Relatos


El espacio que ocupan las palabras (relato ganador del Premio Avalón 2010)

Escrito por Sara Sacristán

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Fede levantó la vista al llegar a la gran sala de las discusiones y contempló el techo abovedado del templo, tan antiguo como la propia universidad. Aunque las antiguas pinturas que adornaban la roca habían sido arrancadas por orden de los sacerdotes, todavía se adivinaban algunas formas vagas sobre la base de yeso. Uno de los deseos secretos de Fede, de esos que podrían haberle acarreado un castigo de haberlo expresado en voz alta, era averiguar más cosas sobre los constructores de aquella fortaleza, llena de imágenes y grabados arcaicos, pero diseñada sin duda para la defensa y vigilancia de una ciudad del pasado de la que no quedaban ni los cimientos. El carraspeo del decano mayor sacó a Fede de sus elucubraciones históricas, y los años de entrenamiento hicieron que su mente se centrase con rapidez en las palabras, aunque nadie le había ordenado que las recordase.

–La discusión puede comenzar. Expondremos primero el tema que vamos a tratar hoy.

La mente de Fede registró. “Discusión comienza. Exposición temas.” Y tan rápido como entraban las palabras salían, porque no era su trabajo recordarlas. Para eso estaban los archiveros de índices y órdenes del día. Pero desde niño le habían inculcado la costumbre de la práctica, y cualquier palabra pronunciada, hasta en las conversaciones más banales con sus compañeros en la escuela de archiveros, se filtraban y reordenaban en su mente para entrar a formar parte del archivo, aunque la mayoría las olvidaba enseguida. No debía malgastar espacio.

–Hoy trataremos la cuestión de la herejía de la medida, propuesta y meditada por el maestro Anjous –anunció el archivero de índices y orden del día, un hombre de unos cuarenta años, conocido de Fede, con una habilidad especial para archivar frases cortas y, además, priorizarlas. Un buen archivero, aunque muy especializado en su rama de trabajo.

El decano mayor asintió y le hizo un gesto al maestro Anjous, que se levantó y entrecruzó las manos sobre su barriga, más prominente cada año, como siempre hacía antes de comenzar a hablar. La mente de Fede se tensó como se tensaban los músculos de los atletas en la línea de salida. Sus ojos claros, siempre observadores, se entrecerraron, la mirada perdida en algún punto de la sala, y elevó ligeramente los brazos por encima de las caderas, para que ningún roce de la túnica o la tentación de entrecruzarlos le distrajese. Cuando archivaba, no había imágenes, ni sensaciones, no veía ni sentía. Sólo sonidos, sólo palabras.

–Fede, registra con baja fidelidad –murmuró el maestro Anjous, y comenzó a hablar.

Tenía una voz monótona, aburrida para los espectadores normales. Pero a Fede le habían entrenado como archivero, y no apreciaba el tono, ni la cadencia, casi ni siquiera las pausas. Su mente registraba siguiendo las pautas de la baja fidelidad, como se le había indicado, eliminando, sustituyendo expresiones por palabras cortas, omitiendo los descriptores que no fuesen imprescindibles, simplificando acciones.

“Estudio, mucho tiempo/largo acerca de medidas usadas por campesinos en gran cantidad de/muchos archivos, ha sido/fue difícil pero por fin hoy/ya conclusión.”

Fin del registro.

–A continuación, mi archivero expondrá las conclusiones. –El maestro Anjous permaneció de pie.

Era una costumbre simbólica, para dejar claro que, aunque hablara el archivero, el responsable de las ideas era el que permanecía de pie. Fede tomó aire, un gesto tan grabado en su rutina como el parpadeo, quizás más, y comenzó a recitar en su mente. La parte más difícil de ser archivero de maestros no era registrar, sino recitar lo registrado con anterioridad. Las palabras asimiladas en alta fidelidad pasaban por su mente desnudas, sin nexos, apenas con sentido temporal, y salían por su boca ricamente engalanadas, perfumadas con estructuras complejas. No eran exactamente las palabras que el maestro Anjous había pronunciado en su celda de estudio, eso era imposible, pero su fidelidad al discurso original era máxima. Fede era uno de los mejores archiveros que existían en la universidad.

“Medidas son sacrilegios tanto como imágenes por simbolizar conceptos fuera de mente por tanto destruir…”

–Las medidas son actos sacrílegos al nivel de las propias imágenes, puesto que simbolizan ideas fuera de la mente humana y por tanto destruyen la perfección divina en una simplificación que no sólo es un pecado, sino que atenta contra una de las principales normas de nuestro credo. –Fede mantuvo una entonación adecuada, alzando ligeramente la voz al final de las frases–. No intentarás representar la perfección con burdos métodos humanos. Mis estudios demuestran que las medidas de los campesinos pretenden representar conceptos puros como la cantidad mediante conceptos imperfectos como la fanega…

Por supuesto no eran los estudios de Fede. A Fede no le interesaba lo más mínimo las medidas de los campesinos. No sabía lo que era una fanega de trigo. No sabía cómo era el trigo. Siguió hablando durante diez minutos hasta que hubo expuesto hasta el último argumento en contra de las medidas, y cuando acabó volvió a abrir los ojos y a relajar los brazos. El público de la sala de discusiones no le había mirado en ningún momento, sino que mantenía la vista clavada en el maestro Anjous, y de vez en cuando asentían, demostrando su aprobación ante las nuevas teorías. Fede se sentó durante el turno de preguntas. No era su trabajo registrar la discusión, eso lo harían los archiveros de resúmenes. De vez en cuando el maestro Anjous le murmuraba una orden, y Fede registraba ideas, comentarios o críticas que su jefe encontraba interesantes y por lo tanto decidía conservar. La discusión duró una hora, y después volvieron rápidamente a su celda de estudio para registrar un resumen de la reunión en alta fidelidad.

–De veras Fede, soy la envidia de todos los maestros gracias a ti.

Fede asintió y rápidamente borró las palabras de su mente para seguir con su resumen de la jornada. No debía prestar atención a nada que no fuesen sus registros, y por eso un archivero nunca mantenía conversaciones con nadie. Tras cinco años de trabajo el maestro Anjous se había acostumbrado a mantener monólogos con él.

–Ya vale, ya. Sé que lo tienes entero, palabra por palabra.

El maestro Anjous no entendía cómo funcionaba la mente de los archiveros, pero Fede no iba a contradecirle. No era palabra por palabra. Era más bien idea por idea.

No volvió a su habitación en la zona de los archiveros hasta bien entrada la tarde, lo que le permitió vislumbrar por unos segundos el tono anaranjado del cielo del atardecer a través de una de las ventanas del pasillo de las celdas de estudio, que alguien se había olvidado de cerrar. Las ventanas no estaban prohibidas para los maestros, pero sí para los archiveros. Una imagen hermosa ocupaba espacio en la memoria, y la memoria de los archiveros debía estar enteramente a disposición de los maestros. No había sitio para puestas de sol, ni para bóvedas construidas por antiguas religiones. No había sitio para conversaciones ni pensamientos propios. Y así sería hasta el día de su muerte. Fede sintió una punzada de angustia, como siempre que su mente divagaba por caminos oscuros e innecesarios, y para alejarla recitó de nuevo en su mente el resumen de todos los avances que el maestro Anjous había hecho aquel año. El ejercicio le llevó dos horas y le calmó, aunque la desazón seguía en algún lugar más allá de su mente, si es que algo así existía.

Un invisible trajo la cena a las nueve. Fede sabía que la traían a esa hora porque en una ocasión había escuchado unas campanadas de una iglesia lejana en la celda de estudio de Anjous cuando le trajeron la cena. Los archiveros no debían preocuparse por controlar el tiempo, para eso estaban los invisibles, que cuidaban de todas sus necesidades, con sus hábitos negros y sus capuchas enrejadas, sigilosos, apenas un susurro por los pasillos. Pero no eran invisibles, aunque lo pretendiesen. Fede les veía recorrer las estancias del edificio de los archiveros de día y de noche, silenciosos, pero reales. Intentaba recordarlos. Había uno más bajito que los demás, otro que cojeaba cuando bajaba las escaleras, y otro que siempre llevaba las manos a la espalda, como si meditase. Los invisibles ocupaban un espacio cada vez más grande en la memoria saturada de Fede, aunque él sabía que aquello estaba mal. ¿Se enteraría alguien? No.

Fede comió el pescado, siempre pescado para la cena, con desgana, jugueteando con el tenedor y la piel requemada. Estaba demasiado caliente. Podía esperar, como siempre, a que se enfriara y comer aquella pasta blanca tan buena para su memoria y asquerosa para su paladar, fría y rugosa. O podía levantarse y buscar un pescado mejor cocinado. Podía caminar por el pasillo hasta la sala en la que los invisibles cocinaban y hacían el resto de las cosas que hiciesen, y pedirles un plato de comida decente. Podía, pero no se atrevió a cruzar ni siquiera el corredor que comunicaba su habitación con el resto del mundo.

Fue al darse la vuelta cuando chocó de bruces contra un invisible, el pescado y los pedazos de loza desparramados por el suelo, demasiado ruido en aquellos pasillos silenciosos. Era el bajito. Otros tres invisibles llegaron desde la cocina, presurosos por reconstruir la calma de aquel lugar.

Fede se quedó ahí parado mientras el invisible intentaba recoger todos los trozos del plato, desesperado, antes de que llegasen sus compañeros, pero aquella rejilla limitaba su visión tanto como su mundo, y Fede no pudo controlar el impulso de agacharse a ayudarle. Por eso encontró el trozo de tela. Una servilleta. Y estaba manchado. Los invisibles no podían tocar a los archiveros, pero Fede pudo sentir la piel y las uñas cuando una mano delgada le agarró por la muñeca. La mano temblaba, el muchacho entero temblaba. Porque ahora había dos ojos tras la rejilla, azules como el cielo que en ocasiones lograba vislumbrar a través de los postigos de las ventanas. Dos ojos jóvenes y asustados.

–Por favor…

A Fede le sorprendieron tanto estas dos palabras que ni siquiera las registró. ¿Cómo se archiva una súplica? Y a pesar de todo sabía que jamás, por muy larga que fuese su vida, las olvidaría. El trozo de tela seguía entre sus dedos, y sus dedos entre los del muchacho. Los otros tres invisibles se agacharon y empezaron a recoger el pescado del suelo. Apenas habían pasado tres segundos.

–Vuelve a traerme la cena en cuanto esté lista.

El invisible cumplió la orden, aunque visiblemente nervioso. Sabía que su vida estaba en manos de Fede. Ninguno habló. En el pedazo de tela estaba todo dicho. Una serie de dibujos, toscos, sencillos, pero identificables. Una escoba y dos figuras que recordaban a seres humanos muy simplificados, uno más bajito, otro más alto. Un montón de palitos apretados bajo ellos, algunos altos, otros bajos.

–¿Qué significa esto?

Su voz, apenas un susurro, retumbó entre las cuatro paredes de piedra. Fede tuvo la sensación de que medio mundo le había oído. El muchacho seguía quieto, contra la pared. Era imposible decir si estaba asustado porque su cara seguía oculta tras la capucha.

–Puedes hablar –no era ni una pregunta ni una orden.

–Puedo –el muchacho relajó los hombros.

–Contesta. ¿Son esto palabras?

–Son manchas –susurró el muchacho–. Sólo manchas sin sentido.

Fede asintió. Era inútil insistir.

–Y sin embargo, yo les encuentro un sentido. Como a las nubes. ¿Entiendes? Las nubes no dicen nada, nadie ha fabricado sus formas, pero a veces recuerdan a cosas, a palabras. Palabras registradas en las nubes.

El muchacho se encogió de hombros.

–Hace años que no veo las nubes. No recuerdo sus formas.

La misma angustia que le había provocado el cielo del atardecer invadió a Fede. No estaba seguro de si había nubes en ese cielo. Era lo malo de las imágenes, que no se podían registrar en la mente como las palabras. Nunca al completo. Sólo colores, un par de formas y las sensaciones. Las sensaciones que tanto espacio ocupaban en su memoria. Tan grandes, tan reales.

–¿Y los palitos? Son demasiado perfectos para ser manchas.

–No significan nada, los hago cuando me aburro. Pero no significan nada.

–¿Nada?

El muchacho titubeó. Estaba asustado.

–Es un sacrilegio representar la perfección de las palabras fuera de la mente. Lo dicen los sacerdotes.

Y dio por zanjada la conversación.

–¿Vendrás mañana a traerme la cena?

Así comenzó todo, con una conversación, la primera en muchos años para ambos, y unas cuantas manchas sin sentido en un trozo de tela. Un delito, un sacrilegio. Y más si había sido cometido por un invisible, cuyo trabajo era servir a los archiveros, los únicos que gozaban del permiso divino para registrar.

Cada noche el invisible le traía la cena, y cada noche Fede insistía.

–Dime lo que significaban esos palitos en la servilleta –pero el invisible no decía nada. Cada semana, varios herejes morían en la hoguera.

Pero su simple presencia era suficiente, una visita todas las noches, un cambio, algo digno de recordar por fin sin que nadie se lo ordenase. Finalmente una noche el invisible rompió su silencio. No lo hizo voluntariamente. Se había retrasado con la cena y, al llegar, Fede notó su cojera, la túnica negra se balanceaba con cada paso y el cuerpo que escondía se estremecía al posar el pie derecho en el suelo.

–Necesito mirar de nuevo la servilleta –susurró, el orgullo apenas contenido–. ¿Aún la guardas?

Fede sonrió.

–Por supuesto. Te la devolveré si me dices lo que significa.

El invisible suspiró y comprobó que nadie se acercaba por el pasillo antes de quitarse la capucha. Era joven, como Fede había supuesto, pero una fea cicatriz, una quemadura, le recorría el rostro desde la sien derecha hasta la barbilla y le paralizaba el labio superior al hablar. Le hacía parecer mayor. Sin embargo sus ojos claros, brillantes sobre la piel oscurecida por el fuego, demostraban una inteligencia que iba más allá del pescado hervido.

–Registro mis tareas en las servilletas.

–¿Registras en las servilletas? ¿Sabes que registrar palabras más allá de la mente es un pecado que se castiga con la muerte?

–La muerte es recibir palizas diarias de tus superiores si no realizas tus tareas. –El invisible cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra con una mueca de dolor–. Y no tengo… Buena memoria.

–¿Olvidas tus órdenes?

–En ocasiones. Pero el problema son mis compañeros. Me echaban la culpa de las cosas que quedaban sin hacer. Si las registro en otro sitio que no sea mi cabeza… Las recuerdo. Y cuando les digo con seguridad quién hizo qué y cuándo… Ellos se asustan. Creen que tengo una memoria bendecida por los dioses, porque sólo los dioses y sus sirvientes son capaces de registrar.

–Al parecer tú también sabes.

–Mi padre me enseñó. Él registraba los huevos que ponían las gallinas. Murió en la hoguera cuando yo era un adolescente. –El invisible señaló la quemadura de su cara–. ¿Me delatarás a los sacerdotes?

Fede se dio cuenta de que no había registrado la conversación. Era la primera vez que escuchaba tantas palabras seguidas y no las guardaba en su memoria, ya fuese en alta o baja fidelidad. Si le delataba, no sería capaz de repetir sus frases ante los sacerdotes, las palabras. Y sin embargo las recordaba. Eran suyas y de nadie más.

–¿Cómo te llamas?

–Diego.

–Diego, quiero que me enseñes a medir el tiempo. No sólo los días. Todo el tiempo.

El muchacho se acercó a la esquina inferior derecha de su cama y con el cuchillo de la cena hizo una marca corta y profunda en la madera. Un palito.

–Esto es hoy. Volveré mañana.

Resultaba increíble lo fácil que era controlar algo tan indefinido como el tiempo. Fede pensaba sobre ello en voz alta durante la cena, pero sus meditaciones no sorprendían a Diego. A menudo, le dijo el invisible, las cosas más abstractas son las más sencillas de comprender, pero claro, hay que intentarlo.

Diego siempre decía ese tipo de frases, profundas como los pensamientos de los maestros, pero con un tono que le quitaba importancia, convirtiéndolo en algo tan obvio como que los dos morirían en la hoguera si alguien descubría que estaban registrando cosas sin permiso de los sacerdotes.

Nadie se enteraría, aseguraba Diego, él no se lo iba a contar a nadie. Y sonreía. Era demasiado joven como para pasarse la vida bajo una capucha. Y demasiado inteligente. Tardó un par de meses en compartir con Fede su sistema secreto de registro, las imágenes, como él las llamaba. Escobas y puertas, pescados y fuegos de cocina. El vocabulario de Diego era limitado.

–¿Y el tuyo? –respondió ofendido–. ¿Alguna vez has visto una fanega de trigo? No puedes registrarla más que en tu mente, un sonido sin significado.

–¿Por qué dices eso?

Diego sonrió y dejó de juguetear con el pescado que Fede ya casi ni probaba. De entre su túnica sacó un paquete blanco, una servilleta que envolvía una de las astillas carbonizadas de los fogones de la cocina. Le tendió el carbón a Fede.

–Quiero que construyas la imagen de lo primero que te venga a la cabeza cuando yo te diga una palabra.

–Yo no sé…

–Lo primero.

–Está bien.

–Sol.

Fede construyó un círculo de cenizas sobre la servilleta.

–Puerta.

Un rectángulo.

–Fuego.

Ese fue el más difícil, pero Fede arrastró la astilla sobre la tela, creando unos trazos gruesos que en su imaginación crepitaron como el fuego.

–Trigo.

Fede se quedó en blanco. Jamás había visto un campo de trigo, una espiga, aunque conocía todas esas palabras. Sabía que era una planta, pero las únicas plantas que recordaba era las que había visto en su viaje desde la escuela de archiveros a la universidad. Y esas eran altas, de madera en la base y verdes por arriba. Intentó reconstruir su imagen.

–¿Eso pretende ser un árbol? –dijo Diego–. Desde luego no es trigo.

–No lo sé. Es la única imagen de una planta que conozco. Tal vez sea un árbol.

–Fíjate. Tienes palabras sin imágenes e imágenes sin palabras.

A Diego le hizo mucha gracia aquella idea pero Fede siguió meditándola durante la noche y durante el día siguiente. Su mente le daba vueltas a las imágenes, a su significado. Un círculo no era el sol. Pero su círculo significaba sol.

–Fede, registra en alta fidelidad estas conclusiones –ordenó el maestro Anjous–. Las medidas de cantidades y de tiempo quedan prohibidas fuera del ámbito de la universidad, único lugar bendecido por los dioses como…

Medidas cantidades y tiempo prohibición dentro universidad… ¡No! Dentro universidad/único lugar bendecido por los dioses permitido… ¿Cómo sería la imagen de tiempo en general? No había imagen para la palabra tiempo. Condena 30 latigazos para primer delito muerte para reincidentes… Pero aún así la registro en la mente. ¿Cómo registrarla en imágenes?

–Fede, repite esta última frase, creo que debo modificarla…

Le costaba cada vez más registrar las ideas de otros ahora que tenía las suyas propias. Necesitaba guardar sus propios descubrimientos acerca de la ciencia de archivar en imágenes, pero no tenía espacio en su cabeza. Por suerte tenía a Diego.

–Se me ha ocurrido que círculo podría ser varias palabras a la vez –le dijo un día mientras cenaban en la habitación. Era agradable comer mientras se conversaba–. Sol es una palabra, pero existen otras como soleado. ¿Y si creamos la imagen de soleado a partir de la de sol?

Fede dibujó un círculo y después le añadió un palito horizontal debajo.

–¿Qué es eso?

–Mi imagen para decir que esta imagen no es de la cosa, sino de la descripción. Soleado.

Diego asintió. Estaba realmente sorprendido.

–Nunca se me había ocurrido. Cuando anoto mis tareas siempre he tenido problemas con esas cosas. –Dibujó la imagen de ventana y luego una nube con gotitas de lluvia–. Cerrar las ventanas si llueve. Pero solo pone ventana y lluvia. ¿Cómo es la imagen de “si”?

–No existe. –Fede rememoró sus lecciones en la escuela de archiveros–. Es… Otro tipo de palabra. Están las palabras que tienen imágenes, aunque no las conozcamos, y las que no las tienen porque no indican cosas sino relaciones entre cosas.

–¿Relaciones?

–Sí. A los archiveros nos enseñan cuáles son esas palabras para que no las eliminemos de los registros. De, para, con… Si las quitas la frase deja de tener sentido.

–¿Elimináis palabras de los registros?

–Por supuesto. Es imposible registrarlo todo, la mente humana es limitada. Sólo los dioses son capaces de recordarlo todo.

–Entonces, las imágenes nos convertirán en dioses –susurró Diego. Tendía a bajar la voz cuando decía los mayores sacrilegios.

–¿Cómo?

–No tenemos que eliminar palabras. Sólo ocupan espacio en una servilleta, no en nuestra mente. Al contrario, debemos crear más imágenes, hasta que cada palabra tenga la suya. Y no será necesario eliminar ninguna. Lo registraremos todo.

Fede meditó las posibilidades de aquello, y enseguida encontró un problema.

–¿Y cómo vamos a recordar todas esas imágenes? Habrá tantas como palabras. Y recordarlas requeriría tanto espacio en la mente como los registros que ya hago ahora.

–Las crearemos sobre la tela. Estarán ahí y no hará falta recordarlas.

–No cabrán en una servilleta.

–Pues usaremos un mantel.

–Ni siquiera en un mantel.

Diego no podía entenderlo, por supuesto, porque no conocía tantas palabras como Fede, ni las había estudiado como él. Las acciones, los descriptores, las cosas. Había muchas palabras. Podían llenar las paredes de la universidad con imágenes y todavía faltaría espacio.

–No, necesitamos otro método.

–¿Cómo lo hacéis los archiveros?

–Aprendemos a priorizar. Eliminamos palabras, las cambiamos, las reordenamos.

–Eso no sirve.

–Lo sé. Necesito pensar.

Era un problema interesante, mucho más que el de las medidas de los campesinos o cualquier otra ley. Tanto, que registrar las ideas del maestro Anjous empezó a ser un trabajo tedioso y a menudo imposible. Fede dejó de priorizar y de simplificar palabras, hasta que llegó un momento en el que se limitaba a memorizar, algo que ningún archivero hacía más que en las primeras etapas de su entrenamiento. Cuando se le olvidaban las palabras rellenaba los huecos como buenamente podía. Las frases, al fin y al cabo, nunca habían tenido ningún sentido para él.

–¡Esa es la solución! –le explicó un día a Diego.

–¿Inventarse las palabras?

–No, inventarse los sonidos.

Diego había construido una pequeña caja de madera que había llenado con harina. Sobre el polvo blanco las huellas de los dedos quedaban grabadas, pero podían ser destruidas rápidamente si alguien se acercaba. Fede deslizó los dedos sobre ella y dibujó el símbolo que habían inventado para la palabra “si”.

–Esto significa “si”, la palabra. Pero cuando los archiveros registramos ideas a menudo guardamos palabras que no entendemos, pero que son importantes en la frase. Para nosotros no son palabras, sólo sonidos. –Señaló la caja de harina–. Esta es la palabra “si” y a la vez el sonido “si”. Hay menos sonidos que palabras.

Diego le miró perplejo.

–No estoy seguro de eso, pero yo no conozco las palabras como tú. Tal vez tengas razón.

–Intentémoslo.

Poco a poco, un mantel de hilo sobre el que se podían hacer trazos finos se fue llenando de imágenes que a su vez eran sonidos. Fede los veía en las sesiones, cuando le ordenaban registrar una nueva norma. Esta palabra serían dos cuadrados y un círculo, tres palitos y un punto, dos espirales.

–Dibujemos nuestros nombres –sugirió un día Diego.

Y lo hicieron. Dos imágenes para Fede, tres para Diego. Aquello fue lo último que dibujaron juntos. Una mañana Fede fue llamado para registrar el juicio y la condena de un invisible acusado de registrar el tiempo y las cantidades en imágenes. El propio maestro Anjous le había delatado. El viejo, decidido a registrar el acontecimiento para mejorar sus conocimientos acerca de esas prácticas sacrílegas, informó a Fede de que el invisible era hijo de un hereje, lo cual demostraba otra de sus teorías que defendía que el pecado podía transmitirse a través de la sangre. Fede le ignoró, como siempre hacía. Estaba demasiado ocupado controlando los temblores que recorrían todo su cuerpo. Hasta el último momento, cuando levantó la vista para contemplar el techo abovedado de la sala, mantuvo la esperanza de encontrar a cualquier otro maniatado y arrodillado frente a los sumos sacerdotes y el decano mayor.

Diego no le dirigió la mirada en toda la sesión. Se mantuvo todo lo erguido que sus ataduras le permitieron, con la mirada dirigida hacia el techo abovedado, extasiado como si él sí pudiese ver la antiguas imágenes que lo adornaban. Era joven, pensó Fede, más aun de lo que él había supuesto, y sin embargo más inteligente que la mayoría de los que llenaban la sala y pedían su muerte. Le acusaban de registrar cosas a la manera de los dioses y de suplantar a los archiveros. La prueba, una servilleta llena de manchas sospechosamente ordenadas que, para salvaguardar la pureza de la fe, sólo el gran sacerdote miraría.

–Registra en baja fidelidad las preguntas y las respuestas del hereje –ordenó el maestro Anjous.

Las frases recorrían la sala, una detrás de otra, y Fede no pudo evitar registrarlas, palabra por palabra. No tenía fuerzas para luchar contra la costumbre. ¿Cómo se declaraba el acusado? Culpable, por supuesto. ¿Había tenido cómplices? No, no los necesitaba. ¿Había transmitido aquel comportamiento sacrílego a a alguien? No, nadie en aquella maldita universidad tenía capacidad para entender lo que él hacía. Se arrepentía. No, de nada.

Y una única imagen, la de su amigo conducido al exterior, hacia la losa de piedra donde se acumulaba la leña para ajusticiar a los herejes. Fede no podía seguirle, los archiveros no podían salir al exterior. Si lo hubiese hecho se habría delatado, pero no hacerlo le convertía en el mayor de los cobardes. Permaneció en su celda, contando las muescas de la pata de la cama. Treinta y seis. Treinta y seis días desde el primero, cuando Diego le había desvelado el misterio de las imágenes. Esperó la cena en un estado de irrealidad, olvidando por un segundo la razón por la que estaba sumido en aquella desolación, y rememorando enseguida la condena que su mente había registrado. Una y otra vez.

–Muerte en la hoguera.

Perfectamente grabada en su mente de archivero.

–Muerte en la hoguera.

Un invisible le trajo la cena junto con una servilleta en blanco. No probó el pescado. Era media noche cuando tomó la decisión de salir de la zona de archivadores y caminar por los pasillos de la universidad. No había guardias, no era necesario. Ningún archivador deseaba cambiar la seguridad de la universidad por las salvajes tierras del mundo exterior. El maestro Anjous le detuvo en la puerta. Llevaba una bata de lana y una vela casi consumida al completo. Parecía llevar esperando toda la noche porque sus labios estaban ligeramente azules. Fede sintió ganas de golpearle.

–Empezaba a albergar la esperanza de que no vendrías.

–¿Desea que registre alguna nueva idea?

–Fede, escucha…

–Si no es necesario, déjeme pasar.

–Él te llevó por el mal camino. Era un hijo de herejes, no se podía esperar más de él. Pero tú tienes la vida asegurada en la universidad.

–Era mi amigo –susurró Fede. Le estaba costando mucho contenerse.

–Un archivero no tiene amigos –el maestro Anjous hizo una mueca de disgusto–. Tu memoria es demasiado valiosa para ocuparla en esas cosas. ¡Tu memoria es un don divino!

–¡Si registrar es un don divino, pídele a tus malditos dioses que lo hagan!

La nariz del maestro comenzó a sangrar con el puñetazo. No se lo esperaba, pero aun así siguió gritando mientras Fede se alejaba hacia la puerta.

–¡No sobrevivirás en el mundo exterior! No sabes pensar, nada de lo que hay en tu cabeza te pertenece.

Al otro lado de las puertas estaba oscuro y nublado. No se veían las estrellas, que deberían haber estado en lo alto del cielo. Ya las vería en otra ocasión. Ahora tenía que caminar, salir de allí, buscar nuevas palabras. Buscar incluso las palabras de otros, porque tenía que haberlas. Bajo el brazo, envuelto en un saco de arpillera para que no se ensuciase, llevaba el mantel de imágenes que Diego y él habían creado. Sonidos para crear palabras. Palabras que ocuparían siempre un espacio en su memoria.

Verónica era una mujer modelo RE del año 2223. Sus padres habían elegido la modalidad Rubia Estupenda para las tres hijas que habían encargado.

Ella era feliz, pero había algo que enturbiaba su vida. Su total falta de celos era motivo de constantes peleas con su novio.

La joven no entendía por qué tenía que hacer algo tan imposible para ella como montar en cólera cuando él se besaba apasionadamente con otra mujer. Se le veía tan satisfecho, que lo pasaba tan bien, que Verónica solo podía alegrarse por él cada vez que le encontraba en la cama con otra.

Ahora quería darle una sorpresa, y por eso llevaba varios meses ahorrando. Por fin tenía el dinero para que le realizaran una operación de psicoestética.

Había dado muchas vueltas a las clínicas que se anunciaban, y prefería pagar una de fiar, que acabar como algunas personas que salían en los programas de la tele.

En la recepción del centro que había escogido, una mujer joven, modelo Pelirroja Fogosa, se limaba las uñas y le sonreía con unos ojos verdes chisporroteantes. Las paredes blancas y el intenso olor a limpio la relajaron al instante.

─Tengo hora a las doce para un aumento de los celos…

La pelirroja comprobó sus datos en una pantalla virtual.

─Siéntate, no tardarás en entrar.

─¿Qué es ese jaleo?

Verónica tuvo que levantar la voz para hacerse oír por encima del barullo formado en una salita adyacente.

─Son los estudiantes de derecho. Arman más barullo que los de Ciencias Políticas o, desde luego, que los que se van a dedicar a la Banca.

─¿Vienen todos juntos?

La recepcionista puso cara de fastidio.

─Es que hemos lanzado una oferta a grupos para operarse de la sinceridad… ¡Chicos, por favor, que no estáis solos!

El jolgorio disminuyó al instante.

Verónica sonrió. Aquello la convencía de que hacía bien escogiendo aquella clínica. Tantos estudiantes, tan inteligentes, no podían equivocarse.

Al momento sonó un pitido y la recepcionista le indicó en qué despacho la iban a atender. Ella entró con ilusión y recelo.

En la consulta, una mujer RE como ella la recibió con un caluroso apretón de manos. Después, le indicó con un ademán que ocupase un sillón de piel, mientras ella se mantenía en pie y ajustaba unos gráficos en el espacio ante sí.

─Verónica. Vienes por un aumento de celos, ¿verdad?

Asintió sin saber qué más decir. La doctora volvió a tomar la palabra.

─¿Nunca has sentido celos?

─Creo que no…

─¿Hermanos…?

─Dos hermanas, más pequeñas que yo.

Su respuesta fue anotada en el aire con una luz a modo de lápiz.

─¿Qué sentiste cuando nacieron?

Verónica tardó un poco en responder, mientras recordaba, luego se encogió de hombros.

─Alegría, eran muy monas.

El interrogatorio continuó:

─¿Palpitaciones, dolor de estómago, ganas de llorar, de pegarles?

─¡No! ¿Por qué? Me gustaba cuidarlas. Entendía que quisieran mis muñecas, eran preciosas.

Unos datos fueron añadidos a las notas:

─¿Tienes novio?

La miró algo abatida.

─Si, Daniel. Él es el motivo de que esté aquí, le molesta mi falta de celos, le gustan las mujeres posesivas, con más… ya me entiende.

─¿Te ha dado motivos?

─¿Como cuál?

La doctora se apresuró a enumerar:

─Atenciones a otras mujeres, relaciones fuera de la pareja…

Verónica reconoció con énfasis.

─Ya lo creo, un montón, por eso está enfadado conmigo, porque no me molesta nada, ni un poquito siquiera.

La médica hizo desaparecer el archivo delante de sus ojos y se sentó en otro sillón de piel frente a la paciente. Le dedicó una sonrisa profesional y pasó a explicarle.

─Verás, cuando introducimos un rasgo totalmente nuevo en la personalidad de alguien, no tenemos manera de saber con antelación qué cantidad de esa característica será absorbida por el cerebro. ─Ella permaneció atenta a la explicación─. También debo advertirte que hay algunos rasgos de carácter que se asocian a los celos y que pueden hacer su aparición en cuanto te los implantemos. ─Ahora los ojos de la paciente mostraban un interrogante que la doctora se apresuró a disipar─: Quiero decir que no solo sentirás celos, sino también rabia, impotencia, pasión irracional e incluso, sobre todo al principio, ganas de llorar muy frecuentes. Esto último desaparecerá con el tiempo, a medida que crezca tu autodominio.

─No me gustaría cambiar toda mi personalidad, solo quiero sentir unos pocos celos… tener más pasión.

─Parece que tu cerebro es virgen en cuanto a ese sentimiento. Como te he dicho, no podemos saber el alcance que tendrá su implantación. Es posible, incluso, que el efecto sea retroactivo, es decir que todos los celos que deberías haber sentido a lo largo de estos años surjan de repente.

Su mirada de alarma motivó una explicación:

─En los test previos que te hicimos cuando viniste a consultarnos, vimos que tenías una gran resistencia psíquica. Eres una mujer muy centrada.

La joven sonrió satisfecha.

─¿Entonces me pueden operar?

─Si estás dispuesta, sí. Mi deber es hablarte de todos los efectos secundarios que puede acarrear la operación, ya sabes, ponerme seria.

─Casi me han dado ganas de salir corriendo.

La cirujana hizo un mohín simpático antes de añadir.

─Yo de ti no me preocuparía, podrás controlar lo que te suceda. Verás qué bien te sientes y cuánto se alegra tu chico.

Ella suspiró contenta y se prestó a seguir los pasos para ser introducida, mediante hipnosis, en el quirófano.

La operación duró un poco menos de lo habitual, pues los celos tenían su espacio en el cerebro, libre de otros sentimientos que hubiese que sustituir.

Cuando concluyó, Verónica salió a la calle con su nuevo implante, impaciente por mostrárselo a Daniel.

El día transcurrió y las luces de la calle se encendieron.

Ella caminaba relajada hacia su casa. Estaba muy cansada, pero satisfecha.

Esperaba que de un momento a otro le asaltasen las lágrimas de las que había hablado la doctora, pero en su lugar solo había alivio y una gran satisfacción.

La visita a su novio había sido intensa y cargada de pasión, como él tantas veces le había pedido. Sonrió regodeándose en los detalles, mientras se frotaba de forma inconsciente una mancha de sangre en el borde de la manga.

Dobló la esquina y vio su casa de frente. Las luces estaban encendidas. Todos estaban dentro, sus padres y sus hermanas. Una sonrisa, semejante a la fisura de un volcán, apareció en su cara.

Sus hermanas, aquellas putas rastreras por las que se había quedado sin muñecas de niña y sin novios de adulta.

Una llamarada de impaciencia la impulsó a acelerar el paso. No podía contener el deseo de mostrarles, a todos, su nueva personalidad.

Basoa —más conocida como la Ortiga en el pueblo de Zugarramurdi y alrededores debido a su carácter— era servidora de la naturaleza, o bruja, como las denominaban los hombres del clero. Era muy anciana, de corta estatura y tan flaca como un perro sin dueño. Rezumaba nerviosismo por todos sus poros y, a pesar de su edad, no había perdido facultades; era capaz de subir a la montaña antes que cualquiera de las jóvenes a las que instruía en el mundo de la brujería. Ella sólo enseñaba a mujeres, mientras que los otros maestros de la zona instruían a jóvenes de ambos sexos. Basoa decía que los mozos sólo pensaban con la polla y no quería saber nada de ellos. Solía decirles a sus pupilas que la juventud les paralizaba las piernas, más concretamente que lo que tenían entre las piernas consumía casi toda su energía vital. Entre sus novicias estaba su nieta Johana, una adolescente bonita y alocada que había llegado desde tierras de Estella hacía unos cinco años para aprender las artes de la vieja bruja.

La Ortiga y su nieta llevaban varios días en lo alto del monte escondiéndose de los hombres de la Inquisición que batían la zona en busca de brujas y brujos. A la mayoría de las pupilas de Basoa las habían capturado e iban a llevárselas para juzgarlas en el tribunal de la Inquisición de Logroño. La Ortiga imaginaba las atrocidades por las que tendrían que pasar y sabía que acabarían confesando todo aquello que la Inquisición quisiese que confesasen. Los hombres de Dios eran expertos en soltar las lenguas, o en cortarlas.

Abuela y nieta se cobijaban en una pequeña oquedad de la montaña y se alimentaban de lo que podían conseguir en el bosque. Al anochecer, la anciana dejaba a su nieta guardando el fuego e iba en busca de comida. Solía llegar con pequeños topos, ardillas, gorriones e, incluso, alguna culebra o lagarto. Cuando Johana le preguntaba cómo conseguía las piezas, Basoa le contestaba que el bosque se encargaba de proporcionárselas. Johana tenía el cometido de buscar raíces comestibles y frutos silvestres y no podía comprender cómo su abuela era capaz de conseguir piezas para asar en la hoguera. La única vez que intentó cazar algo regresó con las manos vacías y un chichón en la cabeza.

Una noche de mediados de octubre, Basoa caminaba a buen paso por un sendero angosto flanqueado por maleza bajo la luz de la luna. Detrás iba su nieta andando a saltitos y soltando improperios cada vez que se rozaba con una rama o un zarzal. El sendero que seguían —usado generalmente por jabalíes— llevaba a una cueva cerca del pueblo en la que, antes de la llegada de los inquisidores, realizaban los aquelarres. Basoa quería ver si quedaba alguien conocido escondido por allí, aunque no tenía mucha esperanza en ello.

—Amama1, ¿por qué han capturado a las chicas y a los mozos? —preguntó la nieta entre jadeos. Llevaban horas caminando desde su cobijo en lo alto de la montaña.

La anciana paró en seco y escupió en el suelo saliva ennegrecida.

—Porque la Iglesia no quiere que exista otra fe que la suya. Con su fe dominan a los hombres, les controlan y los dirigen como ovejas. Nosotras enseñamos, no dominamos, dejamos que cada cual elija a su voluntad.

Por la expresión de la joven Johana se podía ver que no comprendía bien las palabras de su abuela.

—Porque son unos bastardos, hija —contestó Basoa ante la mirada bobalicona de su nieta.

—Pero no han hecho nada malo, Amama —dijo con voz inocente.

Johana aprovechó que su abuela había parado la marcha para sentarse en un ribazo cubierto de musgo y mordisquear una raíz parda que sacó de su túnica deshilachada.

—En parte se lo tienen merecido —dijo enfurecida la Ortiga sentándose junto a su nieta—. ¿Cuántas veces os dije que no hicieseis aquelarres por vuestra cuenta? ¿Eh? ¿Cuántas? Un aquelarre es un acto sagrado, no una reunión de jóvenes putitas y mozos salidos que quieren satisfacerse unos a otros. Los aquelarres son para conseguir que la naturaleza entre en nosotros y que nosotros formemos parte de ella. ¿Cuántas veces os lo he dicho?

—Pero, Amama… —protestó la joven.

—Ni pero ni nada. ¿Quién invitó a gente ajena? —Johana quiso replicar pero su abuela continuó—. Sí, ya sé que tú no. Pero eso me da igual. Tú estuviste en varios aquelarres sin mi permiso.

—¡Pero no hicimos nada malo! —gimoteó la joven—. Sólo comimos setas y bebimos infusiones. Y, bueno, ya sabes que nos gusta besarnos y esas cosas con los chicos cuando estamos en trance.

—Claro, claro —dijo Basoa haciendo aspavientos—. Y por casualidad una moza se quedó preñada. ¿Sabes lo que hizo la chica para que su padre no le diese una paliza y la echase de casa? ¿No lo sabes?

—No sabía que una se quedó preñada —Johana negó con la cabeza—. Nadie nos dijo nada.

—Ya —replicó con desdén Basoa—. Pues la moza fue a hablar con su párroco y le dijo que una bruja le obligaba a acudir a los aquelarres. Y que en esos aquelarres la amenazaban con follársela si no renegaba de Dios y la Virgen. Y ella, como era muy santa —dijo con ironía—, se resistió al principio, y por eso quedó preñada. Le contó al párroco que, harta de ser mancillada, claudicó y se arrodilló ante los brujos y brujas y renegó de Dios.

—¡Pero todo eso es mentira! —exclamó indignada Johana—. ¡Nadie obligaba a nadie a ir a los aquelarres!

—Pues el párroco avisó a las autoridades y poco después llegó el inquisidor Juan Valle Alvarado con sus hombres. Por eso se están llevando a la gente para interrogarla. Y por eso estamos viviendo en el monte. ¡Niñatas! ¡Les disteis la excusa perfecta a los inquisidores! Ahora hay que atenerse a las consecuencias. Vamos —le apremió Basoa levantándose del ribazo—, pronto amanecerá y quiero llegar a la cueva cuanto antes.

El resto de camino lo realizaron en silencio; Johana no tenía argumentos para contestar a su abuela. Poco antes de llegar a la cueva, Basoa le dijo a su nieta que se ocultase entre unos castaños y la esperase sin hacer ruido. La anciana se adentró en la espesura y buscó un lugar donde deshacerse de sus ropas. Una vez desnuda, cerró los ojos y se transformó en una lechuza. Nunca hacía esto delante de su nieta. Era un don que se transmitía de generación en generación y sólo unas pocas, y siempre mujeres, lo tenían. Basoa intuía que su nieta poseía el don —por eso la tenía bajo su tutela—, pero habría que esperar a que madurase para comprobarlo.

Alzó el vuelo y se posó en una de las hayas más altas que encontró. Desde allí se deslizó por el cielo, que ya recibía los primeros rayos de sol de la mañana, en dirección a la cueva. Llegó en poco tiempo. Era una forma rápida de viajar, pero la transformación la dejaba agotada y sólo lo hacía cuando era necesario. Siempre que podía, prefería caminar.

El entorno de la cueva estaba desierto. Se posó en un árbol cercano y escudriñó los alrededores. Escuchó a un zorro husmear entre la hojarasca que había bajo ella. El animal hacía excesivo ruido —aún más que el riachuelo que cruzaba la cueva— y parecía dar vueltas sin rumbo fijo. Supuso de quién se trataba. Se lanzó de la rama en la que estaba y se posó frente al animal que, asustado, le enseñó los dientes gruñendo. La Ortiga desplegó las alas y ululó. El zorro retrocedió y se colocó en posición de ataque. Basoa se transformó ante él.

—¡Sancha! —gritó al zorro— ¿Cuánto tiempo llevas con esa forma? Vamos —dijo con voz autoritaria y acercándose al animal—, no seas estúpida. Debes transformarte o el instinto podrá sobre tu razón.

El zorro gimió y se sentó sobre las patas traseras. Basoa se acercó aún más y le dio un manotazo en el hocico.

—¡Te he dicho que cambies, maldita idiota! —le ordenó.

El animal se convulsionó y se trasformó en una mujer de mediana edad y carnes prietas que la miró con ojos atemorizados.

—Basoa… creía que tú… —dijo la mujer jadeando.

—No hables ahora, Sancha. Estoy bien. Y Johana también. Está en el bosque. ¿Queda alguna más?

Sancha negó con la cabeza. Temblaba de frío. Basoa la cubrió con hojas y helechos.

—¿Sabes algo de los otros? —le preguntó con voz suave.

—Los soldados los capturaron —dijo Sancha con dificultad—. Yo estaba aquí, en la cueva, y pude escapar porque me transformé. He pasado demasiado tiempo siendo zorro, tenía miedo a mostrarme. Basoa, se llevan a cualquiera. Los que apresan cuentan cosas horrendas de otros. De ti dicen que entregas a jóvenes vírgenes al diablo para que las cubra.

—El miedo hace decir muchas cosas, Sancha. De eso se aprovechan esos cabrones. Aquí no estamos a salvo —dijo la Ortiga mirando los alrededores—. La cueva no es segura. Tenemos que subir al monte. ¿Podrás?

—Estoy muy cansada. Necesito dormir.

—Entonces espera aquí —Basoa cubrió con más helechos y ramas a Sancha—. Pero no te duermas, debes estar alerta. Iré en busca de Johana y entre las dos te ayudaremos a subir.

La anciana respiró hondo y cerró los ojos. Una segunda transformación tan seguida iba a dejarla exhausta, pero no había otro remedio. Alzó el vuelo con pesadez y regresó a por su nieta.

Después de ponerse la ropa, Basoa buscó a Johana. La joven no se había movido del lugar en el que la dejó. Sin darle explicaciones le dijo que tenían que ir a la cueva inmediatamente. Johana no replicó y se dispuso a seguir el paso rápido de su abuela, pero le sorprendió ver que los andares de la anciana eran más lentos que de costumbre. Tardaron una hora en llegar a la cueva. El sol ya reinaba sobre los montes y deshacía las nieblas matutinas.

Antes de llegar a la entrada de la cueva oyeron voces masculinas. Reían y jaleaban.

—Amama —susurró Johana—, ¿quién está en la cueva?

Basoa aceleró el paso sin hacer caso a su nieta. Pararon cerca de la cueva y, ocultas en el follaje, vieron a cuatro hombres que acosaban con picas a un zorro. Voceaban y se pasaban un pellejo de vino unos a otros. Basoa agarró la mano de su nieta con tanta fuerza que ésta se quejó.

—¿Qué pasa, Amama? —preguntó asustada la joven.

—Son soldados de la Inquisición, mi niña.

—¡Tenemos que irnos! —exclamó Johana—. Volvamos al monte antes de que nos vean.

—No podemos. Ella es —La Ortiga no sabía como decirlo—… el zorro es Sancha, la comadrona.

La joven la miró sorprendida.

—¿Es posible eso? Había rumores entre las novicias. Decían que tú también podías hacerlo, pero yo no lo creía. ¿Tú también puedes?

—Sí, mi niña. Ya te lo explicaré. Ahora hay que intentar salvar a Sancha.

—¿Por qué no escapa? Siendo zorro puede correr más que ellos. Además, están borrachos.

—Está muy cansada, casi no puede moverse. Se va a transformar en cualquier momento. No debí dejarla sola —se lamentó.

Uno de los hombres azuzó al zorro por la retaguardia y cuando éste se volvió, otro le clavó la punta de la pica en uno de los cuartos traseros. El zorro se revolvió y gimoteó.

—Quédate aquí —le ordenó a Johana—. Y ni te muevas, pase lo que pase.

Antes de que Johana pudiese decir nada, la anciana salió de la espesura, encorvó la espalda y caminó hacia los soldados que, tan concentrados estaban en hostigar al zorro, no se dieron cuenta de su presencia hasta que habló.

—Caballeros, señores —dijo Basoa con voz débil—. No maten a mi zorrito.

Los soldados se pusieron en guardia y desenvainaron las espadas. Uno de ellos, corpulento, barbudo y con una cicatriz en la frente, se acercó a ella. El zorro estaba en el suelo, retorciéndose de dolor.

—¿Quién coño eres, vieja? —dijo el soldado.

Acercó con mano incierta la espada al cuello de la Ortiga. Se tambaleaba.

—No soy nadie, señor. Vivo cerca de aquí, pero no tengo nada. Mi zorrito me trae pequeñas piezas de caza para que yo no muera de hambre. Por favor, no lo maten —suplicó.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó con sequedad el barbudo.

—María, señor —contestó Basoa bajando la cabeza—. A su servicio y al del Santísimo.

—Buscamos brujas —continuó el barbudo—. En concreto a una anciana a la que llaman la Ortiga, o algo así. ¿La conoces? —se arrimó a Basoa y le levantó la cara para mirarla a los ojos. El aliento del soldado olía a vino rancio.

La Ortiga se apartó de él y escupió en el suelo con fuerza. Luego pisó el escupitajo.

—Sí, señor —dijo fingiendo rabia—. La conozco. Esa puta fue la que me dejó sin nada. Me lanzó un conjuro y todas mis ovejas murieron. Espero que la quemen bien quemada —Basoa se santiguó.

—Ya —dijo el soldado—. Así que te llamas María. Un nombre muy común. ¿Y cómo sé que no eres bruja?

—Dicen que las brujas pueden volar, señor —miró al cielo e hizo un gesto de aleteo con las manos—. Si fuese bruja me iría volando y no podrían cogerme.

—Puede —contestó el hombre agarrándola por el brazo—, pero será mejor que se lo cuentes al inquisidor. Él sabrá si mientes o no.

El soldado se volvió a los otros.

—Matad al zorro de una puta vez y llevemos a esta vieja ante don Juan Valle —sentenció.

Uno de ellos atravesó la garganta del animal con su espada. Basoa gritó y el barbudo le dio una bofetada. El zorro comenzó a revolverse en el suelo. Ante la atónita mirada de los soldados se convirtió en una mujer con la garganta desgarrada y una herida en la pierna.

—¡Brujería! —gritaron casi al unísono—. ¡Son brujas!

Dos de los soldados soltaron las armas y salieron huyendo. Basoa aprovechó el momento de desconcierto y, no sin esfuerzo, empujó al soldado de la cicatriz e intentó acercarse a Sancha. El otro soldado que quedaba le cortó el paso y la tiró al suelo de un puñetazo. Entre los dos hombres la sujetaron con fuerza.

—¡Puta! —gritó el compañero del barbudo, un joven pecoso—. ¡Arderás en la hoguera!

Un aullido brotó del bosque. Los hombres se volvieron. Frente a ellos había un lobo de pelaje negro con el lomo cubierto por una túnica que un día pudo ser blanca. Los soldados soltaron a Basoa, se santiguaron y retrocedieron unos pasos. La anciana, desde el suelo, levantó la cabeza y mostró una leve sonrisa.

—Mi niña —dijo al lobo con dulzura—. Sabía que tú podías.

El lobo se acercó a ella y le lamió la herida de la mejilla producida por el puñetazo. Basoa metió las manos en el pelaje del cuello del animal y arrimó la cara a su hocico.

—Mi niña —susurró.

Los soldados, aterrorizados, se refugiaron tras unos árboles. Desde allí vieron cómo la vieja se levantaba, ordenaba al lobo tumbarse y cargaba en su lomo el cadáver de la mujer. La anciana agarró el cuerpo desnudo y caminó junto al lobo en dirección al bosque. Antes de desaparecer entre los árboles la vieja bruja se volvió y gritó a los soldados con voz potente y llena de furia.

—¡No os creerán! Nadie cree a unos borrachos. Pero vigilad vuestros sueños. Puede que algún día os visitemos.

El barbudo sintió que le flaqueaban las piernas. No pudo contenerse y vació sus intestinos en los pantalones. Su compañero cayó de rodillas y vomitó vino y bilis en la hojarasca.

El inquisidor Juan Valle Alvarado tuvo noticias de lo ocurrido. Castigó duramente a los que huyeron e interrogó, no con menos dureza, a los otros dos. Consideró que el vino, junto a los hechos extraños que estaban ocurriendo en la zona, habían enturbiado la razón de los hombres. Despachó el asunto con premura ya que tenía trabajo que hacer. Muchos eran los interrogatorios pendientes y quería acabar cuanto antes para llevar a los condenados al tribunal de Logroño.

Meses más tarde un pastor de la zona vio a un lobo enterrar en el bosque el cadáver de una lechuza. No le dio importancia; pensó que guardaba la lechuza para comérsela cuando escasease la caza. Lo que le extrañó, e hizo que se santiguase repetidas veces, fue ver al lobo arrancar un manojo de ortigas y dejarlas sobre la tierra recién removida.

  1. Abuela en vascuence []

La caja

Escrito por Mª Isabel Redondo

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En aquella condenada ciudad todo se compraba y se vendía: el trabajo, la vivienda, la diversión, el sexo… Hasta el Ayuntamiento tenía que pagar a los niños para que fueran a la escuela, habida cuenta de la competencia que ejercían las fábricas con sus contratos infantiles. La cosa había llegado a tales extremos que fue preciso establecer leyes que protegieran los intereses económicos de los menores, impidiendo así que sus padres, amparándose en la patria potestad, los explotaran quedándose con el sueldo que por derecho les correspondía. En cada familia era lo mismo: el dinero de la madre era de su exclusiva propiedad, el dinero del padre pertenecía únicamente a este y los niños eran asimismo los únicos propietarios y administradores de sus bienes, y a nadie más que al Estado tenían que dar cuenta de ellos.

En casa de Rebeca, como en la de todas las familias normales, se establecía un fondo común, al que cada uno de los miembros contribuía con un porcentaje fijo de su sueldo, para alimentación y gastos generales. Ese mes, Rebeca había tenido que comprarse unas deportivas nuevas. El resto de su uniforme escolar ―un peto vaquero y varias camisetas de distintos colores― podía aguantar todavía hasta fin de curso, eso al menos esperaba ella, pero las zapatillas estaban rotas y había que sustituirlas sin remedio. Esto había consumido buena parte de su mensualidad. Con lo poco que le quedaba, aún podía comprarse algo bonito en la tienda de Dora.

La tienda de Dora no tenía nada que ver con aquellos grandes almacenes donde compraban sus amigos; era un local mediano, de forma irregular, oscuro y polvoriento, donde uno, si buscaba bien, podía encontrar objetos que no se vendían en ningún otro sitio.

Al abrir la puerta de aluminio, un racimo de campanillas daba al cliente la bienvenida, en vez del consabido cuco electrónico.

―¡Hola, Dora! ―dijo la niña con la energía que le brindaban sus pocos años.

―Pasa, reina, y mira todo cuanto quieras ―la saludó la anciana, con su pelo revuelto mal teñido de color miel, alzando por un momento la vista de sus agujas de hacer punto. Una gran sonrisa dejaba ver sus dientes irregulares. A Rebeca le gustaba aquella sonrisa. Muy poca gente sonreía.

En las estanterías se apilaban tarjetas de memoria de música y de libros, platos, cucharas, ropa, adornos de Navidad del año anterior, pastillas de «Jabón de Rosas Auténticas»… todo en el más curioso y absoluto desorden. Aunque Dora siempre encontraba lo que le pedías en menos de cinco minutos. Cogió una caja de pinturas de cera y la volvió a dejar, examinó por enésima vez una muñeca hada demasiado cara, estudió con curiosidad un generador de arcos iris en forma de estrella tridimensional y, finalmente, sus ojos fueron a caer sobre una caja de madera.

Rebeca la tomó con delicadeza entre sus manos. Pesaba algo más que si fuera de plástico, pero la madera era cálida y suave, y tenía un olor especial: a la pintura color cereza oscuro con que la habían pintado. Contaba con una cerradura chiquitina y, aquí y allá, algunas chispas plateadas, como si alguien, al descuido, hubiera agitado sobre ella un bote de escarcha a modo de salero.

Probó a abrirla, sin éxito. Entonces la agitó con suavidad, pero nada se movió en su interior.

―¿Qué hay dentro? ―gritó para que Dora le oyera desde el otro extremo de la tienda, vacía a aquellas horas.

La vieja sonrió, sin que sus gruesas agujas de plástico rojo dejaran de tintinear ni un solo instante entre la lana blanca.

―Eso no se sabe, querida: es una caja sorpresa ―y, ante la repentina sospecha de que la niña desconociera el concepto, añadió―: puede contener cualquier cosa, desde una joya fantástica hasta un montón de arena o nada en absoluto, ahí está la gracia. ―Echó una mirada fugaz a la caja registradora―. La sorpresa, por supuesto, va incluida en el precio.

Esa era la palabra clave.

―¿Cuánto cuesta?

―Diez créditos con setenta y cinco.

¡Caracoles, era todo lo que le quedaba a Rebeca en el monedero!

Inclinó la cabeza hacia un lado, como había visto hacer a su madre cuando elegía uno de aquellos vestidos que necesitaba para el club donde trabajaba, frunció el ceño como las personas mayores y finalmente declaró:

―Vale, me la llevo.

Tras el intercambio de billetes, monedas y tickets, Dora le tendió un pequeño objeto plateado.

―Aquí tienes la llave.

Ella se la guardó en el bolsillo de su peto, tomó la bolsa precintada y se despidió de la tendera deseándole que tuviera un buen día.

Cruzó la calle casi sin mirar el semáforo. Dos manzanas más allá, no pudo resistir la curiosidad y rompió el sello de la Concejalía de Comercio que impedía abrir la bolsa dentro del establecimiento. Apoyada contra la pared de una pizzería, metió la llave en la cerradura y la giró despacio. ¡Mira que si no funcionaba…!

Pero lo hizo, el mecanismo cumplió con su deber como recién salido de la fábrica.

Temblando de emoción, abrió la tapa. ¡La caja estaba completamente vacía!

La parte de dentro estaba pintada de azul soraya, el mismo color que el cielo de las postales que guardaba mamá y que en tiempos habían sido de la abuela, a quien no llegó a conocer. Un color que tenía luz en sí mismo…

No se sintió decepcionada. Al contrario: le gustaba la caja en sí, aunque no contuviera nada excepto aire.

Allí guardaría lo que pudiera ir ahorrando mes tras mes, pensaba mientras recorría el camino a su casa. Y, cuando tuviera suficiente, se compraría un billete de aerotrén y se marcharía lejos. Había oído que en otros sitios la vida era muy diferente: los niños jugaban la mitad del día que no dedicaban a estudiar, y no tenían que preocuparse por llegar a fin de mes. Eran solo rumores, tal vez las cosas fueran igual en todas partes, pero valía la pena intentarlo. Y, si aquello resultaba ser verdad, allá donde su aventura la llevara estudiaría para maestra, o mejor, para alcaldesa, y luego volvería para enseñarles a sus vecinos, niños y mayores, a llevar una vida mejor: una vida que mereciera el nombre de vida.

Pandora Jones se echó por encima su chal negro, se arrebujó bien en él ―en la calle hacía frío― y cerró por última vez la puerta de su tienda con dos vueltas de electrollave.

Por fin podía coger aquel vuelo.

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