cómica por su absurdo y a la vez terrible por su crueldad y falta absoluta de empatía. Gilgamesh lo mata sin remordimiento alguno para luego acometer el crimen de talar los árboles sagrados.
Luego, henchido de orgullo, cegado por su parte divina, Gilgamesh se atreverá también a rechazar e insultar a la propia diosa Ishtar; a lo que ella responderá con una amenaza muy llamativa: derribaré las puertas del inframundo y un millón de espíritus hambrientos subirán a devorar a los vivos (Página 152). Aquí vemos que los miedos no han cambiado mucho y ya en aquellas edades se temía a los muertos y a lo que estos podrán hacer a los vivos.
Se suceden luego aún más aventuras, como son la propia búsqueda de la inmortalidad (de nuevo un deseo egoísta y conectado a la búsqueda de fama anterior).
Vayamos ahora a Elric. En su caso él es la excepción dentro de su raza. Su pueblo, al contrario que el de Uruk, no lo critica por su tiranía, sino por lo contrario: Para sus súbditos es un enigma, y para algunos una amenaza, pues el albino no piensa ni actúa de acuerdo a sus cánones (Página 19).
Es, por tanto, un antihéroe atípico al encontrarse en la situación contraria a la habitual (la que ya hemos visto en Gilgamesh). Los habitantes de Melniboné esperan que su rey sea un déspota que utilice el poder a su antojo: El emperador no tiene ninguna obligación para con sus súbditos, salvo gobernarles. Los deberes son de ellos para con él. Tal es la tradición de Melniboné (Página 26).
Su pueblo lo considera, pues, demasiado blando. Y es que en Elric reside el deseo de entender la justicia y de aplicarla para el bien de los suyos: Si lo deseara (…) podría regir (…) como un tirano invulnerable (Página 19) piensa, pero aunque sería lo más fácil, ya que es lo que se espera de un monarca melnibonés, no lo desea. Y ése es el detonante de sus problemas.
Pero también es un antihéroe a nuestros ojos, visto desde nuestros valores, pues hay partes de él que siguen siendo melnibonesas y hasta bosteza delante de unos prisioneros que son torturados de manera atroz. Lleva viendo esos espectáculos desde la infancia y no siente empatía alguna hacia esos espías: Con un bostezo mal disimulado se reclinó hacia atrás y observó mientras el Doctor Burlón aplicaba escalpelo, pinchos y tenazas (Página 46).
Gilgamesh, por contra, no se plantea nada en relación a la justicia. Es su reino y hace en él lo que le place, enfrentándose incluso a los deseos de los dioses (caso de Humbaba y de Ishtar). Tan sólo la muerte de su amigo le llevará a repensar su existencia, pero no es el sentido de bien y mal, sino simplemente el mero hecho de su mortalidad que le hará vagar en busca de la única pareja inmortal que habita en el mundo, de los que quiere obtener el secreto para sí mismo.
Elric por su parte, abandona a su amada prometida Cymoril para perseguir su deseo de entender la justicia y aplicarlo luego en su ciudad: Quiero ver cómo llevan sus asuntos otras naciones (…) nuestra isla podría convertirse en una gran fuerza del bien en el mundo (Página 210).
Así, el deseo de Gilgamesh es la inmortalidad (un deseo egoísta), mientras que Elric busca la justicia para aplicarla en su Imperio (aunque es en cierta forma también un deseo egoísta, pues sus conciudadanos están bien como están y no desean la imposición de ningún otro sistema, por mejor que sea de manera objetiva).
En ambas obras los dioses toman parte. En el caso de Gilgamesh, él mismo es un semidiós (aunque mortal). Su madre es la diosa Ninsun, a la que reza para que interceda para que pueda vencer a Humbaba: Madre querida, gran diosa, asísteme en esta empresa (Página 119). Otros muchos dioses tomarán parte en la obra, como la propia Ishtar, Aruru y Anu.
En “Elric” están las fuerzas de la Ley y los del Caos que son una suerte de divinidades. Al único que conocemos (al menos en los tomos de “Elric de Melniboné” y “La Fortaleza de la Perla”) es a Arioch, Señor del Caos. Con él cerrará Elric un pacto gracias al que obtendrá su espada devoradora de almas: ¡Oh , Arioch! ¡Ven a mí! ¡Ven a mí ayúdame y yo te serviré! (Página 108).
Y sí, Elric desea la justicia, pero está atado a la oscuridad por su pacto con las fuerzas del Caos (Arioch) y por su propia condición de melnibonés (como vimos en el ejemplo de la tortura). Así pues, Elric es un antihéroe por su propia forma de ser. Es su naturaleza, como criatura del Caos.
Gilgamesh, por el contrario, es un antihéroe por propio deseo. En el poema actúa siempre por propia decisión, aunque su madre crea que en el caso de Humbaba se deba a un deseo que el dios Shamash implantó en él, pero el propio Gilgamesh deja bien claro que lo hace por sus deseos de fama inmortal, como ya vimos arriba.
Así pues, tenemos a dos monarcas guiados por deseos distintos (uno más egoísta; el otro movido por buenos deseos hacia su pueblo), pero ambos con destinos unidos a la intervención de los dioses que toman parte activa en el devenir de sus historias.
Gilgamesh (versión de Stephen Mitchell)
Stephen Mitchell
- Editorial: Alianza
- Año de publicación: 2010
- Páginas: 328
- Formato: Bolsillo
- ISBN: 9788420664293
Elric de Melniboné
Michael Moorcock
- Editorial: Edhasa
- Año de publicación: 2006
- Formato: Tapa dura
- ISBN: 9788435021142
Entradas relaccionadas:
- “Antinoe”, por Gloria Torres Daudén
- “Entre espejos”, por Gloria Torres Daudén
- “Plumas negras”, por Gloria Torres Daudén
- “Nicho de Reyes”, de Tobías Grumm
2 comentarios:
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Muy buena crítica, interesante, cómo comparas a los dos héroes, me has traído buenos recuerdos de cuando leí sus historias.
Saludos.
Gracias

Hoy, leyéndome el listado de demonios en wikipedia -XD- vi que Arioch es uno de los ángeles caidos y que actúa cuando se hace un pacto con él
(También sale en “Paradise Lost” de Milton, libro que quiero leerme desde que lei “Materia oscura”, a ver si me lo compro ya XD)