Crítica literaria


Un antihéroe es un personaje que se guía por sus propias normas y crea sus propios valores, que serán opuestos a los establecidos y aceptados por la sociedad en la que vive. Se trata de personajes que viven en la zona intermedia, entre los tonos grises, lo que los hace más reales de los que se encuentran en los extremos (Bien vs Mal).

Veamos esto en dos ejemplos en principio muy distintos: Gilgamesh de Uruk y Elric de Melniboné.

“Gilgamesh” es el relato más antiguo de la historia, mucho más que “La Odisea” o “La Biblia” (de hecho adelanta temas y tramas como es el propio Diluvio universal). Habla este poema de un rey sumerio que reinó en la ciudad de Uruk sobre el año 2750 a.C.  

“Elric de Melniboné” es, por contra, una saga moderna (el primer tomo es de 1961), creada por Michael Moorcock. En este caso habla del monarca Elric VIII, 428º Emperador de Melniboné.  

Pero empecemos por Gilgamesh. Este rey, protagonista del poema, es un tirano, un déspota. Así lo dice la misma sacerdotisa de Ishtar, Shamhat: Gilgamesh, quien en su arrogancia oprime al pueblo, atropellándolo como un toro salvaje (Página 102). De eso extraemos ya que no es precisamente un protagonista noble y amado, sino la causa del sufrimiento de la propia ciudad sobre la que reina.

Pero, aún así,  la sacerdotisa cumple con las órdenes y va en busca de Enkidu, aquél que  los mismos dioses han creado, no para castigar a Gilgamesh, pero sí como respuesta a las plegarias del pueblo que vive asfixiado por el comportamiento de su rey. Hasta ese momento del relato, Gilgamesh parece más el antagonista que el protagonista.  Entonces crea Aruru, la diosa madre por así llamarla, a otro héroe. Así dice el texto: Que se contrarresten de forma perfecta, para que Uruk tenga paz (Página 97).

La divinidad de Gilgamesh (en dos partes divino) se contrarresta con la bestialidad de Enkidu, que vive entre los animales como uno más de ellos. Representa por tanto Enkidu al hombre primitivo, contrario al urbanita de grandes ciudades como Uruk, los reductos de bestialidad en el inicio de la civilización.

Tras la domesticación de Enkidu mediante las artes de la sacerdotisa Shamhat y el enfrentamiento del primero contra Gilgamesh, se hacen amigos y llegan los buenos tiempos a la bella ciudad de Uruk. Gilgamesh y Enkidu son inseparables y todo parece ir bien.

Pero de nuevo intervienen los dioses. En este caso, en teoría, poniendo en la mente de Gilgamesh la determinación de matar al monstruo Humbaba (aunque pronto veremos que la decisión es del propio héroe y que el motivo es bastante egoísta).

Debemos matarlo y extirpar el mal del mundo (Página 112), dice Gilgamesh a Enkidu. Pero el lector no ve  mal en Humbaba. Es un ser espantoso, sí, pero los dioses lo crearon así justamente porque su misión es aterrar a los humanos y que no entren en el bosque de los Cedros. 

Y es que la motivación real de Gilgamesh es la fama. Se sabe mortal y quiere que su nombre sea recordado. Por eso desea matar a Humbaba.

Así le dice a Enkidu: Sólo los dioses viven para siempre. Nuestros días son pocos en número, y cualquier cosa que hagamos es un soplo de viento (Página 114). Mataré a Humbaba, haré perdurable mi nombre, para siempre grabaré mi fama en la memoria de los hombres (Página 115).

Y por eso desoye los ruegos por su vida que lanza el monstruo en una escena que parece cómica por su absurdo y a la vez terrible por su crueldad y falta absoluta de empatía. Gilgamesh lo mata sin remordimiento alguno para luego acometer el crimen de talar los árboles sagrados.

Luego, henchido de orgullo, cegado por su parte divina, Gilgamesh se atreverá también a rechazar e insultar a la propia diosa Ishtar; a lo que ella responderá con una amenaza muy llamativa: derribaré las puertas del inframundo y un millón de espíritus hambrientos subirán a devorar a los vivos (Página 152). Aquí vemos que los miedos no han cambiado mucho y ya en aquellas edades se temía a los muertos y a lo que estos podrán hacer a los vivos.

Se suceden luego aún más aventuras, como son la propia búsqueda de la inmortalidad (de nuevo un deseo egoísta y conectado a la búsqueda de fama anterior).

Vayamos ahora a Elric. En su caso él es la excepción dentro de su raza. Su pueblo, al contrario que el de Uruk, no lo critica por su tiranía, sino por lo contrario: Para sus súbditos es un enigma, y para algunos una amenaza, pues el albino no piensa ni actúa de acuerdo a sus cánones (Página 19).

Es, por tanto, un antihéroe atípico al encontrarse en la situación contraria a la habitual (la que ya hemos visto en Gilgamesh). Los habitantes de Melniboné esperan que su rey sea un déspota que utilice el poder a su antojo: El emperador no tiene ninguna obligación para con sus súbditos, salvo gobernarles. Los deberes son de ellos para con él. Tal es la tradición de Melniboné (Página 26).

Su pueblo lo considera, pues, demasiado blando.  Y es que en Elric reside el deseo de entender la justicia y de aplicarla para el bien de los suyos: Si lo deseara (…) podría regir (…) como un tirano invulnerable (Página 19) piensa, pero aunque sería lo más fácil, ya que es lo que se espera de un monarca melnibonés, no lo desea. Y ése es el detonante de sus problemas.

Pero también es un antihéroe a nuestros ojos, visto desde nuestros valores, pues hay partes de él que siguen siendo melnibonesas y hasta bosteza delante de unos prisioneros que son torturados de manera atroz. Lleva viendo esos espectáculos desde la infancia y no siente empatía alguna hacia esos espías: Con un bostezo mal disimulado se reclinó hacia atrás  y observó mientras  el Doctor Burlón aplicaba escalpelo, pinchos y tenazas (Página 46).

Gilgamesh, por contra, no se plantea nada en relación a la justicia. Es su reino y hace en él lo que le place, enfrentándose incluso a los deseos de los dioses (caso de Humbaba y de Ishtar). Tan sólo la muerte de su amigo le llevará a repensar su existencia, pero no es el sentido de bien y mal, sino simplemente el mero hecho de su mortalidad que le hará vagar en busca de la única pareja inmortal que habita en el mundo, de los que quiere obtener el secreto para sí mismo.

Elric por su parte, abandona a su amada prometida Cymoril para perseguir su deseo de entender la justicia y aplicarlo luego en su ciudad: Quiero ver cómo llevan sus asuntos otras naciones (…) nuestra isla podría convertirse en una gran fuerza del bien en el mundo (Página 210).

Así, el deseo de Gilgamesh es la inmortalidad (un deseo egoísta), mientras que Elric busca la justicia para aplicarla en su Imperio (aunque es en cierta forma también un deseo egoísta, pues sus conciudadanos están bien como están y no desean la imposición de ningún otro sistema, por mejor que sea de manera objetiva).

En ambas obras los dioses toman parte. En el caso de Gilgamesh, él mismo es un semidiós (aunque mortal). Su madre es la diosa Ninsun, a la que reza para que interceda para que pueda vencer a Humbaba: Madre querida, gran diosa, asísteme en  esta empresa (Página 119). Otros muchos dioses tomarán parte en la obra, como la propia Ishtar,  Aruru y Anu.

En “Elric” están las fuerzas de la Ley y los del Caos que son una suerte de divinidades. Al único que conocemos (al menos en los tomos de “Elric de Melniboné” y “La Fortaleza de la Perla”) es a Arioch, Señor del Caos. Con él cerrará Elric un pacto gracias al que obtendrá su espada devoradora de almas: ¡Oh , Arioch! ¡Ven a mí!  ¡Ven a mí ayúdame y yo te serviré! (Página 108).

Y sí, Elric desea la justicia, pero está atado a la oscuridad por su pacto con las fuerzas del Caos (Arioch) y por su propia condición de melnibonés (como vimos en el ejemplo de la tortura). Así pues, Elric es un antihéroe por su propia forma de ser. Es su naturaleza, como criatura del Caos.

Gilgamesh, por el contrario, es un antihéroe por propio deseo. En el poema actúa siempre por propia decisión, aunque su madre crea que en el caso de Humbaba se deba a un deseo que el dios Shamash implantó en él, pero el propio Gilgamesh deja bien claro que lo hace por sus deseos de fama inmortal, como ya vimos arriba.

Así pues, tenemos a dos monarcas guiados por deseos distintos (uno más egoísta; el otro movido por buenos deseos hacia su pueblo), pero ambos con destinos unidos a la intervención de los dioses que toman parte activa en el devenir de sus historias.

Gilgamesh (versión de Stephen Mitchell)
Stephen Mitchell

  • Editorial: Alianza
  • Año de publicación: 2010
  • Páginas: 328
  • Formato: Bolsillo
  • ISBN: 9788420664293

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Elric de Melniboné
Michael Moorcock

  • Editorial: Edhasa
  • Año de publicación: 2006
  • Formato: Tapa dura
  • ISBN: 9788435021142

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Sangre en aguas oscuras, por Gatael.

El agua oscura rodea el barco. En la orilla, los árboles extienden sus ramas como fantasmas sin prisa, la humedad impregna los cuerpos y se introduce por la boca, dejando un regusto putrefacto y cálido. Malsano.

De puertas adentro, El Sueño del Fevre es un barco lujoso que desliza sus porcelanas y lámparas rutilantes por el río, siempre acompañado del sonido de su gran pala, que bate el agua incansable.

En sus espejos se multiplican hasta el infinito aquellos privilegiados que han podido pagarse un pasaje. Las telas multicolores, las joyas y los elaborados peinados fijan sus imágenes con la cadencia del río. Bellas mujeres y hombres importantes que exhiben su poder y su seducción sin saber que, entre ellos, hay quien los ve como una fuente de alimentación segura, igual que a un rebaño de ovejas en el umbral del matadero.

En esta novela, Martin vuelve a demostrar que puede conseguir de ti la atracción y rechazo hacia sus personajes al manejar, como el mejor de los constructores, la cal y la arena. Sabe cómo mostrar facetas de los protagonistas y consigue atraparte con su humanidad, en todo lo divino e infernal que ésta conlleva.

El libro es una historia de vampiros en el bien escogido marco del Mississipi. Es fácil imaginarse todo tipo de cosas sórdidas en el escenario de un río enorme, lleno de recovecos oscuros amparados por una vegetación creada para ocultar. En ella, la desesperanza del esclavo ante su destino se vuelve todavía más dura cuando se convierte en terror.

En el Mississipi nadie se salva: señores y esclavos son tomados para el sacrificio como bocados dignos de degustar de forma obscena y cruel.

Dos razas opuestas, dos protagonistas que las representan; en este libro se describe la más difícil de las amistades: entre verdugo y víctima.

Abner Marsh es uno de esos personajes poco atractivos de Martin que se acaban convirtiendo en representantes de virtudes tan obsoletas como el amor propio. En principio no te gusta, incluso te repele (el autor se preocupa de que sea así), pero acabas con la necesidad de adoptarlo para tenerlo cerca.

Joshua York tiene extrañas costumbres nocturnas y representa a una raza sin el mínimo sentimiento humano. Aún así, consigues estar de su parte, acabas humanizándolo y se convierte en un puente entre el bien y el mal; un puente nada sólido, pero tenaz.

Quizás la figura más impresionante sea la del mal, encarnada en Julian. Este personaje es el mal puro, sin florituras, aunque al principio parezca que las tiene todas. Su frialdad cala hasta los huesos entremezclada con las miasmas del río, presentes en toda la novela.

Un frío distinto es el de Billy Vinagre, un personaje importante en la novela pero que no crea conflicto con el lector. Es lo que es: entre él y Julián representan al río y todo lo que tiene de putrefacto e indiferente hacia la especie humana y sus esperanzas.

En definitiva, es una historia de supervivencia de razas, de amistades y de sueños.

Eso sí, al principio el autor demuestra todo lo que sabe de la navegación por los grandes ríos. Describe demasiado bien, para cualquiera que no esté interesado en tan peregrino tema, todo lo que envuelve a los barcos de vapor y su funcionamiento. Vale la pena aguantar aunque se haga pesado, porque no te defrauda. Cuando retoma la acción vuelve a manejarte a su antojo, como si fueses una hoja de otoño que se desliza por las oscuras aguas de un río.

Por último, no puedo dejar de reseñar que quedé gratamente sorprendida al comprobar que la escritora de la saga “Crepúsculo” había leído algo más que el listín de teléfonos de su pueblo. En esta novela se ve la copia directa de varias características de sus vampiros (tranquilos, para Martin no brillan). Eso sí, no hablo de alusiones, directamente son calcadas; es comprensible, para evitar errores copia a un maestro.

Sueño del Fevre
Geroge R.R. Martin

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Los monstruos personificados, por Laudine.

En ambos relatos nos encontramos ante la recreación de dos mitos bien distintos y muy conocidos. En el primero se trata uno de los Doce Trabajos de Hércules (en concreto el episodio de la Hidra del lago de Lerna) y en el segundo ante el Hombre Lobo, aunque la presentación del licántropo nos remite mucho al «Mowgli» de El libro de la selva.

El cómo se han adaptado en ambos relatos estos mitos me ha resultado original, más quizá en “Dodecafonía” por la ironía empleada, ya que se nos muestra una hidra cínica y jocosa, que alardea de lo aburrida que está de matar hombre tras hombre (se refiere a todos aquellos que acuden a matarla a ella) por lo fácil que le resulta la empresa.

Pero lo verdaderamente genial está en el cierre, cuando el lector descubre, ya en el último renglón, que a quien la hidra le cuenta esto con tanto sarcasmo es nada más y nada menos que a Heracles (Hércules), que será su verdugo. Este ocurrente y final me ha dejado con una sonrisa en los labios. Además, la contundencia del autor y su precisión lo convierten, para mi gusto, en uno de los mejores finales que he leído:

“—Ahora me aburro; y estas doce cabezas que ves ya no suenan como notas de una melodía, sino como bostezos en el vacío.

—Has hablado —dijo el visitante— de tu expectativa de cambio, de continuidad y de repetición. Verás que te faltaba aprender a esperar lo mejor de tu melodía, que es la conclusión. ¿Quieres jugar una vez más?

Y, poniéndose de pie, Heracles blandió su espada.”

La lectura de “Gabriel-Ernest” me ha dejado, por el contrario, desconcertada y descorazonada. En una campiña se están produciendo una serie de salvajes crímenes, al parecer relacionados con alguna bestia. La manera de presentar este hecho es cuanto menos, inquietante:

“—Hay una bestia salvaje en sus bosques —dijo el artista Cunningham, mientras se le conducía a la estación. Fue el único comentario que hizo durante el trayecto, pero como Van Cheele no había parado de hablar, el silencio de su acompañante no se notó demasiado.

—Uno o dos zorros perdidos y algunas comadrejas ya domiciliadas —respondió Van Cheele.

El artista no dijo nada.

—¿A qué se refería con bestia salvaje? —preguntó Van Cheele cuando ya estaban en el andén.

—A nada. Imaginaciones mías. Ya llega el tren —respondió Cunningham.”

Hasta aquí, como digo, todo bien. El problema para mí reside en que, un par de párrafos después, el autor te presenta al joven huérfano asalvajado que vive en el bosque. Inmediatamente lo relacionas con “la bestia” y el relato se convierte en algo previsible. Aunque sí es cierto que no piensas de inmediato en un licántropo, no te cabe duda de estar frente a un monstruo mutante unas frases más abajo, cuando atas cabos y descubres que es un hombre lobo antes de que lo haga el protagonista.

No por ello, uno deja de sentirse sobrecogido ante semejante criatura, un niño cínico, irreverente y mordaz, que encierra en su cuerpecito a un asesino insaciable y ávido de carne fresca, cuanto más joven mejor.

Me gusta mucho el final, esa carrera del señor Van Cheele para salvar a su tía, que se ha compadecido del muchacho y le ha dado cobijo. Está cargada de tensión. Cuando llega a su casa, el lector no puede respirar tranquilo, pues Van Cheele  descubre que el licántropo ha preferido como víctima al joven hijo de su vecina, un niño de menos de diez años, y corre en su búsqueda. Pese a que se intuye que va a morir, uno no pierde la esperanza hasta el último momento…

Lo descorazonador del relato está en su final: el licántropo consigue huir y seguirá matando en cualquier otro lugar.

Es bastante sugerente que Van Cheele no desvele la verdadera identidad del chico. Casa muy bien con el inicio del relato, donde se nos describe perfectamente no sólo al personaje de Van Cheele sino la sociedad en la que se mueven él y su tía, una sociedad de formas y apariencias, donde el protagonista, un naturalista de postín, resulta algo mediocre.

Tenía un avetoro disecado en su estudio y era capaz de reconocer cierta cantidad de flores salvajes, por lo que la pretensión de su tía de que era un gran naturalista tal vez no careciera totalmente de base. En cualquier caso, qué duda cabía, era un gran andarín. Tenía la costumbre de anotar mentalmente todo lo que veía durante sus caminatas, no tanto para contribuir a la ciencia contemporánea como para tener anécdotas que contar en las conversaciones posteriores.”

El final del relato supone un giro del protagonista, al oponerse a los deseos de su acaudalada y benefactora tía. Sin embargo, no lo es contra la sociedad, pues se calla el descubrimiento del licántropo, sin duda por miedo al rechazo social, a que le tachen de ese mediocre que en realidad es.

“Nunca más se volvió a ver ni al hijo de Toop ni a Gabriel-Ernest, pero se encontró la ropa de este último tirada en el camino, así que se dedujo que el niño se había caído al agua y que el muchacho se desnudó y se zambulló en un vano intento de rescatarlo. Van Cheele y algunos trabajadores que se hallaban cerca en ese momento testificaron que habían oído un agudo grito de niño cerca del punto donde se encontró la ropa. Mistress Toop, que tenía otros once niños, aceptó con entereza la desgracia, pero Miss Van Cheele lloró sinceramente la pérdida de su protegido. Fue por iniciativa suya que se puso en la iglesia parroquial una placa en homenaje a «Gabriel-Ernest, un chico desconocido que sacrificó valientemente su vida por otro». Van Cheele casi siempre cedía a los deseos de su tía, pero, curiosamente, en esta ocasión se negó en redondo a participar en las suscripciones para financiar el memorial a Gabriel-Ernest.”

Tanto en “Dodecafonía” como en “Gabriel-Ernest” es de agradecer que las razas no humanas se nos presenten como algo monstruoso, que alardean con cinismo de su supremacía sobre la raza humana. Me ha encantado, la verdad, pues adoro el cinismo en la narrativa. Los autores han conseguido que sus historias resulten verosímiles porque tanto la hidra como el niño lobo han sido fieles a sí mismos hasta el final del relato, impidiendo con ellos que se rompa el pacto entre lector y autor.

El gato de Cheshire
Enrique Anderson Imbert

  • Editorial: Losada
  • Año de publicación: 1965
  • Páginas:170
  • Formato: Rústico

Cuentos de humor y terror
Saki

  • Editorial: Anagrama
  • Año de publicación: 2007
  • Formato: Bolsillo
  • ISBN: 9788433973078

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Cuando los fantasmas llegan por internet, por La Bestia.

“El traje del muerto” ha supuesto una revolución en el género del terror y por ello en 2007 se le concedió el Bram Stoker Award.

Ciertamente, la novela destaca por lo novedoso de su argumento. Jude, un cantante retirado, decide comprar a través de e-bay el  fantasma de un hombre atrapado en un traje. Pronto descubrirá que lo que parecía una curiosidad más de su colección es en realidad una venganza que arrasará con su vida y la de todos los que la rodean.

La historia llama la atención por su originalidad y por sus personajes; una antigua estrella del rock que huye de su pasado y una novia gótica demasiado joven que no está dispuesta a abandonarle. Sin embargo, el autor no ha sabido aprovechar la idea. Los protagonistas quedan atrapados en los tópicos de un chico del sur cuyo padre se oponía a sus sueños y una mujer a la que le mueve el amor. Del mismo modo, la trama se vuelve repetitiva, especialmente con los sueños recurrentes y lo que se presenta como giro argumental resulta predecible.

El principal problema de la novela reside en la forma en la que está escrita. Aunque las frases sencillas y directas logran que la lectura sea sencilla y rápida, el abuso de los verbos de acción y la repetición en las comparaciones ralentizan la historia. Del mismo modo, la linealidad  y la mala estructuración de los capítulos dan la sensación de que se podrían haber omitido páginas enteras que poco o nada podría aportar

Por no crear una crítica totalmente destructiva hay que señalar que la novela mejora visiblemente hacia el final, gracias, fundamentalmente a algunas escenas muy conseguidas en las que el pasado, la realidad y la fantasía logran confluir sin que el lector tenga problemas para seguir el hilo de la trama.

Aún así la historia sigue teniendo carencias que hacen que, aunque entretenida, no resulte uno de esos libros que permanecen en la memoria después de ser leídos, aunque “El traje del muerto” haya sido un éxito de ventas aclamado por crítica y público. 

El traje del muerto
Joe Hill

  • Editorial: Punto de Lectura
  • Año de publicación: 2008
  • Páginas: 496
  • Formato: Bolsillo
  • ISBN: 9788466321198
  • Blog de Joe Hill

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