Una vez fui alguien. Pertenecí a una comunidad antigua y orgullosa. Guerreros valientes y mujeres fuertes. Al cerrar los ojos puedo sentir el viento frío y recio de las cumbres escarpadas. Puedo escuchar el balido de los tibilas y oler el aroma de las hojas de halo saliendo de las tiendas. Y en el cono del centro, sentir el tacto de las pieles, el aroma familiar del guiso de musgo. Dentro estará ella, esperándome con su sonrisa paciente…

***

Salió despedida cuando el tibila salvaje tropezó con la trampa. Atontada por el fuerte golpe entrevió las figuras armadas que se aproximaban con cautela desde el bosque. Comprobó aliviada que su montura se dirigía indemne a mordisquear los arbustos del camino. Gimió un exabrupto al ponerse en pie. Los hombres casi habían llegado. Eran cinco, armados de forma rudimentaria. El que parecía el jefe, con piernas ligeramente torcidas, llevaba una espada mellada con orgullo. Los demás tenían que conformarse con aperos de labranza. Dos mozalbetes a los que apenas despuntaba la barba portaban inseguros una azada y un biergo de puntas oxidadas. El más gordo se apoyaba sobre un enorme garrote al que había colocado tachuelas en su extremo. En la retaguardia un hombre entrado en años, con mirada desagradable desde su único ojo sano y la cara llena de marcas de viruela, sostenía una cadena.

—Qué queréis —dijo encarándose a ellos.

—Eh chicos… qué suerte la nuestra. Es una mujer —dijo el tuerto relamiéndose—, por fin cataréis la miel ¿eh?

—Escuchad —dijo con voz cansada—, esto no es necesario.

—Fíjate, la encapuchada nos da una oportunidad —rió el de la espada—, ¿no nos temes? ¿Acaso deberíamos tenerte miedo nosotros?

—Deberíais —farfulló la mujer al tiempo que colocaba la mano sobre la empuñadura de la espada.

—Yo te enseñaré mujer —dijo el gordo del garrote abalanzándose sobre ella.

En una elegante maniobra la mujer de rostro cubierto giró sobre sí misma y con el ruido de un árbol grande el hombre se desplomó con el cuello surcado por un profundo corte.

—Vamos, encargaos de ella —exhortó el jefe.

***

Era solo una niña pero no sirvió de nada. A pesar de sus súplicas y disculpas. Recordó la última mirada de su padre. Quería creer que había amor y dolor en sus ojos oscuros, pero eso no le impidió darse la vuelta. Uno a uno el resto de la tribu imitó al jefe. Algo se desgarró dentro de ella cuando Miter, con el rostro bañado por las lágrimas, la repudió en último lugar. Se había lamentado mucho tiempo pero poco a poco comprendió que se bastaba a sí misma.

***

Los dos muchachos se miraron entre sí. Vencieron su inseguridad saltando a la vez contra ella. Quizás si hubieran tenido la decencia de atacar de uno en uno habría tenido compasión. Se agachó cruzando los brazos sin inmutarse por los gritos que lanzaron. Cuando llegaron a su altura una espada corta curvada destelló en su mano izquierda. Dio un salto hacia ellos extendiendo los brazos un instante. El de la derecha cayó de rodillas mirando horrorizado sus intestinos, el otro barboteó su propia sangre en un intento de grito con el pulmón atravesado en una herida mortal.

—¿A quién enviarás ahora? —dijo caminando hacia el truhán de la espada.

El hombretón jadeó y miró al tuerto. Una mancha oscura en los pantalones zurcidos decenas de veces demostró que no iba a ser de gran ayuda. Salió corriendo hacia el bosque abandonando la cadena.

—Maldito cobarde —dijo el patizambo encarando la espada temblorosa ante la mujer de ojos acerados.

***

Todos somos responsable de nuestras decisiones. No sirve de nada lamentarse. Desde entonces vago en solitario por el gran Valle. Pero algo dentro de mí no termina de resignarse. Aunque vivo cada día lamentando aquel instante, con aquella explosión de luz azul imborrable en mi memoria, encontraré la forma de demostrarles que soy digna.

***

La mujer envainó la espada. El olor a vísceras y a sangre la asfixiaba. Cogió las riendas de su montura y se alejó de la carnicería. Quedaba un largo camino hacia las Septecam.

No puedo engañarme. Ahora solo soy un rostro oculto sin raíces ni futuro. Una repudiada errante, otra Vindhecad merodeando por los caminos. Podéis llamarme Noface.

Noface, la Vindhecad