Lun 10 may 2010
El día del libro
Creado por Lady Dragón en Crónicas
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El viernes 23 de abril hubo clase de Literatura Fantástica, como todos los viernes desde octubre. Sentados alrededor de la mesa, cada uno sacó sus papeles, cuadernos y bolígrafos. Llega a ser un ritual que media entre lo armonioso y el más puro caos. Aquel día del libro, faltaron Gatael, Tuk-zu y Kátida. Se les echó de menos porque nuestra bruja más gata suele darle a las clases ese color que la ironía fortalece con los años; nuestro druida-vampiro cibernético nos regala con el pragmatismo que a la mitad de la clase se le olvida, mientras que la otra mitad no sabe lo que es: ¿pragmatismo?, ¿en clase de literatura fantástica?, ¿por qué? Por nada y por todo: por eso a Tuk-zu se le echa de menos cuando no viene. Los ojos negros de Kátida, su melena oscura y larguísima, su cuerpo de diosa egipcia, llenan la sala, así que es fácil notar el vacío que se respira en el aula cuando ella no está.
A cambio, la mesa fue empapelada por Elena Octavia, con nombre de hermana de emperador, mujer de Marco Antonio en otra época, alabada con la discreción de la que Elena, nuestra Elena (y menos mal) no hace gala, lo que sí regala, a raudales, es dulzura e inteligencia, y una voz armoniosa y unos relatos que catamos como si fueran dulce de leche. A su lado, ese viernes se sentó Foe Hammer, escurridizo como un ratón, es de esos alumnos que callan pero hablan con los ojos, que apenas preguntan, pero al mirarlos no te queda más remedio que responder a todas esas cuestiones que pasan por su mente ágil. Llevando la contraria a las manecillas del reloj que no hay en clase, sentado junto a Foe, estaba Jesús, el hombre lobo de la familia, lo cuidamos con cariño, no vaya a ser, que nunca se sabe, pero él se porta bien, todavía no se ha comido a nadie del grupo ―que nosotros sepamos, aunque alguno ha desaparecido del curso y no se ha vuelto a saber nada de él, las malas lenguas apuntan al licántropo, las lenguas rasposas dicen que asustamos, pero ¡qué va!, somos pura docilidad y magia―. Capitana B. Retta ―que no se podía bautizar con un nombre más largo― se sienta frente a mí la mayoría de las veces; y me encanta, porque tiene unos ojos vivaces que le hacen a una sentirse cómoda dando una clase, aunque cierto sea de paso nunca me he sentido incómoda entre mis hipogrifos. Jeronte batalló aquel día con una de las críticas más duras que le he hecho, pero lo superó con estoicismo y con una sonrisa que limpia el aire, a pesar de que por dentro, me temo, que se había arrinconado esa parte asustadiza que todos los escritores llevamos dentro: no soy bueno, no soy bueno; pues sí, lo eres, solo te falta trabajar más
. A su derecha, Ignacio me miraba con la insistencia del que espera aprenderlo todo de una clase; no hay mejor alumno que aquel que escucha a su maestro e Ignacio escucha con las orejas bien abiertas. Cerrando ya filas, se sentó La Bestia, que llegó tarde, pero se lo perdonamos (era el día del libro, todos, o casi todos, habíamos pasado por una librería o dos antes de clase), además, ¿quién no le perdonaría cualquier cosa a alguien que se llama La Bestia? Su sonrisa también hace que uno la perdone su afición al Guadiana. Y, por último, a mi izquierda, siempre a mi izquierda, porque es mi mano derecha, Gornon: en un cuerpo tan grande debería de perderse el corazón, pero el suyo se le queda pequeño ante tanta inmensidad que guarda dentro; también hay que decir que su capacidad de retentiva le viene muy bien a una profesora con memoria de pez: Gornon en realidad es Wikilolo.
Tras leer los relatos que habían escrito durante la semana y comentarlos entre todos, y mientras yo me peleaba con la impresora para sacar la propuesta de la siguiente, les sugería que escribieran una historia. Pero no un relato, ni una anécdota cualquiera. Les pedí que contaran la historia de uno de sus libros. Primero, claro, tuve que explicarles qué quería decir con esto porque, no, no esperaba que me refirieran lo que contiene el libro elegido que, para eso, ya nos lo leemos todos. No, lo que yo esperaba era que me contaran esa relación que los unía al objeto. Si alguien alguna vez me preguntara qué significa mi biblioteca para mí, yo le respondería que mi vida. Y sonaría hiperbólico. Quien pensara así no habría escuchado con atención: mi biblioteca es mi vida porque cada uno de los libros que la componen cuentan una historia de mi pasado. Y todas juntas componen lo que soy, lo que fui y lo que seré, puesto que hay libros que todavía no han sido catalogados ni leídos y que algún día significarán algo que hoy se mantiene oculto incluso para mí, a pesar de que ocupen espacio en una de las estanterías.
Fui yo la primera en empezar. Les mostré un ejemplar que había comprado esa tarde: Poesías completas, de Cavafis (Alianza). Ese libro, el que sujetaba entre mis manos en clase, no tenía mayor valor que el de servir de medio de extorsión. El que realmente quiero, y estoy a poco de conseguir, es aquel que cogí por primera vez cuando tenía ocho años y que leí, aun sin entenderlo, porque mi madre lo había leído antes. Durante mi infancia, se operó una curiosa costumbre en mi casa: según mi madre terminaba de leer un libro, yo lo cogía inmediatamente después. Al principio los dejaba en la estantería que les tocara, pero viendo que yo no tenía reparos en encaramarme donde fuera con tal de lograr el libro, decidió colocar los que se terminaba en una estantería más baja, a la que yo me asomaba en el instante en el que ella desaparecía del salón. Uno de esos libros fue las Poesías completas de Cavafis, autor que admiro más allá de por razones estéticas. Ese libro, el que todavía conserva mi madre, es el que deseo que esté en mis estanterías. Por ello, compré el día 23 uno que lo sustituyera, para que al fin llegue ese ejemplar que, por razones morales, me pertenece desde hace más de veinte años, a pesar de mi madre y su insistencia en considerar que todavía es suyo.
Me siguió Elena Octavia, que nos sumergió en su primero año de Filosofía, cuando todavía el sistema universitario, donde acampaban aquellos profesores tan amarillentos como los papeles que leían, no había ahogado su placer por el estudio. Un fin de semana en el que tenía que preparar un trabajo para Filosofía medieval, una de sus asignaturas preferidas, metió en una pequeña maleta un montón de libros que había sacado de la biblioteca de la facultad y dos de su estantería, y se fue a la casa que sus padres tenían en la playa. Allí estudiaría mejor. Entre aquellos libros estaba La isla de los pingüinos, de Anatole France. Era de sus padres, pero lo había perdido sin la ocasión de leérselo. Después de buscarlo sin descanso, ya que estaba descatalogado, de forma milagrosa consiguió encontrarlo en una tienda de segunda mano. En aquel viaje pensaba leerlo, por fin. De camino a la playa, se paró a tomar un café. Cuando salió, toda filósofa y feliz, se encontró con que le habían abierto el coche y se habían llevado la maleta, con todos los libros dentro. Incluido aquel que, por segunda vez, se le evaporaba de las manos antes de poder disfrutarlo. No lo ha vuelto a encontrar. ¿No tendrá nadie, por casualidad, La isla de los pingüinos?
Foe fue el siguiente: entre los libros de su biblioteca hay pocos que destaquen, casi todos son de bolsillo, con ese tamaño familiar de diez y medio por siete centímetros (igual de pequeño que la letra enjuta y preciosista de nuestro amigo Hammer), que es el único que realmente cabe en un bolsillo de alguien que no sea Mary Poppins. Los pocos que se escapan de estas dimensiones reciben miradas, que traen consigo recuerdos de los personajes que los habitan y los momentos que vivió con ellos. Con una excepción, la edición en tapa dura de Valdemar de El viento en los sauces, de Kenneth Grahame. Cuando lo ve, no piensa en Topo, Tejón o Sapo; su memoria le trae el carromato naranja claro al que, durante meses, su subió con una chica, emocionados por las aventuras a las que los conduciría, aunque una vez dentro siempre les venció el sueño. Años después, sigue mirando el libro y se pregunta dónde le llevará el carromato.
El hombre lobo tomó su turno y, con la vista fija en la lámpara, a falta de luna llena, nos dijo: «Tan solo basta una fracción, tan solo esa chispa y vuelves a nacer. Una mirada furtiva en el instituto, un tropezón con un payaso con ganas de gresca y muere el niño para engendrar al adolescente. Pero suele ocurrir que antes de esa mirada o de esa pelea casual, algo más simple marca tu vida. Un paseo por las callejuelas de Toledo y la magia hace mella en ti. Basta con un reflejo sobre el filo de una espada y un fénix, que arde en tus entrañas desde que naciste, vuelve a renacer de sus cenizas. Y aunque sientes cómo te desgarra, no es hasta que en tus manos recae por accidente un trozo de papel que no eres capaz de ver que la luz que emana desde ese río de metal te está mostrando tu camino; un solo nombre es suficiente para iniciarlo: Clavos rojos, de Robert E. Howard».
La clase se quedó en silencio, hasta que Sara nos despertó con su voz: «Siempre estaba en la estantería. Naranja, desgastado. Lo veía cada tarde al bajar a casa de mis tíos. Me entretenían leyendo pasajes de Hamlet y Romeo y Julieta cuando volvía de clase. Aprendí algunos monólogos de memoria, porque era divertido recitarlos. Sin embargo, pasaba frente a la estantería y siempre leía el título a medio borrar, junto al Origen de las especies. Una tarde me decidí a cogerlo: fue mi primer encuentro con Oscar Wilde y El retrato de Dorian Gray. Olía a polvo y las hojas parecían ir a quebrarse a medida que las pasaba. Esa tarde me quedé sólo en el prefacio, matando el tiempo hasta que mis padres volvieran a buscarme. La siguiente vez que pisé la casa de mis tíos, lo guardé en la mochila».
Jeronte tenía catorce años cuando entró a la tienda de cómics Crisis; con esa edad, era como entrar en un santuario: libros tirados por cualquier parte, pasillos estrechos, música heavy a todo volumen y el olor a viejo de los libros de segunda mano. Por esa época, apareció la tercera edición de Ars Mágica y su hermano se lo compró allí mismo. Cuando llegaba a casa, lo que único que le apetecía era admirar aquel libro, leerlo y releerlo; se pasaba el día distraído en sus historias y en todas las que él se inventaba con su ayuda. Hoy en día, lo sigue guardando en un lugar privilegiado de la estantería, no deja de admirarlo, como si fuera un tótem, porque cuando lo vuelve a abrir, aunque no lo lea, le transporta justo a ese momento de su vida, donde los sueños se entremezclan con la realidad, donde todo se observa con la mirada de un niño.
Ignacio nos contó que desde hace diez años tiene El guardián de Lunitari, de Tonya R. Carter y Paul B. Thompson, en su habitación y todavía no ha conseguido terminar de leerlo. Cada cierto tiempo, a veces pasan más de tres años, lo coge y se lee veinte páginas, pero no consigue avanzar más. Verlo en la estantería lo agobia. Ha pensado en tirarlo a la basura.
Tras las diversas sugerencias que la clase le propuso a Ignacio sobre qué hacer con el libro, La Bestia carraspeó, todos la escuchamos: «Cuando era pequeña me gustaba escabullirme hasta la cama de mi madre, esquivando la imagen de la muñeca de porcelana, que se reflejaba en el espejo, porque me daba miedo. Allí, tumbada sobre la colcha, me dedicaba a inventar figuras en la gotera del techo, como otros harían en las nubes. Cuando me cansaba, me acostaba cara a la estantería. Nunca me atreví a tocar los libros de su habitación, pero leí los títulos hasta aprenderlos de memoria. Cuando nos mudamos, trasladé todos los libros a mi habitación y, a veces, leo desde la cama los títulos…».
Las sonrisas se habían plantado en toda el aula, como los tallos de las flores que esta primavera vuelan con el viento que nos arrecia. Todos miramos a Gornon: «Sé que no soy original, y menos en un aula de Literatura Fantástica, pero si hay un libro hacia el que siempre tendré un sentimiento especial es El Señor de los anillos. Ese era el libro que estaba leyendo cuando murió mi abuelo. Recuerdo la cara de mi padre cuando mi madre se lo dijo por teléfono. Recuerdo que medio cerré el libro, con un dedo entre las páginas para no perderme, y miré a mi padre mientras colgaba el auricular y me daba la noticia casi sin voz. Recuerdo que dejé el libro en la mesa y salí a la terraza cuando mi padre cruzó el pasillo para decírselo a mi hermana y a mis primos.
»Miré hacia el sol, que se escondía tras el castillo de Castro Marim y me maldije por no haber querido ir a ver a mi abuelo al hospital el fin de semana anterior. Volví dentro y cogí otra vez el libro. En ese momento, cuando retomé la lectura, supe que mi abuelo estaba conmigo, cabalgando a través de Rohan junto a Gandalf, Aragorn, Legolas y Gimli. No sé cuántas páginas me leí en los siguientes dos días. Sé que no fueron todas, porque aún me quedaban bastantes cuando regresé del entierro. No quería terminarlo. No quería que mi abuelo decidiera que ya era hora de marcharse y no volviera a tenerlo junto a mí nunca más.
»Y pareció que fue así… hasta que abrí el siguiente libro de fantasía que llegó a mis manos. Allí estaba él para escuchar conmigo las trompetas de Eru».
Se fueron los tallos con el viento y nos quedamos con un silencio de melancolía. A nuestro alrededor, los libros nos miraban, contándonos dos historias: la que contienen sus páginas y la que vivieron junto a sus dueños.
Fue un buen día del libro.

















