Crónicas


El viernes 23 de abril hubo clase de Literatura Fantástica, como todos los viernes desde octubre. Sentados alrededor de la mesa, cada uno sacó sus papeles, cuadernos y bolígrafos. Llega a ser un ritual que media entre lo armonioso y el más puro caos. Aquel día del libro, faltaron Gatael, Tuk-zu y Kátida. Se les echó de menos porque nuestra bruja más gata suele darle a las clases ese color que la ironía fortalece con los años; nuestro druida-vampiro cibernético nos regala con el pragmatismo que a la mitad de la clase se le olvida, mientras que la otra mitad no sabe lo que es: ¿pragmatismo?, ¿en clase de literatura fantástica?, ¿por qué? Por nada y por todo: por eso a Tuk-zu se le echa de menos cuando no viene. Los ojos negros de Kátida, su melena oscura y larguísima, su cuerpo de diosa egipcia, llenan la sala, así que es fácil notar el vacío que se respira en el aula cuando ella no está.

A cambio, la mesa fue empapelada por Elena Octavia, con nombre de hermana de emperador, mujer de Marco Antonio en otra época, alabada con la discreción de la que Elena, nuestra Elena (y menos mal) no hace gala, lo que sí regala, a raudales, es dulzura e inteligencia, y una voz armoniosa y unos relatos que catamos como si fueran dulce de leche. A su lado, ese viernes se sentó Foe Hammer, escurridizo como un ratón, es de esos alumnos que callan pero hablan con los ojos, que apenas preguntan, pero al mirarlos no te queda más remedio que responder a todas esas cuestiones que pasan por su mente ágil. Llevando la contraria a las manecillas del reloj que no hay en clase, sentado junto a Foe, estaba Jesús, el hombre lobo de la familia, lo cuidamos con cariño, no vaya a ser, que nunca se sabe, pero él se porta bien, todavía no se ha comido a nadie del grupo ―que nosotros sepamos, aunque alguno ha desaparecido del curso y no se ha vuelto a saber nada de él, las malas lenguas apuntan al licántropo, las lenguas rasposas dicen que asustamos, pero ¡qué va!, somos pura docilidad y magia―. Capitana B. Retta ―que no se podía bautizar con un nombre más largo― se sienta frente a mí la mayoría de las veces; y me encanta, porque tiene unos ojos vivaces que le hacen a una sentirse cómoda dando una clase, aunque cierto sea de paso nunca me he sentido incómoda entre mis hipogrifos. Jeronte batalló aquel día con una de las críticas más duras que le he hecho, pero lo superó con estoicismo y con una sonrisa que limpia el aire, a pesar de que por dentro, me temo, que se había arrinconado esa parte asustadiza que todos los escritores llevamos dentro: no soy bueno, no soy bueno; pues sí, lo eres, solo te falta trabajar más :-) . A su derecha, Ignacio me miraba con la insistencia del que espera aprenderlo todo de una clase; no hay mejor alumno que aquel que escucha a su maestro e Ignacio escucha con las orejas bien abiertas. Cerrando ya filas, se sentó La Bestia, que llegó tarde, pero se lo perdonamos (era el día del libro, todos, o casi todos, habíamos pasado por una librería o dos antes de clase), además, ¿quién no le perdonaría cualquier cosa a alguien que se llama La Bestia? Su sonrisa también hace que uno la perdone su afición al Guadiana. Y, por último, a mi izquierda, siempre a mi izquierda, porque es mi mano derecha, Gornon: en un cuerpo tan grande debería de perderse el corazón, pero el suyo se le queda pequeño ante tanta inmensidad que guarda dentro; también hay que decir que su capacidad de retentiva le viene muy bien a una profesora con memoria de pez: Gornon en realidad es Wikilolo.

Tras leer los relatos que habían escrito durante la semana y comentarlos entre todos, y mientras yo me peleaba con la impresora para sacar la propuesta de la siguiente, les sugería que escribieran una historia. Pero no un relato, ni una anécdota cualquiera. Les pedí que contaran la historia de uno de sus libros. Primero, claro, tuve que explicarles qué quería decir con esto porque, no, no esperaba que me refirieran lo que contiene el libro elegido que, para eso, ya nos lo leemos todos. No, lo que yo esperaba era que me contaran esa relación que los unía al objeto. Si alguien alguna vez me preguntara qué significa mi biblioteca para mí, yo le respondería que mi vida. Y sonaría hiperbólico. Quien pensara así no habría escuchado con atención: mi biblioteca es mi vida porque cada uno de los libros que la componen cuentan una historia de mi pasado. Y todas juntas componen lo que soy, lo que fui y lo que seré, puesto que hay libros que todavía no han sido catalogados ni leídos y que algún día significarán algo que hoy se mantiene oculto incluso para mí, a pesar de que ocupen espacio en una de las estanterías.

Fui yo la primera en empezar. Les mostré un ejemplar que había comprado esa tarde: Poesías completas, de Cavafis (Alianza). Ese libro, el que sujetaba entre mis manos en clase, no tenía mayor valor que el de servir de medio de extorsión. El que realmente quiero, y estoy a poco de conseguir, es aquel que cogí por primera vez cuando tenía ocho años y que leí, aun sin entenderlo, porque mi madre lo había leído antes. Durante mi infancia, se operó una curiosa costumbre en mi casa: según mi madre terminaba de leer un libro, yo lo cogía inmediatamente después. Al principio los dejaba en la estantería que les tocara, pero viendo que yo no tenía reparos en encaramarme donde fuera con tal de lograr el libro, decidió colocar los que se terminaba en una estantería más baja, a la que yo me asomaba en el instante en el que ella desaparecía del salón. Uno de esos libros fue las Poesías completas de Cavafis, autor que admiro más allá de por razones estéticas. Ese libro, el que todavía conserva mi madre, es el que deseo que esté en mis estanterías. Por ello, compré el día 23 uno que lo sustituyera, para que al fin llegue ese ejemplar que, por razones morales, me pertenece desde hace más de veinte años, a pesar de mi madre y su insistencia en considerar que todavía es suyo.

Me siguió Elena Octavia, que nos sumergió en su primero año de Filosofía, cuando todavía el sistema universitario, donde acampaban aquellos profesores tan amarillentos como los papeles que leían, no había ahogado su placer por el estudio. Un fin de semana en el que tenía que preparar un trabajo para Filosofía medieval, una de sus asignaturas preferidas, metió en una pequeña maleta un montón de libros que había sacado de la biblioteca de la facultad y dos de su estantería, y se fue a la casa que sus padres tenían en la playa. Allí estudiaría mejor. Entre aquellos libros estaba La isla de los pingüinos, de Anatole France. Era de sus padres, pero lo había perdido sin la ocasión de leérselo. Después de buscarlo sin descanso, ya que estaba descatalogado, de forma milagrosa consiguió encontrarlo en una tienda de segunda mano. En aquel viaje pensaba leerlo, por fin. De camino a la playa, se paró a tomar un café. Cuando salió, toda filósofa y feliz, se encontró con que le habían abierto el coche y se habían llevado la maleta, con todos los libros dentro. Incluido aquel que, por segunda vez, se le evaporaba de las manos antes de poder disfrutarlo. No lo ha vuelto a encontrar. ¿No tendrá nadie, por casualidad, La isla de los pingüinos?

Foe fue el siguiente: entre los libros de su biblioteca hay pocos que destaquen, casi todos son de bolsillo, con ese tamaño familiar de diez y medio por siete centímetros (igual de pequeño que la letra enjuta y preciosista de nuestro amigo Hammer), que es el único que realmente cabe en un bolsillo de alguien que no sea Mary Poppins. Los pocos que se escapan de estas dimensiones reciben miradas, que traen consigo recuerdos de los personajes que los habitan y los momentos que vivió con ellos. Con una excepción, la edición en tapa dura de Valdemar de El viento en los sauces, de Kenneth Grahame. Cuando lo ve, no piensa en Topo, Tejón o Sapo; su memoria le trae el carromato naranja claro al que, durante meses, su subió con una chica, emocionados por las aventuras a las que los conduciría, aunque una vez dentro siempre les venció el sueño. Años después, sigue mirando el libro y se pregunta dónde le llevará el carromato.

El hombre lobo tomó su turno y, con la vista fija en la lámpara, a falta de luna llena, nos dijo: «Tan solo basta una fracción, tan solo esa chispa y vuelves a nacer. Una mirada furtiva en el instituto, un tropezón con un payaso con ganas de gresca y muere el niño para engendrar al adolescente. Pero suele ocurrir que antes de esa mirada o de esa pelea casual, algo más simple marca tu vida. Un paseo por las callejuelas de Toledo y la magia hace mella en ti. Basta con un reflejo sobre el filo de una espada y un fénix, que arde en tus entrañas desde que naciste, vuelve a renacer de sus cenizas. Y aunque sientes cómo te desgarra, no es hasta que en tus manos recae por accidente un trozo de papel que no eres capaz de ver que la luz que emana desde ese río de metal te está mostrando tu camino; un solo nombre es suficiente para iniciarlo: Clavos rojos, de Robert E. Howard».

La clase se quedó en silencio, hasta que Sara nos despertó con su voz: «Siempre estaba en la estantería. Naranja, desgastado. Lo veía cada tarde al bajar a casa de mis tíos. Me entretenían leyendo pasajes de Hamlet y Romeo y Julieta cuando volvía de clase. Aprendí algunos monólogos de memoria, porque era divertido recitarlos. Sin embargo, pasaba frente a la estantería y siempre leía el título a medio borrar, junto al Origen de las especies. Una tarde me decidí a cogerlo: fue mi primer encuentro con Oscar Wilde y El retrato de Dorian Gray. Olía a polvo y las hojas parecían ir a quebrarse a medida que las pasaba. Esa tarde me quedé sólo en el prefacio, matando el tiempo hasta que mis padres volvieran a buscarme. La siguiente vez que pisé la casa de mis tíos, lo guardé en la mochila».

Jeronte tenía catorce años cuando entró a la tienda de cómics Crisis; con esa edad, era como entrar en un santuario: libros tirados por cualquier parte, pasillos estrechos, música heavy a todo volumen y el olor a viejo de los libros de segunda mano. Por esa época, apareció la tercera edición de Ars Mágica y su hermano se lo compró allí mismo. Cuando llegaba a casa, lo que único que le apetecía era admirar aquel libro, leerlo y releerlo; se pasaba el día distraído en sus historias y en todas las que él se inventaba con su ayuda. Hoy en día, lo sigue guardando en un lugar privilegiado de la estantería, no deja de admirarlo, como si fuera un tótem, porque cuando lo vuelve a abrir, aunque no lo lea, le transporta justo a ese momento de su vida, donde los sueños se entremezclan con la realidad, donde todo se observa con la mirada de un niño.

Ignacio nos contó que desde hace diez años tiene El guardián de Lunitari, de Tonya R. Carter y Paul B. Thompson, en su habitación y todavía no ha conseguido terminar de leerlo. Cada cierto tiempo, a veces pasan más de tres años, lo coge y se lee veinte páginas, pero no consigue avanzar más. Verlo en la estantería lo agobia. Ha pensado en tirarlo a la basura.

Tras las diversas sugerencias que la clase le propuso a Ignacio sobre qué hacer con el libro, La Bestia carraspeó, todos la escuchamos: «Cuando era pequeña me gustaba escabullirme hasta la cama de mi madre, esquivando la imagen de la muñeca de porcelana, que se reflejaba en el espejo, porque me daba miedo. Allí, tumbada sobre la colcha, me dedicaba a inventar figuras en la gotera del techo, como otros harían en las nubes. Cuando me cansaba, me acostaba cara a la estantería. Nunca me atreví a tocar los libros de su habitación, pero leí los títulos hasta aprenderlos de memoria. Cuando nos mudamos, trasladé todos los libros a mi habitación y, a veces, leo desde la cama los títulos…».

Las sonrisas se habían plantado en toda el aula, como los tallos de las flores que esta primavera vuelan con el viento que nos arrecia. Todos miramos a Gornon: «Sé que no soy original, y menos en un aula de Literatura Fantástica, pero si hay un libro hacia el que siempre tendré un sentimiento especial es El Señor de los anillos. Ese era el libro que estaba leyendo cuando murió mi abuelo. Recuerdo la cara de mi padre cuando mi madre se lo dijo por teléfono. Recuerdo que medio cerré el libro, con un dedo entre las páginas para no perderme, y miré a mi padre mientras colgaba el auricular y me daba la noticia casi sin voz. Recuerdo que dejé el libro en la mesa y salí a la terraza cuando mi padre cruzó el pasillo para decírselo a mi hermana y a mis primos.

»Miré hacia el sol, que se escondía tras el castillo de Castro Marim y me maldije por no haber querido ir a ver a mi abuelo al hospital el fin de semana anterior. Volví dentro y cogí otra vez el libro. En ese momento, cuando retomé la lectura, supe que mi abuelo estaba conmigo, cabalgando a través de Rohan junto a Gandalf, Aragorn, Legolas y Gimli. No sé cuántas páginas me leí en los siguientes dos días. Sé que no fueron todas, porque aún me quedaban bastantes cuando regresé del entierro. No quería terminarlo. No quería que mi abuelo decidiera que ya era hora de marcharse y no volviera a tenerlo junto a mí nunca más.

»Y pareció que fue así… hasta que abrí el siguiente libro de fantasía que llegó a mis manos. Allí estaba él para escuchar conmigo las trompetas de Eru».

Se fueron los tallos con el viento y nos quedamos con un silencio de melancolía. A nuestro alrededor, los libros nos miraban, contándonos dos historias: la que contienen sus páginas y la que vivieron junto a sus dueños.

Fue un buen día del libro.

Y al final se fue…

Y los que nos quedamos en Madrid añoraremos ese chisporroteo de inteligencia en su mirada y su facultad de leer a hipervelocidad en los talleres.

Por mi parte, lo que más echaré de menos de Gloria es la sensación de confianza que te da el estar delante de alguien que sabe perfectamente quién es y hacia dónde va (cuenta la leyenda que esta muchacha no sólo escribía relatos desde su más tierna infancia, sino que además los publicaba con su precio y todo en una colección propia de nombre “Diversión”).

Pero ésta es la crónica de una despedida. O más bien de varias, porque si algo hace bien Gloria además de escribir es despedirse. Como enumerar todas sus despedidas sería harto complicado, aquí nos vamos a conformar con las dos últimas…

Poned cara de elfo

Tres no siempre son multitud, pero aquí sí

La fiesta propiamente dicha comenzó con un juego llamado “Munchkin” en el que nos enfrentamos a criaturas tan aterradoras como el temible “Manticorrinco” armados con objetos tan letales como las “Rodilleras de Seducción” o “La Lanza Desmesurada” (por favor, resistid el impulso de buscar dobles o triples lecturas en este párrafo). El juego, al final, fue ganado justamente por este cronista, que, utilizando la ley del mínimo esfuerzo, demostró a todos que vale más la maña que la fuerza…

A continuación nos enfrentamos al reto, aún mayor, de visionar un clásico de la fantasía de los 80 (para posteriores cineclubs quedan pendientes “Willow” y “Cristal Oscuro”) como es “Lady Halcón”. El reto (y a nosotros no hay quien nos tosa) consistía en verla con subtítulos en una pantalla de ocho pulgadas. Y si bien conseguimos salir airosos del trance y sobreponernos a una banda sonora plagada de sintetizadores, las lesiones oculares permanecen.

Por último, sobrevivimos (Gloria estaba un poco nerviosa y a mi no me salían los arpegios por culpa del vodka caramelizado) al estreno de “Nehesse’s Song”, la canción que Gloria y yo hemos compuesto y que, como todo el mundo sabe, está inspirada en el prólogo de su novela “La Era de Nir”. Dentro de muy poco “Nehesse’s Song” será grabada en estudio y a dos voces por sus autores para que pueda ser disfrutada por todo el mundo, pero ésa es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión…

La segunda parte de la despedida fue la cena que disfrutamos tras el taller del pasado viernes en la trattoría que hay junto a la escuela. Una imagen vale más que mil palabras.

El final

Hasta pronto, Xayide.

Sir Káralan de los Arrecifes.

Epílogo, por Gornon.

Supongo que mi buen Káralan no se enfadará por este añadido de última hora, pero hay fuerzas mayores que uno mismo a las que conviene no enfadar.

Hubo una tercera despedida (ya ha dicho el Señor de los Arrecifes que es una de las especialidades de la homenajeada), la definitiva, en el aeropuerto. Lady Dragón y yo tuvimos la suerte de acompañar a Xayide hasta el último momento.

No hubo lágrimas, por poco, pero si mucha emoción. Ni os imagináis lo que costó separar a Lady Dragón de los brazos de la gata-bruja. Yo ni siquiera puedo expresar con palabras lo que sentí cuando la vi alejarse a través del cristal.

Sé que hoy día irse a las Islas Afortunadas no es cruzar medio mundo y que, ni por una parte ni por la otra, vamos a permitir que la distancia nos separe, pero sé que, a partir de ahora, los viernes por la noche no serán tan especiales.

            ¿Os habéis parado a pensar alguna vez lo difícil que es despedirse de alguien? ¿Y si esas personas se han convertido, además, en parte importante de tu vida, aunque tú realmente no lo sepas? Yo lo descubrí a principios de verano.

            Acabábamos de terminar el curso. Y cuando digo acabábamos, me refiero al día anterior, que finalizó con un paseo nocturno por el Templo de Debod cuando decidieron que ya no nos servirían más caipirinhas.

Los veteranos

      Hipogrifas

            Pero algunos de nosotros nos resistíamos a despedirnos hasta el curso que viene, así que ya teníamos planificado el colofón perfecto al año: un serie-forum (¿existe el término?). Y nada de una semana o quince días después, no señor; que luego lo vas dejando y a la final te quedas con las ganas. Al día siguiente.

            El lugar, de nuevo, la morada de nuestro buen Tuk-Zú. Creedme cuando os digo que podría empeñar mi hacha de doble filo por conseguir una terraza como la suya: ¡qué lujo de sitio para pasar una velada veraniega entre amigos!

            La idea consistía en que cada uno llevara un capítulo de su serie favorita (de corte fantástico, por supuesto) para que todos pudiéramos apreciarla y comentarla después. Lady Dragón, además, nos proporcionaría un proyector y una pantalla para que sólo faltaran las palomitas a la hora de montar un verdadero cine de verano.

            Bueno, más que las palomitas, lo que casi falta es la propia Lady Dragón (y el proyector, que era lo importante), que se dignó a aparecer casi dos horas después de lo acordado.

            Pero eso no nos amilanó para nada. Incluso nos permitimos hacer acopio de viandas y elixires dignos de un banquete real para disfrutar aún más de la ya noche. Por no mencionar la batalla de sombras chinescas.

ET en su último amanecer

ET contra Alien          

            Por fin estábamos todos los participantes: Tuk-Zú y su no tan vampiresca familia (gracias una vez más a Lola y a Lolita por su hospitalidad); Lady Dragón, somnolienta hasta que probó los manjares; Káralan de los Arrecifes, con su eterna sonrisa; Pasiflora, siempre abrumada por los acontecimientos; Xayide de Yaxide, en busca de nuevos saberes; y un servidor, procurando no estar demasiado fuera de lugar.

            La sesión empezó, por supuesto, con palomitas y con el episodio de la serie Firefly titulado Jaynestown. He de reconocer que, después de todo lo bien que me habían hablado de esta serie, temía llevarme un chasco. Todo lo contrario. Una serie que merece muy mucho la pena. De hecho es una de las que tengo pendientes de ver cuando encuentre un momento de paz en mi guerra diaria. Os la recomiendo a todos.

            Sin solución de continuidad apareció en pantalla Buffy Cazavampiros, con el capítulo titulado Hush. Aunque no soy un seguidor acérrimo de la serie, sí que habré visto al menos una veintena de episodios. He de decir que el elegido por Tuk-Zú me dejó un tanto frío, aunque el hecho de tener que buscar uno que fuera autoconclusivo imagino que determinó la elección.

            Y por fin llegaron las pizzas. Empezaba a cansarme de tanta palomita. Acompañamos tan sabroso manjar con Expediente X, concretamente con un capítulo que yo ya conocía y que resulta clave para el desarrollo de la serie: Paper Hearts. Obviamente, si no eres fan de las aventuras de Mulder y Scully, te dejará indiferente. Pero a Pasiflora se le reavivó la pasión por la serie y, cuentan las malas lenguas, se ha pasado todo el verano pegada a estos dos agentes del FBI (sobre todo a él).

            La hora ya empezaba a rozar lo indecente cuando decidimos que no daba tiempo para otra serie. Lolita hacía tiempo que nos había dejado a nuestra suerte y Lola no tardó mucho en acompañarla. Pero Xayide, insaciable e incansable como sólo ella sabe serlo, nos deleitó con Vincent, el corto que dio a conocer a Tim Burton y en cuya versión original narraba el mismísimo Vincent Price. Una joya del expresionismo cinematográfico.

            Incluso dio tiempo para que Tuk-Zú nos sorprendiera con las aventuras de Krod Mandoon and The Flaming Sword of Fire. Reconozco que hay que ser muy friki para que esta serie te haga reír. Fue un no parar. Desternillante.

            Ahora sí que era el momento de irse (no voy a decir la hora para no delatarnos), pero justo en el momento en el que teníamos ya todo recogido, una mirada entre Lady Dragón, Xayide y yo mismo desbarató la retirada. Todo sea dicho, con la anuencia de Tuk-Zú. Los que sí nos abandonaron fueron Pasiflora y Káralan, que se ofreció galante a acompañarla hasta su carruaje.

            Los cuatro restantes tomamos posiciones y bebidas apropiadas para disfrutar de la que iba a ser nuestra última juerga hasta el otoño (y digo bien, iba, porque luego nos veríamos un par de veces más). ¿Que qué hicimos? Imaginaos. Hablar, hablar y hablar. Tuk-Zú algo menos, ya que se enfrascó en darle cabezazos al sofá.

            No hubo confidencias, o sí, pero no las veréis por aquí. Eso queda para nosotros. Para ese momento en el que el tiempo se detuvo a nuestro alrededor. Sólo la luz del amanecer y una (in)oportuna llamada nos sacaron del hechizo.

            Casi dejamos a Tuk-Zú camino de su dormitorio y nos despedimos de Lady Dragón con besos y abrazos en la puerta de su transporte. Acompañé a Xayide hasta su casa y la dejé en la puerta con un vacío extraño en mi interior.

            Pero fue momentáneo. Empezaba el verano y, aunque no os volvería a ver a hasta tiempo después, sabía que podía contar con que estaríais a la vuelta de vacaciones. Porque, como dijo Lady Dragón con las primeras luces del alba, esto no acaba aquí, ni allí, ni ayer, ni mañana; la amistad es difícil de darle marcha atrás.

El 20 de junio de 2009 se celebró la fiesta de fin de curso de la Escuela de Escritores.

Pero no se puede entender lo que ocurrió ese día, sin hablar de los preparativos. Ya llevábamos unos meses hablando de que nos disfrazaríamos y un par de semanas preparando lo que sería, al final, nuestra aparición en el escenario.

El mismo día que fuimos a entrevistar a Sapkowski (tarde o temprano aparecerá esa entrevista en el blog), una semana antes del acontecimiento, nos fuimos a la Escuela a recortar hipogrifos. Aquello se convirtió en un auténtico taller clandestino: Xayide recortaba hipogrifos, Káralan y La Bestia recortaban escudos, Gatael, Verdilunia y yo cosíamos los hipogrifos a los escudos. A Pepe y Rafa (consortes) los tuvimos dibujando hipogrifos en el fieltro. Y Gornon andaba de chico de los recados :p.

Cenamos, reímos, cosimos, cortamos e, incluso, fui nombrándolos a todos miembros de la Peculiar Orden de los Hipogrifos Literatos (esto me lo acabo de inventar). Tal vez haya quien no se crea todo esto, pero valgan como pruebas estas imágenes (cedidas por Xayide, quien, por cierto, sufre un raro trastorno de persecución fotográfica: al segundo que te despistas, ya te ha hecho diez fotos).

Mesa del taller clandestino

Mesa del taller clandestino

Gornon y el hipogrifo

Gornon y el hipogrifo

Pepe blandiendo tijeras

Pepe blandiendo tijeras

Xayide nombrada hipogrifa

Xayide nombrada hipogrifa

Pero esto no se acabó aquí. El día antes de la fiesta de fin de curso, el viernes 19, después de clase, nos quedamos unos cuantos para terminar el blasón y para el ensayo general. De esa noche, que estuvimos allí hasta las tantas no hay pruebas materiales (lo cual me extraña porque juraría que Xayide andaba por ahí, ¿se le habría estropeado la cámara?).

Con permiso, voy a dejar el tono bromista y voy a pasar al tontorrón: esos dos días me sentí parte de algo muy bonito. Aquella aula convertida en taller clandestino emanaba alegría, buen rollo, ganas de construir algo juntos, aunque fuera un espectáculo de diez minutos. Vi vuestra ilusión y me contagié de ella, ¿o fue al revés? Quizá sea que los hipogrifos nos contagiamos unos a otros. Recuerdo que en un momento dejé lo que tenía en las manos sobre la mesa, miré a mi alrededor y me sentí afortunada y orgullosa. Gracias a todos por participar con tanta ilusión y ganas y por dejaros embaucar por mis ideas locas.

Fin de la tontuna. Principio de la fiesta.

Llegué temprano. Vestida de elfa. Fuisteis apareciendo todos, vestidos a medias, sin maquillar. Y ahí, en mitad del Clamores, nos sentamos con el blasón señalando el lugar de los hipogrifos, y fuimos completando los trajes.

Disfrutamos de los demás participantes del espectáculo, un poco con ganas de que nos tocara ya. Cuando os preparasteis para salir al escenario, se me bajó un nudo al estómago, se me mezclaron las risas con las lágrimas, el orgullo con la expectación. Y volví a sentirme parte de algo muy bonito. Un no sé qué que nos unía y que tenía que ver con esto que es la fantasía, como si en aquella sala llena de gente solo nosotros lo entendiéramos, solo los hipogrifos supiéramos que la fantasía va más allá, que une almas, que, detrás de la apariencia de unos frikis disfrazados, existía una comunión basada en una visión distinta de la realidad. Como decía Magda (¿dónde estarás, Magda?): “La fantasía está en todas partes, chisporrotea a nuestro alrededor”.

Aplaudí como una energúmena, os grité “guapos” y miré a todas partes para que todos supieran que erais “mis chicos”. Claro que vestida como iba, no creo que nadie pensara lo contrario.

En el escenario os portasteis como hipogrifos de buena familia y todos dejasteis vuestra huella, vuestras palabras, vuestro buen decir. La prueba de ello os la dejo debajo de estas líneas:

El show de los Hipogrifos on Vimeo.

No hay comentarios para ese pedazo de Himno de los Hipogrifos que se cantó Gornon. Salvo que la música y la letra pertenecen al grupo “Los parias” (comparsa de Cádiz, cuarto premio de 2006), original de Juan Carlos Aragón. La letra fue adaptada por nuestro cantante.

Los cuentos que se leyeron fueron, por orden de dramatización:

“Dodecafonía”, de Enrique Anderson Imbert. Se encuentra en la antología Cuentos de damas fantásticas editada por Páginas de Espuma en el año 2002.

“Breve diálogo en el frente entre un soldado y su superior tras el hallazgo de una evidencia zombie“, de Vicente Agut y que ha sido publicado recientemente en este mismo blog. Si quieres leerlo, pincha aquí.

“Odín”, de Jorge Luis Borges y Delia Ingenieros. Se encuentra en el libro Antología de la Literatura Fantástica editado por Edhasa en el año 1996.

Justo después de la actuación de los hipogrifos, pusieron el corto “Expediente J” que hizo que nos sintiéramos menos “bichos raros” :) . Os lo dejo aquí para que lo disfrutéis:

Al final del espectáculo de la Escuela, me tocó a mí salir al escenario. Y leí, lo que leí, con las manos temblorosas y sin pensar que, después, no querría mirar a la gente por vergüenza. Así es una, se descarna en el escenario, pero luego es incapaz de enfrentarse a las caras del auditorio.

Aquí os dejo mi discursito, en formato de vídeo, que no se diga que esta crónica no tiene pruebas palpables.

Discurso de Lady Dragón on Vimeo.

Javier Sagarna clausuró el encuentro (de su discurso, que mis oídos escucharon, no retuve nada porque temblaba por dentro —y creo que por fuera también—). Entonces nos fuimos a cenar, pero antes conmemoramos la noche con esta foto, obra de Lagartijas al sol (o lo que es lo mismo, Rafa, mi chico).

El Clan de los Hipogrifos 2009

El Clan de los Hipogrifos 2009

En la cena comimos, comentamos la jugada, reímos y todas esas cosas que se hacen en una cena que viene después de una experiencia como la que acabábamos de vivir.

De vuelta en el Clamores, a las tantas de la mañana, abandoné a los Hipogrifos para dedicarme a otros menesteres por lo que me perdí cierta parte interesante —por lo que muestran las pruebas gráficas— de la noche. Como han llegado a mi mano algunas de esas fotos, aquí os las dejo, para que no os vayáis sin una sonrisa en la boca.

Tuk-zú se defiende de Pasiflora

Tuk-zú se defiende de Pasiflora

Gornon mata a Tuk-zú

Gornon mata a Tuk-zú

Xayide ataca a Pasiflora

Xayide ataca a Pasiflora

Káralan se prepara para la batalla

Káralan se prepara para la batalla

Káralan es atacado

Káralan es atacado

Y con esto, se acaba la crónica. Nos vemos el año que viene. ¡A ver qué montamos esta vez!

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