Relatos


Interminable diálogo entre dos agentes de policía tras el hallazgo de una brecha interdimensional

Escrito por Vicente Agut

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–Qué, ¿qué ocurre?

–No lo sé. Creo que he tenido un déjà vu, como si hubiera estado en este mismo sitio antes.

–Tiene gracia. A mi me acaba de ocurrir lo mismo hace un momento.

–Pues vaya leche. Como si esta casa no diera escalofríos por sí sola.

–En realidad hay una explicación para eso, ¿sabes?

–No me digas.

–Es un truco del cerebro. Se supone que ahora estamos percibiendo algo que se ha repetido en una situación anterior y que solo recordamos en el subconsciente.

–¿Por ejemplo?

–No sé… esta moqueta o ese cuadro del pasillo. Puede que sea igual que otro que ya hayamos visto antes. Ese recuerdo sale ahora del subconsciente y emerge como un todo. Por eso parece que la situación entera ya la hayas vivido.

–Demasiado abstracto. Seguro que hay otra explicación. Por cierto, ¿dónde está la otra unidad?, ¿no se supone que estamos dando apoyo a alguien?

–Central no ha podido contactar con ellos antes de que nos pusiéramos en marcha. Pero deberían estar aquí.

–Un momento, dame la linterna… ¿Qué demonios es eso?

–¿El qué?

–Acércate. Mira esta habitación. Insólito de cojones, ¿no? La puerta está abierta pero es como si…

–¿Qué? No se ve nada. Enfoca dentro.

–¿Y qué crees que estoy haciendo? La oscuridad se traga la luz, ¿no lo ves? Es como… como una niebla negra, fíjate.

–¿Cómo que…? Joder, es verdad. Déjame ver. No sé, puede que sea un efecto óptico. Espera, voy a meter el brazo. Trataré de localizar la clavija de la luz.

–Eh, eh, eh. ¿Qué crees que haces?

–Tranquilo. No pasa nada, ¿lo ves? Estoy tocando la pared. La clavija debería de estar por aquí…Ya la tengo. Vaya, qué previsible. No funciona.

–Pues aléjate de ahí. Lo mejor será avisar a Central. Están pasando cosas muy raras aquí.

–Lo que tú digas.

–¿Central? Dos-diecisiete. Tenemos un problema en Gran Vía 24.

Diez-nueve, agente, hay mala señal. Repita por favor.

–Diles que no localizamos a la primera unidad.

–Sí, central, dos-diecisiete. No encontramos a la primera unidad en Gran Via 24.

Agente, no le copio. Hay muchas interferencias. Por favor, utilice su teléfono.

–¿El teléfono, dice? Aquí no hay cobertura. Prueba con otro canal.

–Central, dos-diecisiete, ¿me recibís? Central, dos-diecisiete… Joder, no hay forma.

–Esto no me gusta. Es lo mismo que les había pasado a los otros dos. ¿Qué hacemos ahora?

–Esperar.

Agente, necesito confirmar dirección en Gran Vía 24. ¿Me recibe?

–Si, central. Es correcto. Repito, es correcto.

De acuerdo, enviamos ayuda dos-diecisiete va para allá.

–¿Qué ha dicho?

–Que vienen para acá.

–No, no, no, no. “Dos-diecisiete va para allá”. Eso es lo que ha dicho. Dos diecisiete somos nosotros.

–Ha dicho: “Enviamos ayuda, dos-diecisiete. Va para allá”. Y además, ¿eso qué importa? Lo que no entiendo es porqué tienen que traer a otra unidad.

–Claro. A no ser…

–A no ser, ¿qué?

–No sé, tengo un presentimiento.

–Pues mejor que no. Tus presentimientos nunca traen nada bueno.

–Voy a entrar.

–Ni en sueños.

–Eh, escucha. Acabo de meter el brazo ahí dentro y no ha pasado nada, ¿verdad?

–Sí, pero no es lo mismo meter un brazo que entrar ahí y respirar esa mierda.

–¿Respirar qué? Si fuera un gas o algo así habría salido aquí afuera también, ¿no crees? Ya te he dicho que debe de tratarse de un efecto óptico.

–Aun así, mientras no estemos seguros no debemos entrar.

–Ya lo sé. Por eso daré un solo paso ahí dentro, muy despacio, y si algo va mal tú me sacas.

–No es una buena idea.

–Vamos, hombre. Sé que te mueres de ganas de saber lo que pasa ahí dentro. Igual que yo.

–¿Y si los otros dos han entrado ahí?, ¿y si les ha pasado algo?

–Sí, eso es parte de mi presentimiento. Pero hay otra cosa. Venga, confía en mí.

–Bueno, está bien. Entrar y salir, ¿de acuerdo? Y mi mano a tu espalda en todo momento.

–No esperaba menos de ti.

–Estás chiflado, ¿lo sabías? A veces me pregunto cómo es que no nos pasan más cosas.

–Pues imagina lo aburrido que sería este trabajo sin mí. Vale, dame la linterna.

–Muy bien, estoy listo. Empieza a caminar. Despacito y bien.

–Entrando. De momento no se ve n…

–Eh, eh, eh, espera. Te he perdido, y no te oigo. ¡Háblame! Mierda, ¿me oyes? No te encuentro. Espera, ya está. Te tengo. ¿Eres tú? ¿Qué haces? No, no, no, esp..

–…era! ¡Eh!, ¿qué pasa aquí dentro? Hay luz.

–Qué. Pues claro, ¿de qué hablas? Venga, sigamos.

–Espera, ¿qué…? Vaya, no sé qué iba a decir. Para un segundo.

–Qué, ¿qué ocurre?

–No lo sé. Creo que he tenido un déjà vu, como si hubiera estado en este mismo sitio antes.

–Tiene gracia. A mi me acaba de ocurrir lo mismo hace un momento.

–Pues vaya leche. Como si esta casa no diera escalofríos por sí sola.

–En realidad hay una explicación para eso, ¿sabes?

Willy

Escrito por Carlos piélago Rojo

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Ese día, el circo llegó al barrio. Un montón de carteles con la cara de un payaso anunciaban su llegada. Actuarían durante una semana. Estaban asentados en un descampado al lado del polideportivo. Habían colocado una carpa grande con bandas azules y blancas. Tenían camiones con remolques donde descansaban los tigres entre las rejas. En un corralillo improvisado se podía ver a un elefante hembra y su cría.

Ese día, Sara, la madre de Sigfrido, le peinaba con cuidado para dejarle bien la raya al lado izquierdo. Él estaba subido a un taburete comiendo una piruleta, que miraba bizco con sus ojos grandes y cristalinos de color castaño. Por esas fechas, la línea que dibujaron en la pared de la cocina rebasaba por poco los ciento diez centímetros. Luego, su madre le vistió: camiseta blanca, chaquetilla de punto azul oscura, pantalones cortos por las rodillas y zapatos oscuros, todo impoluto.

—Ahora —dijo Sara con su gesto favorito, el dedo índice y el pulgar formando una “o”—, como te manches o te hagas sangre en las rodillas no te llevo a ver a los elefantes nunca más— . A lo que Sigfrido respondió con una mirada al suelo y asintiendo.

Hacía mucho tiempo que no iban al circo, la última vez fueron con su padre, antes de que se marchara. Madre e hijo caminaron juntos y cogidos de la mano. Cruzaron la carretera. Muchas parejas hacían el mismo recorrido, padres con hijos, sonrientes.

Llegaron a la taquilla de madera. Sigfrido se fijó en dos nombres escritos en una tabla, con letras adornadas: “Orión, el hijo de Houdini” y “Willy, el autómata”. Una vez que cogieron las entradas anaranjadas y se las dieron a un hombre que iba vestido de frac pudieron pasar dentro. La carpa era grande y los asientos se agolpaban, como en un anfiteatro, en forma semicircular. Como escenario habían puesto una moqueta granate en el suelo.

Tomaron asiento, las sillas eran acolchadas y cómodas. Escucharon un aleteo sobre sus cabezas. De repente, un loro de colores vivos se posó en el hombro de Sigfrido, que le miró alucinado con la boca entreabierta. Al segundo, sonó un silbido. El loro voló a la otra punta, donde un hombre con una mano en alto hacía gestos de disculpa.

—¿Te has asustado, cariño? —preguntó su madre.

Él negó con la cabeza. No paró ni un segundo de mirar a todos los rincones. De vez en cuando asomaba algún rostro entre las cortinas de terciopelo rojo del fondo.

Las luces se apagaron de golpe. Un foco iluminó a un hombre que ya estaba en el medio de la pista. Era el señor que les había recogido el ticket. Anunció a bombo y platillo el espectáculo y enumeró a los diferentes artistas. Finalizó con estas palabras:

—¡Mientras tanto, nuestro querido Willy nos deleitará con una de sus melodías!, ¿a que sí, Willy? —Y se acercó con una manivela pequeña a una parte del escenario. Entonces, otro foco iluminó a lo que parecía un hombre pequeño sentado en un piano, de reducidas dimensiones.

Se acercó al tal Willy, colocó la manivela en la espalda y, después de oírse un clic metálico, empezó a girarla como si diera cuerda a un reloj. Luego se apartó.

Como por un resorte a cámara lenta, la cabeza blanquecina de Willy se alzó y sus ojos grandes azules se abrieron mirando al público. Vestía como los pianistas de una película del oeste, tenía un bigotillo puntiagudo y una débil sonrisa petrificada. Con sus dedos mecánicos empezó a golpear las teclas del piano. Una musiquilla alegre comenzó a sonar, parecida a la que podría haber en un saloon del viejo oeste. Mientras, con gestos muy pausados, movía los brazos de un lado a otro, y sus ojos acompañaban ese movimiento. Pasados unos minutos la música cesó, él alzó la cabeza y siguió mirando, con serenidad, a ambos lados. El público aplaudió, Sigfrido y su madre también.

—¡Es genial este Willy, ¿verdad?! —exclamó el hombre del frac. Willy, mientras, se despedía con un gesto automático de la mano.

Después fueron pasando todos los artistas y animales: el loro que montaba en bicicleta, los elefantes, los tigres enjaulados, los payasos, el hombre forzudo, los trapecistas y el mago Orión, que se escapó, atado con una chaqueta de fuerza, de un cubículo lleno de agua, aparte de hacer trucos de magia con bolas de colores y cartas. Entre actos, Willy tocaba alguna canción.

Sigfrido miraba a su madre y al espectáculo. Con los ojos bien abiertos no paraba de reír y aplaudir. Al final de la actuación le regalaron unos caramelos y confeti. Vio como, entre el mago y otra persona, se llevaban al pianista autómata y desaparecían por detrás de la cortina.

Al salir a la calle, Sara se detuvo a hablar con un hombre, vecino del barrio. Iba con su hija, una pecosa que siempre daba puntapiés a la espinilla de Sigfrido, él la odiaba. La niña le sacó la lengua. Sigfrido le enseñó el dedo. Gesto que su madre reprendió con un buen manotazo. La niña se escondió detrás de su padre, riéndose. Sigfrido fue a sentarse a una piedra, su madre no paraba de hablar. Además, el vecino la miraba con otros ojos, como su padre. Él lo sabía.

Pasó el rato y cada vez se aburría más, así que, en un descuido, se escabulló. Anduvo por detrás de la carpa, fisgoneó por debajo de las lonas, por las caravanas. En uno de estos vehículos, protegido de la luz del sol por un toldo, vio al pequeño pianista, sentado frente a las ruedas. Sigfrido escrutó los alrededores, no había nadie. Se acercó con disimulo. Willy tenía la cabeza gacha y parecía dormido. Llegó hasta su espalda, tocó su ropa, hecha de tela. Dio dos golpecitos, que sonaron a latón hueco. Manoseó el pelo, parecía tan real. Palpó la piel de hojalata, fría y suave. Cuando tocó una parte del cuello, la cabeza de Willy se descolgó y se quedó, con los ojos cerrados, encarado a Sigfrido. Éste dio un respingo, asustado.

—¡Eh chaval, ¿qué haces aquí?! —La voz rasposa de un hombre gritó a las espaldas de Sigfrido, que se dio la vuelta de un salto, paralizado.

El que hablaba era el mago que había actuado antes. Ahora vestía una camiseta blanca de hombreras, con alguna mancha, unos pantalones de tela negra y un sombrero fedora negro con banda gris. Traía una botella de whisky y un vaso. Se sentó en una mesa de jardín.

—¿Qué pasa, no tienes lengua? —dijo, y se llenó el vaso, luego, se lo bebió de un trago.

Sigfrido se metió las manos en los bolsillos, hizo una mueca con los labios y miró al suelo, de vez en cuando miraba al hombre. Este se bebió otro vaso y se limpió la boca con la mano. Sigfrido evitaba mirar a sus ojos vidriosos.

—¿Qué hacías tocando a Willy? —Encendió un cigarro, tiró el mechero en la mesa y llenó otra vez el vaso.

El pecho de Sigfrido se hinchó. Y, como si las palabras tuvieran vida propia, las soltó:

—¿Está dormido?

—Oh, sí y no. ¿A que parece que tiene vida propia? —Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su cara—. A veces, podría jurarlo.

—¿Hay alguien dentro de Willy? —ahora habló mirando a la cara del mago.  Aguantó su mirada vidriosa de ojos grises, vio sus tatuajes en los brazos, un ancla y una flecha.

El hombre soltó una carcajada sonora, se rió de tal modo que casi se atragantó con el humo y empezó a toser.

—Tienes imaginación, eh, chico. —Tendió la mano para que Sigfrido la chocara. Cosa que hizo, no sin recelo—. Willy es como un hijo para mí, yo le rescaté de un anticuario sin escrúpulos, por dentro es tan sofisticado como nosotros.

Llenó el vaso, pero bebió sólo un sorbo.

—Entonces, ¿tiene corazón?

—Sí, pero no es un corazón como puedas tener tú, es diferente.

—Y… ¿quién lo creó?, ¿ fue Dios?

Otra carcajada, aún más fuerte. Lo que quedaba en el vaso se lo bebió de un trago.

—¿Tú crees que Dios lo creó? —Posó su mano en el pelo moreno de Sigfrido— .Dios no existe, pequeño, es un truco de magia, un truco de la Iglesia. —Sigfrido miraba con los ojos muy abiertos.

— Y… y…, ¿qué…?, ¿qué magia?

El hombre señaló a la parte izquierda del pecho de Sigfrido y acercó la cara, estaba tan cerca que se podía oler su aliento intenso.

—La magia, chavalín, la verdadera magia, está aquí, en el corazón de los hombres. —Dio dos leves toques.

—Aaah. —Sigfrido miró con la boca entreabierta donde señalaba el dedo.

—Mira, te voy a enseñar cómo funciona Willy. —Desabrochó la chaquetilla y dejó ver una portezuela, que abrió. Dentro, estaba lleno de tuercas, ruedas, engranajes, tubos de cobre, de hierro—. Le cuido todos los días, ya te digo, como si fuera mi hijo.

—¿Y cuantos años tiene Willy?

—Más de cien, es muy viejo.

Los ojos de Sigfrido se abrieron aún más. El mago cerró la portezuela y sacó la manivela, la introdujo en un agujero y dio vueltas. Una mujer, con dos bolsas de plástico llenas, se aproximó a la caravana. El mago, al verla, se dirigió a ella.

—¡Maldita sea!, ¡¿Dónde te has metido, Marcela?!

—Oye, a mí no me chilles —respondió la mujer.

Empezaron a discutir. Willy había abierto sus ojos azules, con su sonrisa petrificada. Movió con lentitud la cabeza, pálida y de rasgos suaves, y miró a Sigfrido, que respiraba profundamente. El ojo izquierdo se cerró, y su mirada se clavó en la de Sigfrido. Este salió corriendo. Por el camino se cruzó con su madre, que le abrazó con fuerza. Los dos se fueron juntos a casa. De camino, Sigfrido, no paró de mirar atrás.

Y aunque se asustó, quiso volver algún día, pero su madre no le llevó más. El circo, más adelante, regresó, pero ya no estaban ni Willy ni el mago.

Piel de barro

Escrito por Carmen Pombero

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Te echaba tanto de menos… Nuestra cama se me hizo inmensa nada más irte. Las mañanas se volvieron vacías y las noches demasiado abarrotadas de recuerdos y tristezas; comer se me hacía tan silencioso que la soledad rasgaba mi filete desangelado, almuerzo tras almuerzo, hasta que ya no pude más. Y lo hice. Te rescaté de tu lecho de fango y, al igual que modeló Yahvé Dios al hombre de la arcilla, reuní uno a uno tus huesos como si recolectase fruta, con cariño, con ternura, para amasarte de nuevo. Pero tú, mi amor, no volviste a la vida. Ni cuando te pinté los ojos de azul marino y los coloretes escarlata; ni cuando te besé en los labios de barro y te vestí la cabeza desnuda con tu sombrero favorito. Hasta esta noche, cariño mío, que he sentido tus pies fríos bajo las sábanas y entonces, mi vida, he sabido que habías vuelto… Te he mirado, aún sin poder creer que mi sueño se hubiese cumplido y con tu sonrisa, esa que me regalabas cada mañana, me has dicho: “Si, mi amor, ya estamos juntos de nuevo”.

El hombre que miraba hacia arriba

Escrito por Vicente Agut

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El hombre que miraba hacia arriba decidió dar un paseo. Salió de su apartamento y caminó techo abajo por la escalera. Ya en la calle, bordeó toda una hilera de balcones mientras atravesaba charcos de nubes y sorteaba islotes de hojas verdes. Llegó hasta la luz de un semáforo y cruzó el ancho cielo azul de la avenida. El roce con otras personas era inevitable, no solo el hombro con hombro, sino el disculpe y el mire por dónde va. La gente se despistaba con facilidad, siempre mirando hacia otra parte. Oyó un frenazo que no acertó a esquivar. Cuando despertó, un cielo de asfalto le nublaba la vista.

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