Éldelbar creció esbelto y apuesto. Su delgada figura encandilaba a las mujeres
de su raza que acariciaban con deseo sus orejas puntiagudas. Sus brazos eran
capaces de tensar los arcos más largos y creaban música con la espada afilada. En la
profundidad de sus ojos se hundían grandes galeones y se perdían las cumbres
nevadas.
Grandes trovadores hablaron de sus futuras gestas. Los dragones temblaron en
sus guaridas y los caminos se vaciaron de asaltantes que dedicaron sus vidas a los
dioses. El futuro se presentaba brillante para el elfo.
Pero la magia de su nombre marcó su destino. Éldelbar, hijo de Tascas, fue
tabernero.