Mie 25 ago 2010
La leyenda del buscador
Creado por Lady Dragón en Series
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Lo mire por donde lo mire La leyenda del buscador es una serie mala. Los actores son terribles ―la sobreactuación en algunos momentos «dramáticos» consiguió que soltara unas cuantas carcajadas; en otros me dio vergüenza ajena―; el guión es paupérrimo (y me quedo corta), con saltos de trama propios de un equilibrista, los conejos que se sacaron de la chistera hasta el final de la serie es para aplaudirlos ―pero con las orejas y los pies―, la dirección y la producción, penosas; la dirección de arte no hay por donde cogerla (el maquillaje es una lástima; el cartón piedra se nota a cada paso que dan por esos escenarios increíbles); y a los encargados de fotografía y de sonido es para no hablarles jamás. Dejaré a un lado las moralejas y los juicios morales que caen de forma repetitiva (hasta el sopor) en cada capítulo.
Y aquí podría acabar mi crítica ya que no he dejado en pie a ningún miembro del equipo técnico (y que no se levanten, que me enfado). Pero no lo haré por la misma razón por la que vi las dos temporadas de la serie: por la fascinación que me provocó la manera de tratar a los personajes femeninos.
La serie supera la prueba de Betcheld, que consiste en responder a tres preguntas: 1) ¿aparecen al menos dos mujeres que tengan nombres? Sí; 2) ¿se hablan entre ellas? Sí; 3) ¿conversan acerca de otra cosa que no sean hombres? Sí.
Esto vendría a demostrar que es una serie en la que tratan a la mujer con algo más de respeto que muchas de sus contemporáneas. Lo que es de agradecer. A mí me alegra saber que en una serie hay más de dos mujeres que hablan entre ellas sobre cualquier cosa que no sea sexo (o ropa, o hijos, o recetas de cocina, o cualquier otro de los tópicos a los que acabamos reducidas las mujeres). Lo que no me gusta tanto es ver de qué forma se retuercen las ideas para que las mujeres se acaben comportando como hombres o, peor aún, seamos consagradas a la malignidad que ya nos otorgaron en tiempos inmemoriales y de la que parece que no nos libramos.
La leyenda del buscador me resulta una muestra fascinante de esta forma retorcida de presentar a la mujer. Retorcida porque, bajo una apariencia de valentía y heroicidad, se esconden comportamientos como el sadismo, la crueldad, la dominación, el egoísmo o la volubilidad.
De no existir en las series, pasamos a estar al servicio de un personaje masculino, para luego transformarnos en amas de casa y amantes esposas. Y tras la revolución de la mujer, tras más de un siglo de lucha, ¿dónde hemos llegado? A ser unas dominadoras que castramos la libertad del hombre1.
Analizaré los dos personajes femeninos de la serie que más me deslumbraron, cada una por una variedad distinta de lo que he comentado más arriba.
Hablaré primero de Kahlan (interpretada por Bridget Regan).
Su función en la historia es la de proteger al Buscador. Es valiente y fuerte. Sabe manejar las armas, sobre todo dos espadas cortas que son con las que suele pelear.
Me detendré aquí un momento porque los dos personajes que os voy a presentar luchan, llevan armas, pegan puñetazos, dan cabezazos y otros menesteres de las guerreras. Y a mí esto ya me suena a un tema masculino. ¿Quiero decir con esto que la mujer no puede luchar? No, claro que puede, pero que no lo hacemos igual, ni falta que nos hace, puesto que la fuerza física de la mujer es inferior a la del hombre nuestra manera de sacar partido en una refriega no es en el cuerpo a cuerpo. No haré aquí un estudio sobre las diferencias en la manera de enfrentarse a una pelea entre un hombre y una mujer, solo recalco que cada uno de los personajes femeninos que voy a presentar pelea como si fuera un hombre, la mayor de las veces contra hombres, aunque, todo hay que decirlo, también contra mujeres.
Volvamos a Kahlan, la protectora del buscador, la que daría su vida por él, pero que resulta que en la mayor parte de los capítulos es salvada por su protegido. Nos dicen una cosa, pero el análisis muestra lo contrario: no es la protectora, sino la protegida. Bajo la máscara de heroicidad se esconde la de la debilidad.
Pero esta no es la parte más alucinante de este personaje. Es su condición de «confesora» la que me dejó boquiabierta. Permitidme enseñaros una pequeña muestra del capítulo 6 de la primera temporada:
Kahlan confiesa en Vimeo.
Lo que habéis visto es a Kahlan «confesando» a un malote que iba a hacer daño a un chaval. Cuando Kahlan «confiesa» a alguien, la voluntad de esa persona queda bajo su control. Si bien puede «confesar» a hombres y mujeres, la mayoría de las veces son hombres los que sufren del influjo de la «confesora». Por principios es buena y no lo hace salvo que sea necesario. Eso es lo que nos cuentan, pero lo que yo veo es la imagen de una mujer que castra el libre albedrío de sus semejantes. ¿No os suena a cierto tópico de la historia de la humanidad: la mujer castradora? De nuevo, bajo la capa de bondad, se oculta un aspecto negativo. Aquí os dejo un vídeo con las consecuencias que provoca la confesión de Kahlan en el malote (este esquema se repite una y otra vez a lo largo de toda la serie):
Consecuencias de la confesión en Vimeo.
En la superficie, vemos valentía y bondad, pero por debajo caminan la debilidad y la dominación negativa. Contradictorio, ¿verdad? Y sumamente abrumador que el personaje femenino principal de una serie dirigida a adolescentes represente a una mujer que necesita del hombre para sobrevivir, pero que al mismo tiempo lo limita a sus deseos.
Analicemos ahora al segundo personaje femenino: Cara (interpretada por Tabrett Bethell).
No aparece hasta el final de la primera temporada, así que su desarrollo como personaje se realiza en la segunda. Cara es una Mord-Sith, un grupo de mujeres sado-masoquistas (una conclusión que saco de la estética y los comportamientos que aparecen en la serie) que están al servicio del antagonista: Rahl el Oscuro. La principal característica de estas mujeres es que son entrenadas en el dolor y que el arma que portan (una porra; símbolo fálico evidente) les inflige daño cada vez que la utilizan. Es decir, disfrutan con el dolor que inducen a otros y con el que les provocan a ellas mismas.
Pero las Mord-Sith son malas así que les perdonamos que sean un modelo de mujer negativo (tampoco es que salga muy bien parado el modelo masculino a manos de Rahl el Oscuro: el malo más tonto e inútil que he visto en mucho tiempo).
La cuestión es que Cara se pasa al bando de los buenos y decide acompañar en su búsqueda a Richard (que dicho sea de paso también es un héroe bastante inepto como tal: busca que te busca no llega a encontrar nada).
La evolución de este personaje es inquietante: su lado sádico lo controla como demostración de que ya no es «mala», pero el lado masoquista no lo abandona, puesto que sigue manejando la porra (lo llaman el agiel) en las peleas. Durante el transcurso de la historia, se supone que esta mujer descubre la compasión y la amistad. Pero no deja nunca de utilizar el agiel, un arma que produce dolor tanto al que es agredido como a la portadora.
Lo primero que me viene a la cabeza es que a ella le gusta dañar y que la dañen. Y, bien, si se quedara ahí, lo aceptaría, porque existen mujeres (y hombres) que sienten placer con el dolor. Y esta crítica no pretende hacer juicios de valor sobre el sado-masoquismo. Dicho de otra forma, la relación negativa entre esta tendencia sexual y las mujeres la establecen los propios guionistas que parecen querer decirnos que disfrutar del dolor es negativo. Pero, ¿quiénes son las que lo hacen? Las Mord-Sith. O sea, mujeres. La lectura que hago de ello me pone los pelos de punta: las mujeres son malignas porque les gusta el dolor.
Pero Cara cambia: deja de pertenecer a las Mord-Sith, por lo tanto hemos de entender que abandona las costumbres de estas. ¿Las abandona? No. Dicen que lo hace, que se convierte en alguien mejor y más compasivo; pero en esa transformación se les olvida el agiel, el arma que le produce a ella dolor cada vez que lo coge (y son unas cuantas en cada capítulo). Se me vuelve a erizar el vello con la interpretación que podemos sacar de esto: la mujer no debe hacer daño, pero sí sufrirlo. De dominatriz, provocadora de dolor, pasa a sufridora, sumisa de esa condición. Le dan permiso para cambiar, pero solo un poquito, no vaya a ser que decida dejar de sufrir y aprenda a amar de verdad (sean hombres o mujeres, que la sexualidad de este personaje queda un tanto difusa, aunque aquí le echaré la culpa al guión, que es pésimo).
¿Contradictorio? Sí, claro, como pasaba con Kahlan, porque si uno quiere vender que está ante una historia de mujeres valientes y fuertes, pero en el fondo proporciona una visión deformada e insensata de la femineidad, lo máximo que consigue es contradicción.
Estos dos personajes se supone que representan a mujeres alejadas del estereotipo manido de las series de televisión: no son amas de casa, no dependen de un hombre, son fuertes, valientes, luchan, pegan puñetazos y se salvan a sí mismas de sus miserias.
Pero lo que vemos tras la máscara es debilidad, sumisión y malignidad (la castradora, la dominatriz).
En la superficie: mujeres que se comportan como hombres. «Modelos de la mujer liberada», que me amparen si quiero semejante libertad.
En el fondo: los tópicos de siempre, bien retorcidos para que pasen desapercibidos, no vaya a ser que alguna mujer diga que ese modelo no se acerca ni de lejos a lo que somos.
No es que se pueda esperar mucho más de una serie como esta, pero me sirve de reflexión para sacar a la luz que los temas, miedos, conflictos y deseos de las mujeres llegan a la televisión tamizados por la visión masculina.
A modo de conclusión: la mujer de hoy en día ―al menos yo― no quiere ser como un hombre; tampoco quiere ser la mujer de hace medio siglo; lo que buscamos es que nos dejen ser lo que somos: mujeres con temas, miedos, conflictos y deseos propios, sin masculinización ni estereotipos anclados en el pasado2.
Me hubiera gustado poner aquí un par de ejemplos que contrarresten esta opinión sobre la forma de presentar la mujer en la televisión, pero a pesar de la calidad de muchas series actuales, lo cierto es que la femineidad no suele salir muy bien parada. Lo que no quita que haya estupendos personajes femeninos, con comportamientos masculinos. El problema radica, claro, en que el modelo es, una vez más, el del hombre: los temas, los conflictos y las reacciones son de ellos (o de los prototipos y tópicos asociados al hombre, por rizar el rizo).
- Me hubiera gustado poner aquí un par de ejemplos que contrarresten esta opinión sobre la forma de presentar la mujer en la televisión, pero a pesar de la calidad de muchas series actuales, lo cierto es que la femineidad no suele salir muy bien parada. Lo que no quita que haya estupendos personajes femeninos, con comportamientos masculinos. El problema radica, claro, en que el modelo es, una vez más, el del hombre: los temas, los conflictos y las reacciones son de ellos (o de los prototipos y tópicos asociados al hombre, por rizar el rizo). [↩]
- A los hombres que lean esto, sí, lo sé, el modelo de hombre que nos vende la televisión también se ha ganado una buena crítica: a su tiempo llegará, que más de una serie se merece un capón al respecto. [↩]






