Hola, Hu-ma-nossssss:
Me llamo Jeronte, aunque muchos pastores se empeñen en llamarme Basajaun, pero no, yo no soy Basajaun, ese era mi abuelo; uno de los gigantes que poblaron hace milenios la península y que, además, según las leyendas de los lugareños, os ayudó y os comunicó la sabiduría de la tierra, la agricultura y el ganado.
Yo soy su nieto, con mucho orgullo llevaré su nombre hasta los confines del mundo; y eso aunque yo no sea un gigante, porque soy un “pelín” más pequeño, de vuestra estatura, para que nos entendamos. Mucha gente me ha confundido con los sátiros. Sí, vale que yo también tengo cuernos en la frente, que mi cara se parece a un diablo, que tengo patas de cabra (aunque una acaba en tronco de árbol, más en concreto, en tronco de roble ¡Hala! ¿A que eso no lo tenéis, eh, sátirillos?), que alguna vez se me escape un balido, que brinco, hago el cabra, que toco la lira… vale, pero NO soy un sátiro, aunque no los desprecio, ni mucho menos, que son amiguetes. Más cosas sobre mi aspecto, de mi torso desnudo, admirado por todas las jovenzuelas de este reino, no brota pelo, sino musgo, mucho más afrodisíaco y de mi cabeza cuelga una cabellera negra zaina que me cubre toda la espalda, que brota de entre mis dos cuernos de muflón. Tengo los ojos de color rosáceo, no uso lentillas y mi lengua es cárdena. Y, sí, lo habéis adivinado, mi película favorita es “El laberinto del fauno”. Puedo beber vino sin parar y soy el terror de las pobres doncellas y ninfas extraviadas en la foresta. Ya os he explicado un poco cómo soy, ahora os voy a contar la historia de mi nacimiento:
Hace muchos años… perdón, siglos, qué digo, milenios, (¡madre mía, cómo pasa el tiempo!), mi padre, que es un granuja de mucho cuidado, quiso divertirse un rato a costa de unos pobres labradores. Cuando nací dio la casualidad de que ellos también habían tenido un bebé. Mi padre me cambió por ese niño el mismo día del parto y, allí, en un jergón de paja, descansaba yo.
Al principio de nacer, nosotros somos idénticos a cualquier bebé humano. Lo que pasa es que crecemos y maduramos mucho antes, con los cambios que eso supone.
A los pocos meses ya hablaba (mi primera palabra fue: “humanosss”, y me reía con las caras de incomprensión de mis “papás”), también me empezaron a salir unas protuberancias en la frente que serían mis futuros cuernos y no sólo caminaba, sino que corría y brincaba. Mis padres adoptivos estaban asustados y no sabían qué hacer conmigo. Me ocultaron a las miradas de los demás. Pero el asunto fue empeorando, mis piernas se retorcieron, mis uñas aumentaron desproporcionadamente, me creció musgo por el pecho, mi lengua se tiñó en morada y se volvió puntiaguda ¡Saltaba y brincaba por doquier! Me comí los guisos con platos incluidos, y degustaba las cortinas y cualquier trapo que encontrara. La verdad es que los recuerdo con cierto cariño, me lo pasé muy bien con ellos. Maldecían al cielo, y a quién les hubiera echado tan terrible mal de ojo.
Pero una noche, mi padre me recogió a escondidas. Los labradores no se sintieron del todo aliviados, ya que, de todas formas, habían perdido a un hijo, y mi marcha no les consoló. Mi querido padre, que también tiene su corazoncito, les dio una sorpresa. Al día siguiente llamaron a su puerta. Cuando abrieron se encontraron a un niño de poco más de un año de edad. Tenía los rasgos inconfundibles de sus progenitores y, por supuesto, no tenía cuernos. Se fundieron en un abrazo, lloraron, esta vez de alegría.
Después de este hecho, en sucesivos días, todavía escucharon una risa burlona proveniente de algún rincón del bosque.
Bien, todavía no os he dicho cual es mi oficio, ¿verdad? Soy el protector de los bosques, de los rebaños y de los pastores. Les aviso mediante silbidos potentes cuando hay algún peligro en forma de lobo, o de recalificación urbanística.
Estoy al servicio del gran dios Cernunnos, Señor de los Bosques. Además, protejo la entrada al mundo feérico. Soy feliz con mi trabajo y nunca, nunca, dejo pasar la oportunidad de hacer una buena broma (cuanto más pesada mejor), así que id con cuidado cuando paséis por mi bosque.
Mucho gusto en conoceros… hu-ma-nosss.

