Relatos


Traducción de una nota encontrada en el Pont du Gard en mayo de 1847

Escrito por Vicente Agut

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«Nunca he podido borrarlo de mi mente. Ella se aferraba a mis brazos e intentaba zafarse con todas sus fuerzas sin saber que era en vano. Intentaba golpearme. Era valiente. Su ansia por luchar casi disfrazaba su indefensión. Aquello me provocaba tanta ternura que sentí aún más ganas de morderla. Mi mano se afanaba por tapar su boca y hundir sus continuos gritos. Estaba resultando bastante incómodo sentir su miedo, pero cuando mis colmillos atravesaron la piel blanca de su cuello, todo alrededor pareció desvanecerse. El cálido torrente de su sangre se derramó en mi lengua tan suave como pétalos de seda mientras yo hundía mi nariz en la espesura de sus cabellos. En aquel momento tuve consciencia de todo su cuerpo, tan pequeño y frágil, que ahora se estremecía y temblaba. Sus gritos se convirtieron en llanto ahogado. El miedo la había hecho transpirar y el olor en su piel se había intensificado, aquel olor tan dulce. El placer fue extremo cuando sentí resbalar su sangre como gotas de oro por mi garganta. Entonces, sentí tanto amor por ella que quise abrazar su dolor. Ella pareció entenderlo y sus gemidos fueron debilitándose, dejó de temblar y, en un momento, noté como se entregaba a la muerte esperando a que todo acabara, aceptando su final. Fue indescriptible sentir como me regalaba su último aliento. Parecía que mi pecho fuera a estallar con aquel creciente cosquilleo. Cómo se podía morir con tanta dulzura. No podía abandonarla sin más. Arrastré mis labios hasta los suyos que, rodeando su pequeña boca entreabierta, esperaban recibirme. Busqué su lengua y la sangre que quedaba aún en mi boca se mezcló con su saliva. Era un beso humano, pero en aquel momento no pensé en ello. Al separarla de mí, un aroma más intenso brotó de su escote. Su piel suave y blanca me incitó a aventurarme por aquel recorrido oculto. Ni una mancha, ni una sola imperfección. Arranqué su ropa de un zarpazo. Sus pechos pequeños apenas se zarandearon. No podía sino dejarme llevar por el insistente cosquilleo que sentía en el pecho, cada vez más denso. Me costaba tanto respirar que tuve que reclinar su cuerpo en el suelo. Entonces, empecé a lamer la piel de su cuello y fui recorriendo su torso, mientras mezclaba los restos de sangre en mis labios con el sabor de su piel tibia. Besé sus pechos y la única parte donde su piel se oscurecía, seguí avanzando hasta su vientre. No podía dejar de besar su piel. Seguí desvistiéndola. El interior de sus muslos aún calientes escondía un aroma aun más profundo y arrebatador. Era el olor de la sangre. Mi corazón latía con tanta fuerza que podía sentirlo vibrar en mis labios. Recorrí la suave piel de sus muslos hasta aquella profundidad y un rubor me recorrió la cara con tanta intensidad que la sensación de mareo me hizo cerrar los ojos. La agarré por las caderas y con un último beso llegué hasta la pureza de aquella esencia carnal. Entonces ella soltó un gemido. Fue un estertor, pero deseé con todas mis fuerzas que estuviera viva para tomarla como un vulgar humano. No me di cuenta de que dos lágrimas resbalaban por mis mejillas hasta un momento después. Alimentarme con aquella sangre me había turbado tanto que ya no podía pensar con claridad. Quería abrazarla, quería yacer con ella. Supongo que todavía quedaba algo en mí de lo que alguna vez fue un alma humana. Permanecí abrazado a ella durante horas hasta la llegada del sol. Quise morir, olvidar el mundo y quedarme con aquel momento para siempre en las tinieblas, pero mi condición me lo impidió. Nunca he podido olvidarlo. Por eso puedo contar mi historia ahora. Sin embargo, espero que estas cadenas no me permitan huir de nuevo. Dejo esta nota para que todo se sepa. Cuando llegue el sol y alguien vea las cenizas al lado de esta nota que sepa que nunca amé tanto a una mujer como aquella última vez».

Dulce amigo

Escrito por Carmen Pombero

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Juanito era el niño nuevo de mi clase que siempre se sentaba al fondo. Lo primero que hacía nada más ocupar su pupitre era bajar la persiana. A lo mejor por eso era tan blanco, porque no dejaba que le diese nunca el sol. El maestro, a veces, se enfadaba y le decía:

—Juanito, la persiana, por favor.

Pero entonces, Juanito le miraba con unos ojos extraños y oscuros, como un pantano en el que no se ve el fondo y que te arrastra hasta sus profundidades. El maestro ponía una cara lejana, como si no supiese de pronto qué hacía en la clase e, inmediatamente, continuaba con la lección como si nunca le hubiese sugerido a Juanito nada acerca de levantar la persiana.

Juanito iba mal en el colegio. Yo creía que era porque no dormía bien por las noches. Siempre tenía ojeras y claro, así no se podía sacar un aprobado. Por eso, Juanito me pidió que fuese a su casa a ayudarle con los deberes. Antes le ayudaba Martín. Pero Martín se puso muy enfermo, así de pronto, y ya dejó de venir a clase. Decían que se estaba muriendo. Ni idea, yo apenas le conocía.

Así que una tarde fui a casa de Juanito. Sus papás no estaban. Ojalá a mí los míos también me dejasen solo. Podría pasar la tarde entera jugando al ordenador. Juanito no tenía ordenador. Ni libros. Ni tele. Ni DVD. Todas las persianas estaban bajadas y casi no había muebles. Cuando se cerró la puerta no sé qué pasó. No recuerdo nada. Creo que hicimos los deberes. Creo que él me acarició el pelo porque lo tenía muy bonito y suave y el suyo era negro y feo. ¿Me besó? Sólo recuerdo sus ojos profundos, tan hermosos, que me miraban con tanta intensidad que me entraron ganas de zambullirme en ellos…

Ahora, los dos nos sentamos al fondo de la clase, con la persiana bajada. Odio el sol. Es tan molesto… Los niños de la clase ni nos miran. Es como si para ellos y para el resto del mundo, Juanito y yo fuésemos transparentes. Juanito dice que pronto seré etéreo… No sé lo que significa esa palabra… Pero me gusta mucho cómo suena en sus labios.

Rovo o Rovina

Escrito por Susana Meyniel

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Entre las vides cargadas de uva, dos trasgos se discutían.

—Su Majestad quiere saber por qué no está recogida todavía la cosecha especial.

Rovo, el trasgo interpelado, cruzó los brazos sobre su panza y se dio la vuelta con un gesto ofendido.

—¡No puedo ocuparme más de los viñedos reales! El estanque me llama, ¡me necesita!

Ergo, el trasgo enviado por el rey para interpelar al encargado de sus viñedos, era conocido por su diplomacia, pero empezaba a elevar el tono.

—Rovo, deja de agitar esa melena ridícula de algas y quítate las prímulas de las orejas. ¿A quién quieres engañar?

—¡Soy una Ondina!, y exijo que se subsane el terrible error cometido conmigo.

—¡Un error! ¡Llevas ochocientos años ocupándote de los viñedos!

—¡Pues eso! ¡Que ya está bien! Lo mío son los ríos, los lagos, y en especial ese estanque tan coqueto que hay al otro lado de las vides. —Un suspiro de placer acompañó sus palabras.

—Eso es cosa de las ondinas…

—Lo que digo, cosa mía.

Ergo miró al cielo buscando paciencia y señaló:

—Rovo, tienes los brazos y las piernas como los sarmientos que crías, por no hablar de tu cara, que no se distingue de las raíces.

Los ojos de Rovo aletearon.

—Porque solo miráis el exterior. Dentro de mí crece una etérea ondina, quiero estar sentada al lado de un estanque enamorando jóvenes con mi peine de oro y mis canciones.

El mensajero real estiró sus manazas para contener cualquier impulso cantor de Rovo.

—¡No! La última vez que cantaste tuvimos que utilizar el vino como vinagre.

El viticultor agitó las algas de su cabeza y estiró los dedos como si pintase un óleo, contemplando las flores que llevaba.

—Bajo la tierra todo se oye peor. Sobre las ondas, mi voz flotará sedosa, acariciadora…

Ergo pasó la mano sobre la cachiporra que llevaba al cinto. Aquel engendro que agitaba sus dedazos como si fuesen mariposas le producía una necesidad importante de machacarle. En un alarde de autocontrol, aún intentó buscar una solución.

—Quizás deberías hablar con la reina de las Ondinas, a lo mejor ella…

—¡Ni la nombres! Si vuelvo a oír la risa de ese marimacho tendré que destrozar varias cosechas para calmarme.

—Ya la has visto.

El tono de Ergo denotaba el final de un camino, pero Rovo no se dio cuenta. Su indignación no le dejaba ver nada más allá de las margaritas que agitaba subrayando sus palabras.

—Intenté una conversación entre iguales, pero la muy zorra se sentó sobre mí y comentó algo sobre troncos que hablan…

—Es que tu aspecto…

—¡Tronco yo!, ese día precisamente me había puesto una corona de pensamientos bicolor muy laboriosa. Ella sí que parece un adefesio con la misma túnica desde hace… ¿cuánto?, ¿quinientos años?

Ergo suspiró levantando tierra roja a su alrededor. La mitad de las cosas que decía su compañero eran incomprensibles para él. Pero tenía una misión: salvar la cosecha del Rey. Sin más argumentos, solo pudo decir de forma monocorde:

—Su Majestad quiere que sigas ocupándote de sus viñedos, recuerda que hay más trasgos.

Rovo sintió que estrujaban su corazón como si de una uva madura se tratase. Colocó los dedos retorcidos como puros habanos sobre su frente cuajándola de flores y declamó mientras dos lagrimones le caían por los surcos de su cara.

—Ergo, vuelve con el Rey y dile que Rovo ha muerto…

—Pero estás vivo.

La esperanza soplaba flojito en las palabras del emisario que contemplaba al otro con precaución.

—¡Para vosotros no! Rovo ha muerto y ha nacido Rovina, la ondina más elegante del estanque de las vides.

Ante el tono vibrante y la mirada del que contempla un hermoso amanecer del trasgo del viñedo, Ergo agarró con fuerza su garrote. Había llegado el momento de poner las cosas en su sitio.

El niño del globo blanco

Escrito por Manuel Jesús Alfonso Laiño

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Cada mañana
él me esperaba
sentado en su banco.
Y entre los colores todos
escogía un blanco globo:
el niño del globo blanco.
Soplos de vida, 1986

La primera vez que lo vi… No, miento. La primera vez que me fijé en él no era más que un rostro sonriente perdido entre el barullo de caras que se agolpaban frente a mi teatro de marionetas. Bueno, no debía estar tan perdido cuando llamó mi atención. Estoy seguro de que fueron sus ojos, de un color inidentificable y muy fijos en lo que ocurría en el escenario.

Confieso que uno de mis mayores placeres era observar las reacciones de los espectadores diminutos mientras mis manos se movían ajenas a mi voluntad y mi voz timbraba con tonos tan dispares como los de la princesa buena y el dragón malo.

Allí, a la sombra de los únicos árboles entrelazados del Retiro, de cara al estanque, fue donde me cautivó. De repente su risa era la única que se oía, aunque estaba seguro de que los demás niños también reían.

Cuando terminó el espectáculo y mi prima Adela pasó el sombrero, él fue el único que se quedó. Estuvo un buen rato allí, sin moverse del sitio, hasta que una mujer que supuse su madre le tocó el hombro y le dio un globo y un bastón, los dos blancos. El chaval le agarró el brazo y se alejaron charlando muy animados.

Desde entonces, no hubo un domingo en que aquel niño faltara a su cita con mi espectáculo. Siempre era el primero en sentarse. Ni siquiera sé si venía solo o lo traía alguien. No estaba cuando yo llegaba, pero en el momento en el que terminaba de montar el teatro ya se encontraba en su sitio, con un globo blanco atado en una mano y plegando el bastón en infinitas partes.

Y siempre, siempre era el que parecía disfrutar más con la representación. No sólo se reía, también era el que más alto gritaba cuando el mago malvado se acercaba por detrás del caballero andante.

Yo creía que se dejaba llevar por lo que escuchaba al resto de niños, pero a veces era el primero en hablar cuando hacíamos alguna pregunta al público.

Un día se acercó al teatro con la mujer que venía a recogerlo después de la actuación y me dijo a través del escenario:

—No te preocupes, que nadie se ha fijado en la mancha.

Me miré inconsciente la mano en la que aún llevaba a la princesa y vi el cerco de sudor que le había dejado al secarme la frente con ella en medio de la actuación. Adela me había asegurado que no se notaba cuando se lo comenté preocupado en el entreacto. ¿Cómo se había enterado aquel niño?

Entonces supuse que habría escuchado a algún otro chaval comentarlo. Vamos, que sí que se había notado la mancha.

Sin embargo, algunas semanas después, al finalizar una actuación que nos salió particularmente desastrosa, le comenté al oído a mi prima que ya iba siendo hora de buscarse algo más seguro y dejar lo de las marionetas. A los pocos segundos, apareció el niño al otro lado de las cortinillas y me dijo sonriente que ese día había sido de los mejores y que esperaba vernos el domingo siguiente.

Y así, sin dejar nunca de sorprenderme, el niño del globo blanco siguió viniendo cada domingo a mi teatro de marionetas.

Hasta que el Ayuntamiento se metió en nuestras vidas.

Un domingo llegamos y nos encontramos con que iban a hacer una limpieza en el estanque y el paseo principal se cerraba por tiempo indefinido. Seguro que muchos de los que allí nos ganábamos la vida nos sentimos igual de fastidiados, pero ninguno dijimos nada. Nos limitamos a rodear el estanque con nuestros bártulos y a buscar otro sitio donde trabajar.

Esa tarde no se me olvidará jamás.

Encontramos un lugar de acomodo y montamos el teatro como cualquier otro día. El niño del globo blanco ya estaba cuando terminamos y yo, como un estúpido, le saludé con la mano. Obvia decir que no contestó.

No sé si fue porque el cambio de sitio me hizo pensar que podía perder público o porque me sentía inspirado, pero lo cierto es que ofrecimos una de nuestras mejores actuaciones.

Elegimos el cuento de El dragón y la lira, uno de los que más participación requería, y puedo decir que puse el alma en cada frase, en cada movimiento.

Como siempre, no me resistí a ver las reacciones de los espectadores. Fue entonces cuando noté que algo no iba bien.

Todos los niños parecían entusiasmados: participaban en los juegos que las marionetas les proponían; se reían con cada chanza del malo o del bueno; gritaban siempre que había peligro para el héroe.

Todos menos el niño del globo blanco.

Entre las caras sonrientes que rodeaban el teatro, por primera vez en mucho tiempo, no estaba la suya.

Traté de remediarlo. Busqué en mi memoria aquellas actuaciones que tanto le habían gustado y las incorporé al cuento que representábamos. Incluso añadí cosas nuevas.

Adela me diría después que el clamor del público fue increíble, que no lo había vivido nunca. Y que la recaudación fue la mayor de nuestra vida de titiriteros.

Pero yo no me di cuenta. Para mí el único importante era el niño del globo blanco.

Me hubiera gustado acercarme a él para preguntarle por qué no le había gustado la obra, pero cuando Adela terminó de pasar el sombrero ya se había ido.

Nunca más volví a verle.

Y, aunque seguiríamos un par de años más sacándonos unas perrillas los domingos en el Retiro, ninguna de aquellas tardes fueron como las que compartí con la risa del niño del globo blanco.

Años después, a punto de jubilarme de un trabajo de oficina que había tenido que coger para poder llevar una vida más decente, me fui a pasear por la orilla del estanque del Retiro y me encontré con un teatro de marionetas que estaban montando justo bajo los mismos dos árboles entrelazados ante los que yo había pasado tan buenos ratos.

Sin saber porqué busqué en mi memoria las imágenes de aquellos tiempos y me senté en el lugar exacto en el que se ponía mi mejor espectador.

De repente escuché una conversación sobre clavos y un martillo. Miré alrededor y no vi a nadie cerca, aunque las palabras me llegaban nítidas y muy próximas. Cuando el diálogo derivó en trajes de marionetas, fijé la vista en el teatrillo. ¿Cómo podía escuchar tan claro lo que decían si yo estaba por lo menos a cinco metros?

Me levanté y me acerqué al teatro. Y dejé de escucharlos.

Volví a mi sitio. Las palabras llegaron de nuevo.

Me moví varias veces a derecha e izquierda. Nada. Sólo en aquel lugar exacto podía oír todo lo que hablaban detrás del escenario.

El sitio del niño del globo blanco.

Fue entonces cuando lo comprendí todo. Una risa floja se apoderó de mí, más incontrolable a medida que fui recordando tantos y tantos episodios que me habían parecido dignos de una película de Hitchcock. ¡Qué tonto había sido!

En pleno ataque de hilaridad, un perro me pisó la mano que tenía apoyada en el suelo y su aliento cerca de la cara me devolvió al presente.

Era un labrador negro, brillante, con esa cara afable que sólo aquella raza de perro puede tener. Lo llevaba un hombre que debía de estar a punto de cumplir los treinta, con unas gafas opacas que le ocultaban los ojos. Sujetaba al animal por un arnés rígido en cuyo extremo superior había atado un globo blanco.

—Disculpe, señor —me dijo muy serio—. No le había visto.

Yo me quedé mirándolo si saber qué responder.

—¿Puedo pedirle un favor? —continuó—. Verá, es que está sentado en mi sitio.

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