Mie 4 ago 2010
El espacio que ocupan las palabras, de Sara Sacristán
Creado por Equipo editorial en Relatos
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El espacio que ocupan las palabras (relato ganador del Premio Avalón 2010)
Escrito por Sara Sacristán
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Fede levantó la vista al llegar a la gran sala de las discusiones y contempló el techo abovedado del templo, tan antiguo como la propia universidad. Aunque las antiguas pinturas que adornaban la roca habían sido arrancadas por orden de los sacerdotes, todavía se adivinaban algunas formas vagas sobre la base de yeso. Uno de los deseos secretos de Fede, de esos que podrían haberle acarreado un castigo de haberlo expresado en voz alta, era averiguar más cosas sobre los constructores de aquella fortaleza, llena de imágenes y grabados arcaicos, pero diseñada sin duda para la defensa y vigilancia de una ciudad del pasado de la que no quedaban ni los cimientos. El carraspeo del decano mayor sacó a Fede de sus elucubraciones históricas, y los años de entrenamiento hicieron que su mente se centrase con rapidez en las palabras, aunque nadie le había ordenado que las recordase.
–La discusión puede comenzar. Expondremos primero el tema que vamos a tratar hoy.
La mente de Fede registró. “Discusión comienza. Exposición temas.” Y tan rápido como entraban las palabras salían, porque no era su trabajo recordarlas. Para eso estaban los archiveros de índices y órdenes del día. Pero desde niño le habían inculcado la costumbre de la práctica, y cualquier palabra pronunciada, hasta en las conversaciones más banales con sus compañeros en la escuela de archiveros, se filtraban y reordenaban en su mente para entrar a formar parte del archivo, aunque la mayoría las olvidaba enseguida. No debía malgastar espacio.
–Hoy trataremos la cuestión de la herejía de la medida, propuesta y meditada por el maestro Anjous –anunció el archivero de índices y orden del día, un hombre de unos cuarenta años, conocido de Fede, con una habilidad especial para archivar frases cortas y, además, priorizarlas. Un buen archivero, aunque muy especializado en su rama de trabajo.
El decano mayor asintió y le hizo un gesto al maestro Anjous, que se levantó y entrecruzó las manos sobre su barriga, más prominente cada año, como siempre hacía antes de comenzar a hablar. La mente de Fede se tensó como se tensaban los músculos de los atletas en la línea de salida. Sus ojos claros, siempre observadores, se entrecerraron, la mirada perdida en algún punto de la sala, y elevó ligeramente los brazos por encima de las caderas, para que ningún roce de la túnica o la tentación de entrecruzarlos le distrajese. Cuando archivaba, no había imágenes, ni sensaciones, no veía ni sentía. Sólo sonidos, sólo palabras.
–Fede, registra con baja fidelidad –murmuró el maestro Anjous, y comenzó a hablar.
Tenía una voz monótona, aburrida para los espectadores normales. Pero a Fede le habían entrenado como archivero, y no apreciaba el tono, ni la cadencia, casi ni siquiera las pausas. Su mente registraba siguiendo las pautas de la baja fidelidad, como se le había indicado, eliminando, sustituyendo expresiones por palabras cortas, omitiendo los descriptores que no fuesen imprescindibles, simplificando acciones.
“Estudio, mucho tiempo/largo acerca de medidas usadas por campesinos en gran cantidad de/muchos archivos, ha sido/fue difícil pero por fin hoy/ya conclusión.”
Fin del registro.
–A continuación, mi archivero expondrá las conclusiones. –El maestro Anjous permaneció de pie.
Era una costumbre simbólica, para dejar claro que, aunque hablara el archivero, el responsable de las ideas era el que permanecía de pie. Fede tomó aire, un gesto tan grabado en su rutina como el parpadeo, quizás más, y comenzó a recitar en su mente. La parte más difícil de ser archivero de maestros no era registrar, sino recitar lo registrado con anterioridad. Las palabras asimiladas en alta fidelidad pasaban por su mente desnudas, sin nexos, apenas con sentido temporal, y salían por su boca ricamente engalanadas, perfumadas con estructuras complejas. No eran exactamente las palabras que el maestro Anjous había pronunciado en su celda de estudio, eso era imposible, pero su fidelidad al discurso original era máxima. Fede era uno de los mejores archiveros que existían en la universidad.
“Medidas son sacrilegios tanto como imágenes por simbolizar conceptos fuera de mente por tanto destruir…”
–Las medidas son actos sacrílegos al nivel de las propias imágenes, puesto que simbolizan ideas fuera de la mente humana y por tanto destruyen la perfección divina en una simplificación que no sólo es un pecado, sino que atenta contra una de las principales normas de nuestro credo. –Fede mantuvo una entonación adecuada, alzando ligeramente la voz al final de las frases–. No intentarás representar la perfección con burdos métodos humanos. Mis estudios demuestran que las medidas de los campesinos pretenden representar conceptos puros como la cantidad mediante conceptos imperfectos como la fanega…
Por supuesto no eran los estudios de Fede. A Fede no le interesaba lo más mínimo las medidas de los campesinos. No sabía lo que era una fanega de trigo. No sabía cómo era el trigo. Siguió hablando durante diez minutos hasta que hubo expuesto hasta el último argumento en contra de las medidas, y cuando acabó volvió a abrir los ojos y a relajar los brazos. El público de la sala de discusiones no le había mirado en ningún momento, sino que mantenía la vista clavada en el maestro Anjous, y de vez en cuando asentían, demostrando su aprobación ante las nuevas teorías. Fede se sentó durante el turno de preguntas. No era su trabajo registrar la discusión, eso lo harían los archiveros de resúmenes. De vez en cuando el maestro Anjous le murmuraba una orden, y Fede registraba ideas, comentarios o críticas que su jefe encontraba interesantes y por lo tanto decidía conservar. La discusión duró una hora, y después volvieron rápidamente a su celda de estudio para registrar un resumen de la reunión en alta fidelidad.
–De veras Fede, soy la envidia de todos los maestros gracias a ti.
Fede asintió y rápidamente borró las palabras de su mente para seguir con su resumen de la jornada. No debía prestar atención a nada que no fuesen sus registros, y por eso un archivero nunca mantenía conversaciones con nadie. Tras cinco años de trabajo el maestro Anjous se había acostumbrado a mantener monólogos con él.
–Ya vale, ya. Sé que lo tienes entero, palabra por palabra.
El maestro Anjous no entendía cómo funcionaba la mente de los archiveros, pero Fede no iba a contradecirle. No era palabra por palabra. Era más bien idea por idea.
No volvió a su habitación en la zona de los archiveros hasta bien entrada la tarde, lo que le permitió vislumbrar por unos segundos el tono anaranjado del cielo del atardecer a través de una de las ventanas del pasillo de las celdas de estudio, que alguien se había olvidado de cerrar. Las ventanas no estaban prohibidas para los maestros, pero sí para los archiveros. Una imagen hermosa ocupaba espacio en la memoria, y la memoria de los archiveros debía estar enteramente a disposición de los maestros. No había sitio para puestas de sol, ni para bóvedas construidas por antiguas religiones. No había sitio para conversaciones ni pensamientos propios. Y así sería hasta el día de su muerte. Fede sintió una punzada de angustia, como siempre que su mente divagaba por caminos oscuros e innecesarios, y para alejarla recitó de nuevo en su mente el resumen de todos los avances que el maestro Anjous había hecho aquel año. El ejercicio le llevó dos horas y le calmó, aunque la desazón seguía en algún lugar más allá de su mente, si es que algo así existía.
Un invisible trajo la cena a las nueve. Fede sabía que la traían a esa hora porque en una ocasión había escuchado unas campanadas de una iglesia lejana en la celda de estudio de Anjous cuando le trajeron la cena. Los archiveros no debían preocuparse por controlar el tiempo, para eso estaban los invisibles, que cuidaban de todas sus necesidades, con sus hábitos negros y sus capuchas enrejadas, sigilosos, apenas un susurro por los pasillos. Pero no eran invisibles, aunque lo pretendiesen. Fede les veía recorrer las estancias del edificio de los archiveros de día y de noche, silenciosos, pero reales. Intentaba recordarlos. Había uno más bajito que los demás, otro que cojeaba cuando bajaba las escaleras, y otro que siempre llevaba las manos a la espalda, como si meditase. Los invisibles ocupaban un espacio cada vez más grande en la memoria saturada de Fede, aunque él sabía que aquello estaba mal. ¿Se enteraría alguien? No.
Fede comió el pescado, siempre pescado para la cena, con desgana, jugueteando con el tenedor y la piel requemada. Estaba demasiado caliente. Podía esperar, como siempre, a que se enfriara y comer aquella pasta blanca tan buena para su memoria y asquerosa para su paladar, fría y rugosa. O podía levantarse y buscar un pescado mejor cocinado. Podía caminar por el pasillo hasta la sala en la que los invisibles cocinaban y hacían el resto de las cosas que hiciesen, y pedirles un plato de comida decente. Podía, pero no se atrevió a cruzar ni siquiera el corredor que comunicaba su habitación con el resto del mundo.
Fue al darse la vuelta cuando chocó de bruces contra un invisible, el pescado y los pedazos de loza desparramados por el suelo, demasiado ruido en aquellos pasillos silenciosos. Era el bajito. Otros tres invisibles llegaron desde la cocina, presurosos por reconstruir la calma de aquel lugar.
Fede se quedó ahí parado mientras el invisible intentaba recoger todos los trozos del plato, desesperado, antes de que llegasen sus compañeros, pero aquella rejilla limitaba su visión tanto como su mundo, y Fede no pudo controlar el impulso de agacharse a ayudarle. Por eso encontró el trozo de tela. Una servilleta. Y estaba manchado. Los invisibles no podían tocar a los archiveros, pero Fede pudo sentir la piel y las uñas cuando una mano delgada le agarró por la muñeca. La mano temblaba, el muchacho entero temblaba. Porque ahora había dos ojos tras la rejilla, azules como el cielo que en ocasiones lograba vislumbrar a través de los postigos de las ventanas. Dos ojos jóvenes y asustados.
–Por favor…
A Fede le sorprendieron tanto estas dos palabras que ni siquiera las registró. ¿Cómo se archiva una súplica? Y a pesar de todo sabía que jamás, por muy larga que fuese su vida, las olvidaría. El trozo de tela seguía entre sus dedos, y sus dedos entre los del muchacho. Los otros tres invisibles se agacharon y empezaron a recoger el pescado del suelo. Apenas habían pasado tres segundos.
–Vuelve a traerme la cena en cuanto esté lista.
El invisible cumplió la orden, aunque visiblemente nervioso. Sabía que su vida estaba en manos de Fede. Ninguno habló. En el pedazo de tela estaba todo dicho. Una serie de dibujos, toscos, sencillos, pero identificables. Una escoba y dos figuras que recordaban a seres humanos muy simplificados, uno más bajito, otro más alto. Un montón de palitos apretados bajo ellos, algunos altos, otros bajos.
–¿Qué significa esto?
Su voz, apenas un susurro, retumbó entre las cuatro paredes de piedra. Fede tuvo la sensación de que medio mundo le había oído. El muchacho seguía quieto, contra la pared. Era imposible decir si estaba asustado porque su cara seguía oculta tras la capucha.
–Puedes hablar –no era ni una pregunta ni una orden.
–Puedo –el muchacho relajó los hombros.
–Contesta. ¿Son esto palabras?
–Son manchas –susurró el muchacho–. Sólo manchas sin sentido.
Fede asintió. Era inútil insistir.
–Y sin embargo, yo les encuentro un sentido. Como a las nubes. ¿Entiendes? Las nubes no dicen nada, nadie ha fabricado sus formas, pero a veces recuerdan a cosas, a palabras. Palabras registradas en las nubes.
El muchacho se encogió de hombros.
–Hace años que no veo las nubes. No recuerdo sus formas.
La misma angustia que le había provocado el cielo del atardecer invadió a Fede. No estaba seguro de si había nubes en ese cielo. Era lo malo de las imágenes, que no se podían registrar en la mente como las palabras. Nunca al completo. Sólo colores, un par de formas y las sensaciones. Las sensaciones que tanto espacio ocupaban en su memoria. Tan grandes, tan reales.
–¿Y los palitos? Son demasiado perfectos para ser manchas.
–No significan nada, los hago cuando me aburro. Pero no significan nada.
–¿Nada?
El muchacho titubeó. Estaba asustado.
–Es un sacrilegio representar la perfección de las palabras fuera de la mente. Lo dicen los sacerdotes.
Y dio por zanjada la conversación.
–¿Vendrás mañana a traerme la cena?
Así comenzó todo, con una conversación, la primera en muchos años para ambos, y unas cuantas manchas sin sentido en un trozo de tela. Un delito, un sacrilegio. Y más si había sido cometido por un invisible, cuyo trabajo era servir a los archiveros, los únicos que gozaban del permiso divino para registrar.
Cada noche el invisible le traía la cena, y cada noche Fede insistía.
–Dime lo que significaban esos palitos en la servilleta –pero el invisible no decía nada. Cada semana, varios herejes morían en la hoguera.
Pero su simple presencia era suficiente, una visita todas las noches, un cambio, algo digno de recordar por fin sin que nadie se lo ordenase. Finalmente una noche el invisible rompió su silencio. No lo hizo voluntariamente. Se había retrasado con la cena y, al llegar, Fede notó su cojera, la túnica negra se balanceaba con cada paso y el cuerpo que escondía se estremecía al posar el pie derecho en el suelo.
–Necesito mirar de nuevo la servilleta –susurró, el orgullo apenas contenido–. ¿Aún la guardas?
Fede sonrió.
–Por supuesto. Te la devolveré si me dices lo que significa.
El invisible suspiró y comprobó que nadie se acercaba por el pasillo antes de quitarse la capucha. Era joven, como Fede había supuesto, pero una fea cicatriz, una quemadura, le recorría el rostro desde la sien derecha hasta la barbilla y le paralizaba el labio superior al hablar. Le hacía parecer mayor. Sin embargo sus ojos claros, brillantes sobre la piel oscurecida por el fuego, demostraban una inteligencia que iba más allá del pescado hervido.
–Registro mis tareas en las servilletas.
–¿Registras en las servilletas? ¿Sabes que registrar palabras más allá de la mente es un pecado que se castiga con la muerte?
–La muerte es recibir palizas diarias de tus superiores si no realizas tus tareas. –El invisible cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra con una mueca de dolor–. Y no tengo… Buena memoria.
–¿Olvidas tus órdenes?
–En ocasiones. Pero el problema son mis compañeros. Me echaban la culpa de las cosas que quedaban sin hacer. Si las registro en otro sitio que no sea mi cabeza… Las recuerdo. Y cuando les digo con seguridad quién hizo qué y cuándo… Ellos se asustan. Creen que tengo una memoria bendecida por los dioses, porque sólo los dioses y sus sirvientes son capaces de registrar.
–Al parecer tú también sabes.
–Mi padre me enseñó. Él registraba los huevos que ponían las gallinas. Murió en la hoguera cuando yo era un adolescente. –El invisible señaló la quemadura de su cara–. ¿Me delatarás a los sacerdotes?
Fede se dio cuenta de que no había registrado la conversación. Era la primera vez que escuchaba tantas palabras seguidas y no las guardaba en su memoria, ya fuese en alta o baja fidelidad. Si le delataba, no sería capaz de repetir sus frases ante los sacerdotes, las palabras. Y sin embargo las recordaba. Eran suyas y de nadie más.
–¿Cómo te llamas?
–Diego.
–Diego, quiero que me enseñes a medir el tiempo. No sólo los días. Todo el tiempo.
El muchacho se acercó a la esquina inferior derecha de su cama y con el cuchillo de la cena hizo una marca corta y profunda en la madera. Un palito.
–Esto es hoy. Volveré mañana.
Resultaba increíble lo fácil que era controlar algo tan indefinido como el tiempo. Fede pensaba sobre ello en voz alta durante la cena, pero sus meditaciones no sorprendían a Diego. A menudo, le dijo el invisible, las cosas más abstractas son las más sencillas de comprender, pero claro, hay que intentarlo.
Diego siempre decía ese tipo de frases, profundas como los pensamientos de los maestros, pero con un tono que le quitaba importancia, convirtiéndolo en algo tan obvio como que los dos morirían en la hoguera si alguien descubría que estaban registrando cosas sin permiso de los sacerdotes.
Nadie se enteraría, aseguraba Diego, él no se lo iba a contar a nadie. Y sonreía. Era demasiado joven como para pasarse la vida bajo una capucha. Y demasiado inteligente. Tardó un par de meses en compartir con Fede su sistema secreto de registro, las imágenes, como él las llamaba. Escobas y puertas, pescados y fuegos de cocina. El vocabulario de Diego era limitado.
–¿Y el tuyo? –respondió ofendido–. ¿Alguna vez has visto una fanega de trigo? No puedes registrarla más que en tu mente, un sonido sin significado.
–¿Por qué dices eso?
Diego sonrió y dejó de juguetear con el pescado que Fede ya casi ni probaba. De entre su túnica sacó un paquete blanco, una servilleta que envolvía una de las astillas carbonizadas de los fogones de la cocina. Le tendió el carbón a Fede.
–Quiero que construyas la imagen de lo primero que te venga a la cabeza cuando yo te diga una palabra.
–Yo no sé…
–Lo primero.
–Está bien.
–Sol.
Fede construyó un círculo de cenizas sobre la servilleta.
–Puerta.
Un rectángulo.
–Fuego.
Ese fue el más difícil, pero Fede arrastró la astilla sobre la tela, creando unos trazos gruesos que en su imaginación crepitaron como el fuego.
–Trigo.
Fede se quedó en blanco. Jamás había visto un campo de trigo, una espiga, aunque conocía todas esas palabras. Sabía que era una planta, pero las únicas plantas que recordaba era las que había visto en su viaje desde la escuela de archiveros a la universidad. Y esas eran altas, de madera en la base y verdes por arriba. Intentó reconstruir su imagen.
–¿Eso pretende ser un árbol? –dijo Diego–. Desde luego no es trigo.
–No lo sé. Es la única imagen de una planta que conozco. Tal vez sea un árbol.
–Fíjate. Tienes palabras sin imágenes e imágenes sin palabras.
A Diego le hizo mucha gracia aquella idea pero Fede siguió meditándola durante la noche y durante el día siguiente. Su mente le daba vueltas a las imágenes, a su significado. Un círculo no era el sol. Pero su círculo significaba sol.
–Fede, registra en alta fidelidad estas conclusiones –ordenó el maestro Anjous–. Las medidas de cantidades y de tiempo quedan prohibidas fuera del ámbito de la universidad, único lugar bendecido por los dioses como…
Medidas cantidades y tiempo prohibición dentro universidad… ¡No! Dentro universidad/único lugar bendecido por los dioses permitido… ¿Cómo sería la imagen de tiempo en general? No había imagen para la palabra tiempo. Condena 30 latigazos para primer delito muerte para reincidentes… Pero aún así la registro en la mente. ¿Cómo registrarla en imágenes?
–Fede, repite esta última frase, creo que debo modificarla…
Le costaba cada vez más registrar las ideas de otros ahora que tenía las suyas propias. Necesitaba guardar sus propios descubrimientos acerca de la ciencia de archivar en imágenes, pero no tenía espacio en su cabeza. Por suerte tenía a Diego.
–Se me ha ocurrido que círculo podría ser varias palabras a la vez –le dijo un día mientras cenaban en la habitación. Era agradable comer mientras se conversaba–. Sol es una palabra, pero existen otras como soleado. ¿Y si creamos la imagen de soleado a partir de la de sol?
Fede dibujó un círculo y después le añadió un palito horizontal debajo.
–¿Qué es eso?
–Mi imagen para decir que esta imagen no es de la cosa, sino de la descripción. Soleado.
Diego asintió. Estaba realmente sorprendido.
–Nunca se me había ocurrido. Cuando anoto mis tareas siempre he tenido problemas con esas cosas. –Dibujó la imagen de ventana y luego una nube con gotitas de lluvia–. Cerrar las ventanas si llueve. Pero solo pone ventana y lluvia. ¿Cómo es la imagen de “si”?
–No existe. –Fede rememoró sus lecciones en la escuela de archiveros–. Es… Otro tipo de palabra. Están las palabras que tienen imágenes, aunque no las conozcamos, y las que no las tienen porque no indican cosas sino relaciones entre cosas.
–¿Relaciones?
–Sí. A los archiveros nos enseñan cuáles son esas palabras para que no las eliminemos de los registros. De, para, con… Si las quitas la frase deja de tener sentido.
–¿Elimináis palabras de los registros?
–Por supuesto. Es imposible registrarlo todo, la mente humana es limitada. Sólo los dioses son capaces de recordarlo todo.
–Entonces, las imágenes nos convertirán en dioses –susurró Diego. Tendía a bajar la voz cuando decía los mayores sacrilegios.
–¿Cómo?
–No tenemos que eliminar palabras. Sólo ocupan espacio en una servilleta, no en nuestra mente. Al contrario, debemos crear más imágenes, hasta que cada palabra tenga la suya. Y no será necesario eliminar ninguna. Lo registraremos todo.
Fede meditó las posibilidades de aquello, y enseguida encontró un problema.
–¿Y cómo vamos a recordar todas esas imágenes? Habrá tantas como palabras. Y recordarlas requeriría tanto espacio en la mente como los registros que ya hago ahora.
–Las crearemos sobre la tela. Estarán ahí y no hará falta recordarlas.
–No cabrán en una servilleta.
–Pues usaremos un mantel.
–Ni siquiera en un mantel.
Diego no podía entenderlo, por supuesto, porque no conocía tantas palabras como Fede, ni las había estudiado como él. Las acciones, los descriptores, las cosas. Había muchas palabras. Podían llenar las paredes de la universidad con imágenes y todavía faltaría espacio.
–No, necesitamos otro método.
–¿Cómo lo hacéis los archiveros?
–Aprendemos a priorizar. Eliminamos palabras, las cambiamos, las reordenamos.
–Eso no sirve.
–Lo sé. Necesito pensar.
Era un problema interesante, mucho más que el de las medidas de los campesinos o cualquier otra ley. Tanto, que registrar las ideas del maestro Anjous empezó a ser un trabajo tedioso y a menudo imposible. Fede dejó de priorizar y de simplificar palabras, hasta que llegó un momento en el que se limitaba a memorizar, algo que ningún archivero hacía más que en las primeras etapas de su entrenamiento. Cuando se le olvidaban las palabras rellenaba los huecos como buenamente podía. Las frases, al fin y al cabo, nunca habían tenido ningún sentido para él.
–¡Esa es la solución! –le explicó un día a Diego.
–¿Inventarse las palabras?
–No, inventarse los sonidos.
Diego había construido una pequeña caja de madera que había llenado con harina. Sobre el polvo blanco las huellas de los dedos quedaban grabadas, pero podían ser destruidas rápidamente si alguien se acercaba. Fede deslizó los dedos sobre ella y dibujó el símbolo que habían inventado para la palabra “si”.
–Esto significa “si”, la palabra. Pero cuando los archiveros registramos ideas a menudo guardamos palabras que no entendemos, pero que son importantes en la frase. Para nosotros no son palabras, sólo sonidos. –Señaló la caja de harina–. Esta es la palabra “si” y a la vez el sonido “si”. Hay menos sonidos que palabras.
Diego le miró perplejo.
–No estoy seguro de eso, pero yo no conozco las palabras como tú. Tal vez tengas razón.
–Intentémoslo.
Poco a poco, un mantel de hilo sobre el que se podían hacer trazos finos se fue llenando de imágenes que a su vez eran sonidos. Fede los veía en las sesiones, cuando le ordenaban registrar una nueva norma. Esta palabra serían dos cuadrados y un círculo, tres palitos y un punto, dos espirales.
–Dibujemos nuestros nombres –sugirió un día Diego.
Y lo hicieron. Dos imágenes para Fede, tres para Diego. Aquello fue lo último que dibujaron juntos. Una mañana Fede fue llamado para registrar el juicio y la condena de un invisible acusado de registrar el tiempo y las cantidades en imágenes. El propio maestro Anjous le había delatado. El viejo, decidido a registrar el acontecimiento para mejorar sus conocimientos acerca de esas prácticas sacrílegas, informó a Fede de que el invisible era hijo de un hereje, lo cual demostraba otra de sus teorías que defendía que el pecado podía transmitirse a través de la sangre. Fede le ignoró, como siempre hacía. Estaba demasiado ocupado controlando los temblores que recorrían todo su cuerpo. Hasta el último momento, cuando levantó la vista para contemplar el techo abovedado de la sala, mantuvo la esperanza de encontrar a cualquier otro maniatado y arrodillado frente a los sumos sacerdotes y el decano mayor.
Diego no le dirigió la mirada en toda la sesión. Se mantuvo todo lo erguido que sus ataduras le permitieron, con la mirada dirigida hacia el techo abovedado, extasiado como si él sí pudiese ver la antiguas imágenes que lo adornaban. Era joven, pensó Fede, más aun de lo que él había supuesto, y sin embargo más inteligente que la mayoría de los que llenaban la sala y pedían su muerte. Le acusaban de registrar cosas a la manera de los dioses y de suplantar a los archiveros. La prueba, una servilleta llena de manchas sospechosamente ordenadas que, para salvaguardar la pureza de la fe, sólo el gran sacerdote miraría.
–Registra en baja fidelidad las preguntas y las respuestas del hereje –ordenó el maestro Anjous.
Las frases recorrían la sala, una detrás de otra, y Fede no pudo evitar registrarlas, palabra por palabra. No tenía fuerzas para luchar contra la costumbre. ¿Cómo se declaraba el acusado? Culpable, por supuesto. ¿Había tenido cómplices? No, no los necesitaba. ¿Había transmitido aquel comportamiento sacrílego a a alguien? No, nadie en aquella maldita universidad tenía capacidad para entender lo que él hacía. Se arrepentía. No, de nada.
Y una única imagen, la de su amigo conducido al exterior, hacia la losa de piedra donde se acumulaba la leña para ajusticiar a los herejes. Fede no podía seguirle, los archiveros no podían salir al exterior. Si lo hubiese hecho se habría delatado, pero no hacerlo le convertía en el mayor de los cobardes. Permaneció en su celda, contando las muescas de la pata de la cama. Treinta y seis. Treinta y seis días desde el primero, cuando Diego le había desvelado el misterio de las imágenes. Esperó la cena en un estado de irrealidad, olvidando por un segundo la razón por la que estaba sumido en aquella desolación, y rememorando enseguida la condena que su mente había registrado. Una y otra vez.
–Muerte en la hoguera.
Perfectamente grabada en su mente de archivero.
–Muerte en la hoguera.
Un invisible le trajo la cena junto con una servilleta en blanco. No probó el pescado. Era media noche cuando tomó la decisión de salir de la zona de archivadores y caminar por los pasillos de la universidad. No había guardias, no era necesario. Ningún archivador deseaba cambiar la seguridad de la universidad por las salvajes tierras del mundo exterior. El maestro Anjous le detuvo en la puerta. Llevaba una bata de lana y una vela casi consumida al completo. Parecía llevar esperando toda la noche porque sus labios estaban ligeramente azules. Fede sintió ganas de golpearle.
–Empezaba a albergar la esperanza de que no vendrías.
–¿Desea que registre alguna nueva idea?
–Fede, escucha…
–Si no es necesario, déjeme pasar.
–Él te llevó por el mal camino. Era un hijo de herejes, no se podía esperar más de él. Pero tú tienes la vida asegurada en la universidad.
–Era mi amigo –susurró Fede. Le estaba costando mucho contenerse.
–Un archivero no tiene amigos –el maestro Anjous hizo una mueca de disgusto–. Tu memoria es demasiado valiosa para ocuparla en esas cosas. ¡Tu memoria es un don divino!
–¡Si registrar es un don divino, pídele a tus malditos dioses que lo hagan!
La nariz del maestro comenzó a sangrar con el puñetazo. No se lo esperaba, pero aun así siguió gritando mientras Fede se alejaba hacia la puerta.
–¡No sobrevivirás en el mundo exterior! No sabes pensar, nada de lo que hay en tu cabeza te pertenece.
Al otro lado de las puertas estaba oscuro y nublado. No se veían las estrellas, que deberían haber estado en lo alto del cielo. Ya las vería en otra ocasión. Ahora tenía que caminar, salir de allí, buscar nuevas palabras. Buscar incluso las palabras de otros, porque tenía que haberlas. Bajo el brazo, envuelto en un saco de arpillera para que no se ensuciase, llevaba el mantel de imágenes que Diego y él habían creado. Sonidos para crear palabras. Palabras que ocuparían siempre un espacio en su memoria.
